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Capítulo 16
Capítulo 16: La Primera Invitación
Hubo dos segundos de silencio absoluto.
Dos segundos en los que nadie aplaudió, nadie habló, nadie se movió. Dos segundos en los que el complejo deportivo entero pareció contener la respiración, procesando lo que acababa de pasar: el tipo sin clasificación, sin club, sin entrenador, con una raqueta reparada con cinta, acababa de demoler al número 47 del país en tres sets.
Entonces Marcos Rivera se puso de pie.
No estaba sentado —había estado de pie todo el partido—, pero hizo algo que se sintió como ponerse de pie. Irguió la espalda. Descolgó los brazos. Y aplaudió.
Lento. Deliberado. Tres palmadas que sonaron como sentencias en el silencio.
Y entonces el resto de las gradas lo siguió. Primero tímidamente, como si no estuvieran seguros de tener permiso. Después con más fuerza. Alguien silbó. Los jugadores junto a la valla empezaron a golpear el metal con las palmas.
En la cancha, Renato caminó hacia la red para darle la mano a Diego. Lo hizo sin sonreír, sin levantar el puño, sin ninguna de las celebraciones que yo había visto en los torneos profesionales en mi vida anterior —esos gestos ensayados para las cámaras, para los patrocinadores, para la narrativa—. Simplemente le estrechó la mano, asintió, y recogió su raqueta del suelo.
Yo miré la pantalla de mi teléfono.
En el reflejo negro del cristal, una chica sonreía.
Esperé quince minutos antes de bajar.
Dejé que las gradas se vaciaran. Dejé que los otros jugadores se fueran a sus partidos. Dejé que Marcos Rivera desapareciera por donde había venido, con sus lentes de sol otra vez puestos y una mano sacando el teléfono del bolsillo —probablemente para cancelar todo lo que tuviera en la agenda de la tarde—. Dejé que el polvo de arcilla se asentara sobre las líneas blancas de la cancha tres como si nada hubiera pasado ahí.
Entonces bajé.
No iba a buscarlo. Iba a irme. Esa era la idea. Cruzar el complejo, salir por la puerta lateral, caminar hasta mi coche y conducir de vuelta al departamento con la satisfacción callada de quien acaba de ver confirmarse lo que ya sabía. Renato Solís iba a ser el tenista más valioso comercialmente del mundo. No dentro de veinte años. No dentro de diez. Mucho antes de lo que nadie se imaginaba. Y yo acababa de ver el primer capítulo de esa historia.
Mi trabajo aquí estaba hecho. Por ahora.
Pasé junto a los vestidores sin mirar. El pasillo olía a cloro y a desinfectante industrial, con ese eco metálico que tienen todos los pasillos de todos los complejos deportivos del mundo. Mis pasos sonaban demasiado nítidos en el piso de loseta. Aceleré.
—Valentina.
Me detuve.
Su voz sonó detrás de mí, a unos cinco metros, ligeramente ronca por el esfuerzo. Me tomó un segundo decidir si seguir caminando o voltear. Un segundo que se sintió como una hora.
Volteé.
Renato estaba parado en la puerta del vestidor con una toalla colgada del cuello y el cabello mojado pegado a la frente. Todavía llevaba puesta la camiseta gris de entrenamiento —empapada, oscurecida por el sudor— y tenía la bolsa deportiva en una mano y la raqueta vieja en la otra. Había algo en su postura que no le había visto antes. No era relajación exactamente. Era... la ausencia de tensión. Como si le hubieran quitado un peso de encima que llevaba cargando tanto tiempo que ya había olvidado que estaba ahí.
—Estabas en las gradas —dijo. No era una pregunta.
Consideré negarlo. Consideré una excusa fácil —pasaba por aquí, venía al gimnasio de al lado, estaba esperando a alguien—. Pero la forma en que me miraba no dejaba espacio para excusas. Me miraba directamente, sin la guardia levantada con la que siempre me veía, sin esa distancia calculada que ponía entre él y el resto del mundo.
—Estaba en las gradas —confirmé.
Renato dio un paso hacia mí. Luego otro. Se detuvo a dos metros, que para él era prácticamente encima. En todos los encuentros anteriores siempre había mantenido al menos tres metros entre nosotros, como si necesitara espacio suficiente para salir corriendo si la conversación se volvía peligrosa.
—¿Por qué? —preguntó.
Sabía lo que me estaba preguntando. No "por qué estabas en las gradas". Eso era la superficie. Lo que quería saber era todo lo demás. Por qué le había aparecido un juego de ropa de entrenamiento profesional en su casillero. Por qué un entrenador que no aceptaba alumnos desde hacía cinco años estaba parado junto a la valla de su cancha. Por qué la inscripción al torneo, que costaba una cuota que él no podía pagar, había aparecido misteriosamente cubierta por una "beca administrativa" que no existía en ningún catálogo de la universidad.
Por qué yo.
Quise darle una respuesta inteligente. Una respuesta estratégica, que no revelara demasiado, que mantuviera la distancia necesaria entre lo que yo sabía y lo que él podía saber. Algo vago sobre el potencial deportivo, sobre las oportunidades que la universidad ofrecía, sobre la importancia de apoyar el talento.
Pero lo miré a los ojos.
Y en mi vida anterior no lo hice nunca. En mi vida anterior pasé junto a Renato Solís cientos de veces sin verlo realmente. Sin ver las manos agrietadas por las horas de práctica sin guantes adecuados. Sin ver la forma en que cargaba la bolsa siempre del mismo hombro porque el otro le dolía y no podía pagar un fisioterapeuta. Sin ver el orgullo feroz, casi animal, con el que se negaba a pedir ayuda aunque la necesitara como el aire.
