Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Gael siempre había sido un descarado.
Caminó hasta el sofá con esa calma insolente que tanto me irritaba y se dejó caer, las largas piernas extendidas frente a él. Alzó apenas los párpados y contempló mi incomodidad como si fuera el mejor espectáculo de la noche.
Solo después de disfrutarla lo suficiente fingió preocuparse.
—¿Por qué no te cambias? ¿No te gustó el vestido?
Era un hombre perverso. Sabía perfectamente por qué no me atrevía a hacerlo, pero aun así insistía en interpretar al caballero considerado.
Apoyé las manos en la cintura y lo fulminé con la mirada.
—¿Cómo quieres que me cambie si sigues aquí, pervertido?
La queja mimada se me escapó antes de que pudiera contenerla.
Cuando salíamos, yo abusaba sin vergüenza de lo mucho que Gael me consentía. En nuestra preparatoria privada de Estados Unidos, todo el mundo sabía que el joven más temido del campus se dejaba regañar a diario por su novia.
Pero ya no éramos novios.
Me di cuenta demasiado tarde de la confianza con la que acababa de hablarle. Me tapé la boca y levanté hacia él una mirada cautelosa, arrepentida.
Gael no pareció ofenderse.
La comisura de sus ojos se curvó. Golpeó el brazo del sofá con sus dedos largos y definidos, saboreando aquella frase que había sonado mucho más a coqueteo que a insulto.
Su mirada se volvió cada vez más ardiente.
Se levantó sin prisa y adoptó otra vez aquel tono educado, casi razonable.
—Si no puedes sola, puedo ayudarte.
Me estaba tendiendo una trampa paso a paso. Fingía dejarme una salida, pero yo lo conocía lo suficiente para notar que su paciencia estaba a punto de agotarse.
—No hace falta. Yo puedo.
Dejé de resistirme y me volví de espaldas. Busqué despacio el cierre del vestido.
De todos modos, él ya me había visto antes.
Más de una vez.
El cierre cedió con un sonido seco.
El vestido blanco resbaló por mi cuerpo y cayó a mis pies. Un escalofrío me recorrió la piel desnuda. Sentía la mirada de Gael sobre la curva de mi espalda, sobre mis omóplatos y sobre los hoyuelos de mi cintura.
No necesitaba verlo para saber qué estaba imaginando.
La habitación pareció volverse más calurosa.
A mi espalda se oyó una tos ahogada.
—¿Estás bien? —pregunté, sin atreverme a darme vuelta.
—Perfectamente.
Su respuesta salió más ronca de lo normal.
No vi la gota de sangre que le cayó de la nariz ni la rapidez con la que tomó una toallita húmeda de la mesa y levantó la cabeza para contenerla. A sus veintiún años, Gael podía parecer imperturbable frente a cualquiera; bastaba que yo me quitara un vestido para convertirlo en un muchacho que no sabía dónde meter las manos.
Yo estaba demasiado concentrada en retirar el vestido nuevo del maniquí. La tela era suave y el diseño, tan elaborado que parecía más un vestido de novia hecho por encargo que una prenda para una fiesta.
Me puse primero el forro, después la falda armada y, por último, el vestido. Cuando intenté alcanzar el cierre de la espalda, apenas conseguí rozarlo con la punta de los dedos.
Forcejeé durante un rato. Justo cuando pensaba pedirle ayuda, una mano ardiente atrapó la mía.
Gael se había colocado detrás de mí sin hacer ruido.
Su pecho firme se apoyó contra la tela transparente que cubría mi espalda. El contacto me hizo contener la respiración.
Con la mano izquierda, me sostuvo por uno de los hoyuelos de la cintura.
—Yo lo hago —murmuró.
Su voz estaba cargada de un deseo que daba miedo.
Lo oí tragar saliva. Su aliento caliente cayó sobre mi nuca mientras sus ojos recorrían mis omóplatos desnudos. Sujetó el cierre y comenzó a subirlo con una lentitud desesperante.
No sabía si lo hacía a propósito. Cada pocos centímetros, sus dedos ardientes “resbalaban” y rozaban mi columna, arrancándome un estremecimiento.
Podía haber cerrado el vestido en un segundo.
Se tomó varios minutos.
La tensión entre los dos se volvió tan espesa que apenas podía respirar.
Por fin, el cierre llegó hasta arriba.
Solté el aire y me volví de inmediato, tratando de separarlo con una mano apoyada en su pecho.
—Gracias. Yo…
No alcancé a terminar.
Gael me sujetó con fuerza por la cintura. Se inclinó sobre mí y deslizó la palma por mi vientre, acariciándolo despacio. Sus dedos fueron apretando poco a poco, y el calor de su cuerpo atravesó las capas del vestido.
—¿Él ya te tocó? —preguntó.
La voz se le había vuelto irreconocible de tan ronca.
Sus labios rozaron una y otra vez mi cuello.
—Dime, cuñadita… ¿Sebastián sabe que justo aquí te vuelves tan sensible?
