Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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11
Elena
Sin poder creer lo que mis oídos escuchaban, me puse de pie. Ana, que estaba detrás de nosotros con una bandeja de pastel, se quedó inmóvil, con el rostro desencajado antes de darse la vuelta y dejarnos solos, huyendo de la tormenta que acababa de estallar.
—¿Qué? —pregunté, con la voz quebrada por el miedo.
—Lo he pensado bien y ha llegado el momento —dijo él, con una frialdad que me caló los huesos—. Puedo hacer las cosas por mí mismo, ya no te necesito. Es mejor que nos divorciemos.
Para no romperme en pedazos frente a él, simplemente me di la vuelta y salí de la sala con paso vacilante. *¿No me necesita?* El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que se me saldría del pecho. Me encerré en mi habitación, buscando un refugio que ya no existía. Las lágrimas, sin embargo, comenzaron a correr sin descanso por mis mejillas mientras me aferraba el pecho, intentando inútilmente contener el dolor.
—No puedo... —susurré, ahogada.
Pensé que lo que sentía era solo un enamoramiento pasajero, pero esto, este vacío absoluto que sentía ahora, no se comparaba con nada. Esa simple palabra, "divorcio", me revolvió las entrañas. Llamé a Kim de inmediato, pero no contestó. En ese momento, la puerta sonó con insistencia.
—Tenemos que hablar. Por favor, no seas infantil y abre la puerta; ya no tendrás que cuidarme —dijo él al otro lado, con un tono cargado de irritación.
Para él, solo fui eso: una cuidadora, un medio para un fin. Mientras yo me moría en la angustia, intentando mantenerlo a flote, él solo me veía como a una empleada que había cumplido su contrato. Limpié mis lágrimas con rabia y comencé a empacar mis maletas. El peso de cada prenda que doblaba se sentía como una humillación.
Al terminar, abrí la puerta. Él estaba sentado en el suelo, desmoronado, pero al verme con las maletas listas, una sombra de confusión cruzó su rostro.
—¿Qué haces? —preguntó, clavando la vista en mi equipaje.
—Has dicho que te quieres separar. Entiendo que para eso tengo que irme —dije, tratando de mantener la voz firme mientras pasaba a su lado—. Ya hablarás con mis abogados.
No podía verlo ni un segundo más; no podía seguir allí, no cuando el aire se sentía tan pesado y doloroso.
—¿No podemos hacerlo como gente normal? —preguntó desde el suelo, deteniendo mis pasos—. Solo debes firmar y ya, no hay necesidad de contratar abogados. Te pagaré una suma por el tiempo que me cuidaste, te cederé algunas de mis acciones y...
No lo dejé terminar. Le propiné una bofetada con toda la rabia que había contenido durante meses. El impacto resonó en la habitación, dejándolo en un silencio absoluto. Ana, que observaba desde lejos con preocupación, tomó las maletas y las llevó hacia la salida.
—¡Cállate! ¡No digas una palabra más! —le grité, alejándome de él con las manos temblorosas.
—¿Qué fue lo que dije? Solo estoy pagando por tus servicios —dijo él, ahora levantándose y respondiendo con la misma frialdad altiva.
Me di la vuelta para encararlo. Mis ojos, ya anegados, no pudieron retener el torrente de lágrimas.
—Eres un imbécil —dije, con la voz rota por la rabia—. Eres un maldito imbécil y un egoísta. No sabes lo mucho que me arrepiento de...
Me quedé en silencio. No merecía saberlo. No merecía mi cariño, ni mis años, ni mi vida entregada a su desdicha. Salí de la casa, dejándolo allí, con la palabra muriendo en su boca.
Bajé al aparcamiento y subí las maletas al coche, temblando. Entonces, el móvil vibró; era Kim. Contesté al entrar al vehículo.
—¿Qué sucede? Estaba algo ocupada —dijo ella con voz tranquila.
Respiré hondo, tratando de ocultar mi desesperación, pero el llanto estalló sin control. Kim se apresuró a preguntar si estaba bien, pero no pude responder. Solo lloraba, una y otra vez, con el celular apretado contra la oreja, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba.
—¿Dónde estás? Iré por ti.
—Estoy en casa... —dije, sollozando—. Voy a...
—Espérame allí. No te muevas.
Después de un rato, la vi llegar; tocó la ventanilla del coche, entró y me miró con los ojos llenos de compasión.
—¿Qué sucedió? —preguntó, atrayéndome hacia un abrazo protector.
—Se quiere divorciar —solté, con la amargura y la tristeza filtrándose por cada poro de mi piel.
—Ay, Elena... —dijo ella, apretándome contra su pecho—. Nena, calma. Vamos a casa, allá hablaremos con tranquilidad.
Al llegar, mis amigas me rodearon, dándome ánimos y tratando de mantenerme a flote, pero era imposible. No podía procesarlo; él me estaba desechando, y justo en el momento en que yo me atrevía a aceptar, por fin, lo que mi corazón sentía por él.
¿Que les parece?, déjenme comentarios, esto parece un desierto 🤣🤣😭