Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Un beso inesperado
La tarde había caído sobre el reino cuando Aurora salió de la pequeña casa donde se escondía la Banda del Cuervo.
Habían pasado varios días desde la fiesta y, aunque la situación parecía tranquila, Aurora seguía pensando en Daniel.
No entendía qué estaba sucediendo entre ellos.
Primero habían sido enemigos.
Después, aliados.
Luego habían compartido secretos, peligros y momentos que ninguno de los dos se atrevía a mencionar.
Y ahora, cada vez que lo veía, Aurora sentía que su corazón se comportaba de una manera extraña.
Caminó hasta el viejo puente que cruzaba el río.
Allí alguien la esperaba.
—Sabía que vendrías.
Aurora se detuvo.
—¿Daniel?
El príncipe sonrió.
—Hola.
—¿Me estabas siguiendo?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabías que estaría aquí?
Daniel señaló el río.
—Porque vienes aquí cuando quieres pensar.
Aurora levantó una ceja.
—¿Y cómo sabes eso?
—Te he observado.
Ella cruzó los brazos.
—Eso suena un poco preocupante.
Daniel soltó una carcajada.
—Quizá.
Aurora intentó mantenerse seria, pero terminó sonriendo.
Se sentaron juntos sobre el borde del puente.
Durante unos minutos escucharon solamente el sonido del agua.
—¿Cómo están los demás? —preguntó Daniel.
—Bien.
—¿Y tú?
—También.
Daniel la miró.
—No pareces convencida.
Aurora suspiró.
—Hay demasiadas cosas que no entiendo.
—¿Como cuáles?
Ella lo miró.
—Nosotros.
Daniel guardó silencio.
Aurora bajó la mirada.
—Tú eres un príncipe.
—Y tú eres una ladrona.
—Exactamente.
—Eso no significa que no podamos...
Daniel se detuvo.
Aurora levantó la mirada.
—¿Que no podamos qué?
Daniel se acercó lentamente.
Aurora no retrocedió.
Durante unos segundos se miraron.
Después, casi sin pensarlo, Daniel la besó.
Fue un beso breve y suave.
Aurora quedó completamente sorprendida.
Cuando Daniel se apartó, ninguno habló.
Aurora lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Acabas de...?
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel sonrió.
—Porque quería hacerlo.
Aurora sintió que sus mejillas se calentaban.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Ella intentó ocultar una sonrisa.
—Eres imposible.
—Me lo han dicho.
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Pasaron unos segundos incómodos.
Daniel aclaró la garganta.
—Por cierto...
Aurora lo miró.
—¿Qué?
—Los documentos.
Aurora parpadeó.
—¿Qué documentos?
Daniel intentó parecer serio.
—Los que encontraron en la fiesta y en la fortaleza.
Aurora lo observó fijamente.
—Espera.
Daniel levantó una ceja.
—¿Qué?
—¿Me acabas de besar y ahora me estás preguntando por documentos?
Daniel intentó contener una sonrisa.
—Son importantes.
Aurora se puso de pie.
—¡Sabía que había una razón!
—No.
Daniel también se levantó.
—El beso no tuvo nada que ver.
—Claro.
—Aurora...
Ella lo señaló.
—Eres un príncipe muy tramposo.
Daniel sonrió.
—Aprendí de una ladrona.
Aurora soltó una carcajada.
—Los documentos están a salvo.
—¿Dónde?
—No voy a decírtelo.
—¿Ni siquiera después del beso?
—Especialmente después del beso.
Daniel negó con la cabeza.
—Entonces tendré que convencerte.
Aurora comenzó a alejarse.
—Buena suerte.
—Aurora.
Ella se volvió.
—¿Sí?
Daniel sonrió.
—No me arrepiento.
Aurora sintió nuevamente aquel calor en las mejillas.
—Yo tampoco.
Y se marchó antes de que él pudiera ver su sonrisa.
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Cuando regresó al escondite, Lili la esperaba.
—¿Dónde estabas?
—Caminando.
Lili la observó.
—Estás sonriendo.
Aurora intentó ponerse seria.
—No.
—Sí.
Pablo apareció desde el otro lado.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Lili entrecerró los ojos.
—Aurora...
—No pasó nada.
Pablo sonrió.
—Entonces definitivamente pasó algo.
Aurora se dirigió hacia su habitación.
—Déjenme tranquila.
Lili miró a Pablo.
—Eso significa que pasó algo.
Ambos comenzaron a reír.
Aurora cerró la puerta y se apoyó contra ella.
Se llevó los dedos a los labios.
Todavía podía recordar el beso.
Y, por primera vez, dejó de intentar convencer a su corazón de que aquello no significaba nada.
Afuera, mientras tanto, Daniel regresaba al castillo.
Sonreía.
Pero también llevaba una preocupación.
Los documentos de la fiesta podían revelar quién estaba financiando en secreto a los hombres de Ricardo.
Y si Aurora los tenía, tarde o temprano tendría que pedirle ayuda otra vez.
Quizá aquella vez tendría más suerte.
O quizá tendría que pagar por los documentos.
Después de todo, estaba tratando con Aurora.
Y ella nunca hacía nada gratis.