Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cuatro vidas
El corazón de Mozart latía con tanta fuerza que temió que Emmet pudiera escucharlo a través del cuero de los asientos.
Se le había olvidado. En su furia, en su necesidad de defender a Clara y de humillar a esa mujer terrible, había usado información que Diño le había contado una noche, en la intimidad de su habitación, hablando de las cicatrices de su padre.
—Lo... lo escuché una vez —tartamudeó Mozart, buscando una salida desesperada—. Hace años. Estabas hablando por teléfono. Estabas enfadado. Dijiste que la abuela casi te mata por nacer a los siete meses y que por eso te tuvieron que operar del corazón.
Emmet lo miró. Un segundo. Dos. Tres. Mozart sostuvo la mirada, rogando a cualquier dios del fútbol y de la música que le creyera.
Finalmente, Emmet soltó un suspiro largo y se pasó una mano por la cara.
—Olvídalo —murmuró, metiendo la llave en el contacto—. Es la cólera. Se te nota que me quieres, hijo. Y se te nota que la odias a ella tanto como yo.
El motor arrancó. Pero antes de que Emmet pudiera poner el coche en marcha, su teléfono vibró en la consola central. Un mensaje de voz.
Emmet lo puso en altavoz sin pensarlo. La voz de su hermana, la tía de Diño, llenó el habitáculo. Dulce, medida, destilando una preocupación ensayada.
*"Emmet, cariño. Mamá está histérica, ya sabes cómo se pone cuando no consigue lo que quiere. No le hagas caso. Yo nunca estuve de acuerdo con sus comentarios sobre la madre de Ronaldhino; sabes que me mordí la lengua toda la cena. Por cierto, el subsidio de este mes... bueno, ya hablaremos cuando se te pase el enojo, la ley no te obliga pero sabes que te necesito. Descansa. Un beso."*
El silencio que siguió fue mucho más frío que el de la mansión.
Mozart sintió un escalofrío que le bajó por la espina dorsal. La abuela era un animal acorralado que ladraba y mordía a ciegas. Pero la tía no. La tía era calculadora. No había insultado a Clara, así que mantenía su acceso a Emmet, su influencia y su dinero. Y ahora, bajo la fachada de hermana protectora, acababa de anunciar que iba a cazar a Clara.
Emmet apagó el audio. Apoyó las manos en el volante y apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Tu tía no es estúpida —dijo Emmet, con una voz que helaba la sangre—. Sabe que por hablar mal de tu madre, la vieja acaba de perderlo todo. Ella no va a cometer el mismo error. Va a seguir pidiendo dinero como si nada, y va a usar a sus sabuesos para buscar a Clara.
Emmet giró la cabeza y miró a Mozart. En sus ojos ya no había solo cansancio. Había una determinación absoluta.
—Por eso nos vamos. Ahora mismo.
---
Media hora después, llegaron a las afueras de la ciudad. La casa era moderna, de líneas rectas y ventanas oscuras, rodeada por un muro alto de hormigón. No había cerraduras tradicionales, ni portones que se pudieran forzar. Solo un panel negro de cristal junto a la puerta principal.
Emmet se acercó y apoyó el pulgar. El panel emitió un pitido suave y la luz se puso verde. La puerta pesada se abrió con un siseo neumático.
—Aquí estaremos seguros —dijo Emmet, encendiendo las luces del recibidor—. Nadie entra sin nuestra autorización. Ni la prensa, ni mi madre, ni los detectives de tu tía. Ven, registra tu huella.
Mozart se acercó al panel. Apoyó el pulgar derecho. La máquina escaneó, guardó el patrón y la luz parpadeó en verde. *Acceso concedido.*
Mozart miró su propio dedo. Acababa de encadenarse a la mentira de Diño con un candado biométrico. Si Emmet ya estaba diciendo "ustedes" por puro instinto, y ahora estaban encerrados en una fortaleza, el tiempo para confesar la verdad se estaba agotando.
