La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
GRAVEDAD CERO Y UN LABIO HERIDO
El almuerzo familiar en la terraza panorámica transcurrió entre risas, comentarios socarrones de sus hermanos y la complicidad descarada de unos padres que veían en Gael al yerno perfecto que jamás se habrían atrevido a pedir por catálogo. Para Miranda, sentada en el extremo de la mesa con una rigidez que amenazaba con partir el respaldo de la silla por la mitad, aquellas dos horas se habían transformado en una condena a trabajos forzados bajo el escrutinio público. Había intentado desviar la conversación hacia los plazos de entrega de la obra, el costo de las varillas de acero y las normativas municipales de saneamiento, pero cada uno de sus intentos había sido hábilmente saboteado por las ocurrencias de Zoe y las réplicas divertidas del arquitecto.
Hacia las tres de la tarde, sintiendo que el aire se le agotaba entre tanta cordialidad y miradas cómplices, Miranda decidió que había soportado suficiente.
—Disculpen un momento —anunció con voz cortante, levantándose de la mesa con movimientos milimétricos y ajustándose el bolso de cuero al hombro—. Voy al baño a refrescarme. No tardaré.
—Tómate todo el tiempo que necesites, mi vida. El postre todavía no llega y la sobremesa apenas se pone interesante —le soltó su madre con una sonrisa de oreja a oreja, mientras Gisela levantaba la copa en un brindis silencioso.
Miranda caminó a paso firme por los pasillos recubiertos de madera y cristal del restaurante, buscando el refugio de los tocadores con la urgencia de alguien que necesita escapar de un campo de concentración emocional. No se percató, sin embargo, de la sombra alta y sigilosa que se había despegado de la mesa en el mismo instante en que ella puso un pie fuera del comedor.
El pasillo que conducía a los baños era amplio, silencioso y estaba tenuemente iluminado por apliques de luz cálida. Justo antes de llegar al umbral de la puerta, cuando Miranda estiraba la mano para empujarla, un par de brazos firmes y cálidos la rodearon por la cintura con una facilidad pasmosa, levantándola ligeramente del suelo y arrastrándola con un movimiento fluido hacia un recoveco oscuro y apartado, flanqueado por una columna decorativa.
Un ahogado grito de indignación quedó atrapado en su garganta cuando su espalda chocó contra la pared fría, sin recibir el menor impacto violento gracias al cuerpo de Gael, que la protegió con un pulso firme y perfectamente controlado.
—¿Pero qué demonios...? —empezó a protestar Miranda, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa.
—Shhh... guárdate los argumentos legales para la junta de mañana, ingeniera —susurró Gael con esa voz ronca, pegada a su oído de una manera que le desestabilizó cada terminación nerviosa—. Me quedé pensando en la pregunta que te hizo Zoe en la mesa. Y la verdad es que yo también tengo curiosidad por saber la respuesta.
Miranda intentó empujarlo con ambas manos apoyadas en su pecho duro como el mármol, pero su cuerpo apenas si lograba hacerle cosquillas a un hombre que la tenía completamente a su merced.
—Estás loco, Gael. Suéltame ahora mismo o te juro que...
—¿Que qué? ¿Me vas a demandar por alteración del orden público? ¿Me vas a prohibir la entrada a la obra? —la interrumpió él con una sonrisa de medio lado, inclinando el rostro hasta quedar a escasos milímetros de sus labios—. Dime una cosa, Miranda... ¿tanto es tu miedo hacia mí, mi ingeniera? ¿A que te desordene los planos, a que te mueva el piso o a que te des cuenta de que ya no puedes vivir sin este caos?
Antes de que Miranda pudiera articular una sola palabra de su repertorio defensivo —una negativa categórica, un insulto legal o una advertencia sobre su absoluta falta de cordura—, Gael selló sus labios con hambre.