Su mano presionó el punto que conocía demasiado bien. La provocación de aquellos dedos y de su respiración cada vez más pesada me dejó sin fuerzas.
Atrapé su muñeca antes de que pudiera seguir.
—No podemos hacer esto…
No podíamos.
—¿Por qué no?
Gael tragó saliva. Sus ojos oscurecidos se clavaron en mis labios húmedos.
—Preciosa, tú y yo hicimos cosas mucho menos inocentes que esto.
Y era verdad. Aquella caricia por encima de la ropa no era nada comparada con lo que habíamos compartido antes de romper.
—Ahora tengo prometido —conseguí decir, aferrándome al último resto de cordura.
Gael soltó una risa fría, como si mi argumento no tuviera ningún peso.
—El acuerdo entre los Montes y los Salvatierra solo obliga a los herederos de las dos familias.
Acercó la boca a mi oído.
—Si de verdad quisiera disputar la herencia, ¿crees que Sebastián conservaría alguna oportunidad?
Para alguien como él, la fortuna de la familia más poderosa de la ciudad no era más que una cifra.
Yo sabía de lo que Gael era capaz. Lo que no entendía era por qué no se había vengado ya de la exnovia que lo dejó sin explicación.
¿Para qué había vuelto a México?
El miedo creció dentro de mí. Mordí mi labio mientras intentaba ordenar las ideas, pero su voz volvió a envolverme, deliberadamente seductora y todavía cortés.
—Piénsalo bien, prometida de Sebastián.
***
La recepción seguía tan animada como antes.
La familia Montes había perdido casi toda su influencia, pero el viejo acuerdo matrimonial seguía vigente. En los círculos de la alta sociedad corría el rumor de que Sebastián no tardaría en quedar al frente de los Salvatierra.
Además, el regreso de Gael desde Estados Unidos se interpretó como una muestra de apoyo a su medio hermano. Por eso, la fiesta de cumpleaños de Sebastián había atraído aquella noche a tantas figuras importantes de Ensenada.
Respiré hondo frente a la escalera y me obligué a dejar atrás todo lo que acababa de pasar en el salón privado.
Sostuve la falda con una mano y comencé a bajar por la escalera curva.
Las luces del salón se apagaron de pronto. Un reflector cayó sobre mí.
Los cristales del vestido blanco brillaron como pequeñas estrellas. Las mangas de inspiración antigua marcaban la delicadeza de mi figura, y el cabello oscuro descansaba sobre mis hombros. Parecía una novia a punto de caminar hacia el altar.
El murmullo de admiración se extendió por el salón.
Sebastián apartó enseguida a la mujer que tenía abrazada y vino a recibirme casi corriendo.
—Bebé, estás guapísima. Todos van a envidiarme.
No estaba acostumbrada a ser el centro de tantas miradas. Ignoré la mano que me ofrecía y asentí con educación.
—Gracias.
Sebastián y yo éramos prácticamente desconocidos. Apenas habíamos convivido. Pero esa noche, como su prometida oficial, me correspondía quedarme a su lado y representar nuestro papel frente a los invitados.
Él sonreía satisfecho mientras presentaba a su hermosa y elegante prometida.
No se dio cuenta de la mirada helada y feroz que lo vigilaba desde el segundo piso.
***
Gael descansaba contra la baranda de cristal del corredor. Sostenía un cigarro entre los dedos pálidos y elegantes, y el humo azulado se deslizaba sobre su rostro inexpresivo.
Bajo la luz tenue, sus ojos azul claro permanecían fijos en la pareja del salón. Todo su cuerpo despedía un frío peligroso.
—Así que también existe una mujer capaz de traer de cabeza al intocable Gael Salvatierra.
Mateo Santillán se acercó con una sonrisa burlona. Había estudiado con Gael en la preparatoria estadounidense y seguía siendo su mejor amigo, precisamente porque nunca desaprovechaba una oportunidad de molestarlo.
Su mirada localizó enseguida a Valeria entre la multitud.
—Sabía que volverías por ella.
Gael no respondió. Exhaló una bocanada de humo y siguió contemplando el vestido.
Él mismo lo había diseñado a los dieciocho años para Valeria. Cientos de artesanos italianos habían trabajado a mano durante dos años para convertir aquel boceto en un vestido de novia.
Valeria terminó con él antes de que estuviera listo.
Esa noche era la primera vez que podía verla con el vestido puesto.
Una sonrisa suave, casi imperceptible, apareció en su rostro.
—Voy a fingir que ya te casaste conmigo una vez.
—¿Qué dijiste?
Mateo no alcanzó a oírlo. Sacudió la cabeza con resignación.
—Lo tuyo ya no tiene remedio.
En ese momento, un hombre y una mujer entraron por la puerta principal.
Ella llevaba un vestido color vino que abrazaba sus curvas. El tono intenso hacía resaltar su piel clara; el cabello negro, los labios rojos y la mirada profunda le daban el aire deslumbrante de una heredera acostumbrada a conseguir todo lo que quería.
Lo único fuera de lugar era el hombre mucho mayor del que iba tomada del brazo.