—Ven —dijo Emmet, haciéndole un gesto con la cabeza hacia el pasillo este—. Quiero enseñarte algo antes de que deshagas las maletas.
Caminaron por un pasillo largo, con suelos de madera clara y paredes insonorizadas. Emmet se detuvo frente a una puerta al final del corredor, lejos del dormitorio principal y de la sala. Apoyó la mano en el escáner y la puerta se deslizó.
Mozart entró. Y se quedó sin aliento.
Era un estudio. Las paredes estaban forradas de paneles acústicos de color roble. En el centro, un atril de partituras. Y sobre un soporte de terciopelo, iluminado por una luz cálida y cenital, descansaba un violín. No era el suyo, que estaba en el hotel con Clara. Era uno nuevo, de madera oscura, brillante, con el arco perfectamente tensado a su lado.
—Papá... ¿qué es esto? —susurró Mozart, acercándose como si el instrumento fuera a desvanecerse.
Emmet se cruzó de brazos, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa cansada pero genuina.
—Bueno, siempre quisiste una habitación para dedicarte a tocar tu violín, ¿no? Pues te la concedo. Como la casa es más grande, esta habitación está en el extremo opuesto. Así no me destrozas los oídos cada vez que tratas de interpretar a Bach.
Mozart lo miró. Los ojos le ardieron de repente. Diño le había contado que Emmet respetaba su música, pero una cosa era escucharlo y otra era verlo materializado en una habitación construida exclusivamente para proteger su pasión.
—Gracias, papá —dijo Mozart, y la voz se le quebró un poco. No estaba actuando. En ese segundo, era un hijo agradeciéndole a su padre—. Eres el mejor.
Pasó los dedos por la madera lisa del violín. Después, se giró, con una chispa de picardía encendiéndosele en la mirada.
—Pero... también tenemos una cancha para practicar fútbol, ¿verdad?
Emmet soltó una carcajada. Una risa profunda, de pecho, que le borró diez años de la cara.
—Claro que tenemos. De hecho, la tenemos incluso con techo móvil.
Emmet sacó un pequeño control remoto de su bolsillo y presionó un botón. A lo lejos, se escuchó un zumbido mecánico.
—Ven a ver.
Salieron al patio trasero. La cancha era de césped sintético de última generación, rodeada de gradas pequeñas y focos LED. Emmet presionó otro botón del control. Con un clic, el enorme techo de vidrio y acero que cubría la cancha empezó a deslizarse suavemente hacia los lados, dejando entrar la noche estrellada de Manchester. Con otro clic, el techo volvió a cerrarse, sellando el recinto.
—Para cuando llueva —explicó Emmet, guardando el control—. Y en Manchester, ya sabes que eso es casi todos los días.
Mozart miró el césped perfecto. Miró el balón que descansaba junto a la red de una de las porterías. La sangre le empezó a bombear con fuerza. La tensión de la cena, el miedo por la tía, la culpa por Clara... todo desapareció, reemplazado por la urgencia pura del juego.
Caminó hacia la portería, cogió el balón y lo pisó con la suela de la zapatilla. Levantó la mirada hacia su padre.
—¿Quieres ir a ver? —lo retó Mozart, con una sonrisa desafiante—. Vamos. Quiero entrenar contigo y ver qué tan oxidados están esos viejos músculos.
Emmet lo miró. Se quitó la chaqueta, la dejó sobre una de las gradas y empezó a remangarse las mangas de la camisa. Sus ojos brillaban con la misma arrogancia divertida que Mozart había visto en el espejo cada mañana de su vida.
—Muchacho... —rió Emmet, caminando hacia el centro del campo y extendiendo las manos para pedir el balón—. Ni con cuatro vidas vas a llegar a mi nivel. Espérate.
Mozart le pasó el balón.
Y mientras el cuero rodaba por el césped sintético hacia los pies del hombre que le había dado la vida, Mozart pensó que Emmet estaba equivocado. No necesitaba cuatro vidas.
Solo necesitaba la que estaba viviendo ahora. Y la que le estaba robando a su hermano.