No iba a cometer el mismo error dos veces.
—Porque mereces estar en esa cancha —dije.
Así. Sin adornos. Sin estrategia. Sin la red de seguridad de la ambigüedad.
Renato no respondió inmediatamente. Su expresión no cambió —o cambió de una forma tan mínima que cualquier otra persona no lo habría notado—. Pero yo lo noté. Un micro movimiento en la comisura de los labios. No una sonrisa. Algo anterior a la sonrisa. Algo que probablemente no se había permitido en mucho tiempo.
El pasillo quedó en silencio. Desde alguna cancha lejana llegaba el sonido rítmico de una pelota rebotando. El eco. El rebote. El eco. Como un metrónomo que marcaba un tempo que solo nosotros dos podíamos oír.
—El entrenador —dijo Renato, después de lo que parecieron siglos—. Rivera. Él también fuiste tú.
No era una pregunta. Tampoco una acusación. Era algo entre las dos cosas. Un reconocimiento. Un mapa que empezaba a tomar forma en su cabeza, conectando puntos que hasta ahora habían flotado sueltos.
—Él vino porque quiso —respondí. Era técnicamente cierto—. Yo solo le dije dónde mirar.
Renato bajó la vista hacia su raqueta. La giró una vez en la mano. Ese gesto otra vez. El gesto de familiaridad, de confianza. El músico con su instrumento.
—Nadie hace esto —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Nadie hace esto sin querer algo a cambio.
Quiero que te conviertas en lo que estás destinado a ser, pensé. Quiero corregir lo que se rompió. Quiero que esta vez la historia sea diferente.
Pero no podía decir eso.
—No quiero nada a cambio —dije en su lugar.
Renato levantó la mirada. Me estudió durante un largo momento, buscando la trampa, el ángulo oculto, la letra pequeña. Era la mirada de alguien que había aprendido demasiado joven que la generosidad siempre tiene precio.
No encontró nada. Porque no había nada que encontrar.
Algo se soltó en sus hombros. Algo microscópico, invisible para cualquiera que no estuviera prestando la atención que yo estaba prestando. Una fracción de milímetro de tensión que se fue.
—Gracias —dijo.
Una palabra. Dos sílabas. Pero la forma en que la dijo —grave, baja, como si la estuviera sacando de un lugar del pecho que normalmente mantenía cerrado con llave— pesó más que cualquier discurso.
Asentí. No dije "de nada" porque habría sonado trivial. No dije nada porque a veces el silencio es la única respuesta que respeta el peso de lo que se acaba de decir.
Me di la vuelta para irme.
—Valentina.
Me detuve otra vez. No volteé inmediatamente. Me quedé quieta, de espaldas a él, con el corazón latiéndome en un lugar incómodo de la garganta.
—¿Sí?
Silencio.
Un silencio largo, denso, que se llenó de todos los sonidos ambientales del complejo deportivo —las pelotas rebotando a lo lejos, el murmullo de voces en las otras canchas, el zumbido del aire acondicionado del vestidor— como si el mundo estuviera generando ruido blanco para darle a él la privacidad de decir lo que iba a decir.
—El próximo partido es el jueves —dijo Renato. Una pausa. Breve pero infinita—. ¿Vas a venir a verlo?
Volteé.
Me estaba mirando con una expresión que yo no le conocía. No era la desconfianza habitual. No era la cortesía forzada con la que trataba a los desconocidos. Era algo abierto. Vulnerable. Una puerta que se entreabre apenas un centímetro, lo justo para dejar pasar un hilo de luz, con la posibilidad implícita de cerrarse de golpe si la respuesta equivocada llega del otro lado.
Renato Solís, el chico que no pedía nada a nadie, me estaba pidiendo algo.
No ayuda. No dinero. No contactos.
Mi presencia.
El corazón se me detuvo. Literalmente se detuvo —un latido que no llegó, un vacío en el pecho que duró una fracción de segundo pero que se sintió como caer al vacío—. Y cuando volvió a latir lo hizo diferente. Más rápido. Más consciente. Como si ese órgano estúpido acabara de recibir una instrucción que yo no le había dado.
No, me dije. No hagas esto. Tú sabes exactamente cuál es el plan. Él es una inversión. Un proyecto. Un error que estás corrigiendo. No es...
—Sí —dije—. Voy a estar ahí.
Renato asintió. Una vez. Firme. Sin gesto extra.
Igual que antes de empezar el partido.
Se dio la vuelta y entró al vestidor. La puerta se cerró detrás de él con un chasquido metálico que resonó en el pasillo vacío como el último acorde de una pieza que no sabía que estaba escuchando.
Me quedé parada en medio del corredor. Sola. Con el teléfono apretado contra el pecho como si fuera un escudo contra algo que ya había pasado la barrera.
Jueves, pensé.
El sol entraba por las ventanas altas del pasillo y dibujaba rectángulos de luz en el piso de loseta, iguales a las canchas vistas desde arriba. Caminé hacia la salida pisando dentro de esos rectángulos, uno tras otro, como una niña que evita las grietas de la acera por superstición.
En el estacionamiento saqué el teléfono y abrí los mensajes. Estaba el texto anónimo de la noche anterior, el que preguntaba por el padre de Renato, ese punto negro que parpadeaba en la esquina de mi pantalla como una estrella que no debería estar ahí.
Lo miré un momento.
Después cerré la aplicación y encendí el coche.
Un problema a la vez.
Y el jueves tenía un partido que ver.