Gael arqueó una ceja.
—Mira, llegó tu madrastra.
Una sonrisa perezosa curvó sus labios.
—Si no recuerdo mal, rechazaste una beca en Harvard para volver a México por ella, ¿no?
Mateo no contestó.
—Regresaste decidido a conquistar a tu amor de la infancia —continuó Gael— y terminaste persiguiéndola hasta convertirla en la esposa de tu padre.
Todavía molesto por las burlas de su amigo, Gael se volvió y le dio dos palmadas compasivas en el hombro.
—Admito la derrota, Mateo. En cuestiones de amor, jamás podría superar una hazaña como la tuya.
La mandíbula de Mateo se tensó.
Sus dedos se cerraron en un puño con un crujido seco. La diversión desapareció de su rostro, sustituida por la mirada oscura de un depredador.
Sacó el teléfono y escribió un mensaje.
*Bebé, te advertí que no volvieras a acercarte a ese viejo.*
*¿De verdad quieres que vuelva a encerrarte?*
***
Cuando terminó la fiesta, fui directamente al hospital.
Como Cenicienta al escuchar las doce campanadas, dejé atrás el sueño de lujo y regresé a mi vida de siempre.
Lo único que no podía dejar en aquel salón era a Gael.
Respiré hondo, dibujé mi sonrisa más dulce y abrí la puerta de la habitación.
—Abuela, ya volví.
Dejé la fruta sobre el buró y me acurruqué entre sus brazos.
—¿Me extrañaste?
Ella me abrazó enseguida y acarició mi cabello.
—Mi niña, debes estar agotada.
—Un poco.
Todas las humillaciones y el cansancio de la noche me subieron de golpe a la garganta. Sin embargo, jamás podría preocupar con mis quejas a la única persona que me quedaba.
—¿Sebastián te trata bien? —preguntó de pronto.
Mi madre había acordado ese matrimonio antes de morir. Desde entonces, la amante de mi padre y su hijo se habían instalado en la casa de los Montes, mientras que yo, la hija legítima, terminé prácticamente en la calle.
En nuestro círculo social, todos decían que los Salvatierra ya demostraban demasiada generosidad al reconocerme y mantener el compromiso.
Bajé la cabeza y asentí.
—Sí.
Siempre apartaba la mirada cuando mentía.
Mi abuela me conocía demasiado bien. En su rostro solo quedó la pena de quien veía sufrir a la nieta que nunca le había dado un problema.
—Todo esto es por mi culpa.
—¡Claro que no!
Negué con fuerza.
—No vuelvas a decir eso. Tú eres la persona que mejor me ha tratado en el mundo.
Le sonreí, dejando que aparecieran los dos pequeños hoyuelos de mis mejillas.
—No estoy cansada. Sebastián es bueno conmigo y su familia prometió ayudarnos con los gastos. No tienes nada de qué preocuparte.
Mientras hablaba, acomodé las cobijas sin levantar la cabeza. No quería que notara el rojo de mis ojos.
Me quedé conversando con ella un rato más. Ya era de madrugada cuando salí de puntillas y cerré la puerta con cuidado.
Fuera del hospital no tenía ningún lugar al que deseara volver. Crucé la calle y me senté en una banca del parque.
El rostro de Gael apareció otra vez en mi cabeza.
¿Por qué había regresado?
¿Quería castigar a la exnovia que lo abandonó?
Yo ya no era nadie por quien valiera la pena cruzar un continente.
Un sonido del teléfono interrumpió mis pensamientos. Acababa de llegar un mensaje multimedia de un número desconocido.
Abrí la fotografía.
Alguien había captado a Sebastián acostado en una cama, con una mujer entre los brazos, mientras besaba a otra.
No había pasado ni una hora desde que anunció públicamente a su prometida y ya se había llevado a dos mujeres a casa.
Contemplé la imagen durante unos segundos. No sentí tristeza ni rabia.
La borré.
No tenía nada que ver conmigo. Sebastián y yo solo estábamos unidos por un acuerdo entre familias. No había amor ni intimidad entre nosotros y, según el contrato, pondríamos fin al compromiso pocos meses después.
Iba a guardar el teléfono, pero dudé. Al final, respondí al número desconocido.
*¿Quién eres?*
A cierta distancia, el rostro de Gael permanecía oculto por la oscuridad.
La luz del teléfono se reflejó en sus ojos azul claro, dándoles un aire melancólico. Miró durante un largo rato aquellas dos palabras sin responder.
No entendía por qué Valeria podía ver a su prometido con otras mujeres y conservar aquella indiferencia.
Frunció el ceño y apagó contra el cenicero el cigarro que apenas había fumado.
—¿De verdad eso es todo lo que sientes por él, bebé?
Inquieto, abrió la conversación con el investigador privado.
En la pantalla solo había dos instrucciones.
*Consigue pruebas de todas las infidelidades de Sebastián. Quiero fotos, videos y audios.*
*Averigua qué enfermedad tiene la abuela de Valeria y lleva al hospital al mejor especialista disponible.*