No fue un roce fugaz como el de la ventana. Fue un beso profundo, intenso, hambriento y desesperado, una colisión de dos mundos que llevaban demasiado tiempo chocando en silencio. Las manos de Gael se deslizaron con firmeza por su cintura, inmovilizándola contra la pared mientras su boca devoraba la resistencia de Miranda con una autoridad avasalladora.
Por un segundo, la ingeniera intentó mantener los muros en pie. Pero la marea de sensaciones fue tan violenta que traicionó toda su lógica. El cerebro de Miranda cortocircuitó; sus manos, en lugar de empujarlo, se aferraron con desesperación a las solapas de su camisa de lino, arrugando la tela mientras se dejaba arrastrar por el torbellino. Y en un arrebato de furia contenida y deseo desbocado, abrió ligeramente los labios y le mordió el labio inferior con fuerza, con la urgencia de quien muerde una fruta prohibida para castigarla por existir.
Gael soltó un gruñido ahogado de sorpresa y placer ante el mordisco, separándose apenas unos centímetros para mirarla a los ojos. Tenía la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando con fuerza y una chispa de triunfo absoluto brillando en sus ojos claros.
Miranda, con el pulso desbocado y el pecho latiendo a mil por hora, lo empuñó con todas sus fuerzas, empujándolo hacia atrás con furia ciega, mientras se pasaba el dorso de la mano por los labios temblorosos.
—¡Estás... estás demente! —siseó Miranda con voz trémula, ajustándose el saco con manos torpes y los ojos encendidos de rabia y vergüenza—. ¡No vuelvas a tocarme jamás! ¡Jamás!
Dio media vuelta a toda velocidad, ignorando el dolor punzante en su pecho, y caminó a zancadas de vuelta hacia el comedor familiar, decidida a agarrar su cartera y largarse de allí antes de perder lo poco que le quedaba de dignidad.
Al llegar a la mesa, empujó la silla con brusquedad, arrebató su bolso de cuero del respaldo y se dispuso a pronunciar una excusa incoherente para huir. Pero en el instante exacto en que levantó la vista, se dio cuenta de que todos en la mesa la estaban observando con una fijeza extraña.
Sus hermanos la miraban con los ojos abiertos, Gisela se tapaba la boca con ambas manos conteniendo una carcajada monumental, y su madre la observaba con una sonrisa de satisfacción infinita. Y es que el reflejo del espejo o la brutalidad del beso habían dejado su marca: el labio inferior de Miranda estaba ligeramente hinchado, con un pequeño rastro de sangre seca que delataba el mordisco.
—Vaya, hija... parece que el postre estuvo más intenso de lo previsto —soltó Don Arturo con una carcajada socarrona que rompió el hielo por completo.
Gisela no aguantó más y soltó una carcajada estridente, aplaudiendo sobre la mesa.
—¡Santo cielo, Miranda! ¡Te comiste al arquitecto literal y figurativamente! ¡Tienes el sello de garantía impreso en los labios!
Antes de que pudiera balbucear una sola justificación, los pasos tranquilos y seguros de Gael resonaron a espaldas de la mesa. El arquitecto se incorporó al grupo con las manos en los bolsillos, intentando mantener la compostura, pero en cuanto los familiares levantaron la vista hacia él, la reacción fue instantánea.
El labio inferior de Gael presentaba una pequeña herida idéntica, perfectamente visible bajo la luz de la tarde.
Thiago e Iker abrieron los ojos como platos y soltaron una carcajada cómplice, mientras el resto de la familia rompía en aplausos y silbidos de aprobación general.
—¡Vaya, muchacho! Veo que la ingeniera te salió brava para el combate cuerpo a cuerpo —bromeó uno de sus hermanos mayores entre risas generales.
Gael se pasó la lengua por el labio herido, dedicándole a Miranda una mirada de pura fascinación y una sonrisa torcida que prometía una guerra interminable.
Miranda, con las mejillas ardiendo en un tono carmesí insoportable, agarró su cartera con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, dio media vuelta y salió corriendo de la terraza sin mirar atrás, dejando a toda la familia celebrando el nacimiento oficial de su absoluto desastre.