Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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LA OSCURIDAD DESPIERTA.
La noche avanzaba sobre el Reino de los Umbrales, pero la paz que reinaba en el palacio de cristal era solo una ilusión que se desvanecía por momentos. Mientras Amir y Nalia seguían fundidos en un abrazo eterno, recuperando fuerzas y sellando su unión con cada roce, cada beso y cada grito de placer que ahogaban entre las sábanas de seda, muy lejos de allí, en las profundidades de los bosques corrompidos, Darian cerraba pactos que ningún ser de luz debía siquiera imaginar.
Se había adentrado en las cuevas antiguas, donde el aire era pesado y olía a azufre y muerte. Allí, rodeado de sombras vivientes, ojos brillantes y susurros que helaban la sangre, hablaba con los Señores de la Ceniza, criaturas milenarias desterradas siglos atrás por los ancestros de Nalia, seres que vivían del odio, la destrucción y el dolor. Darian, cegado por los celos y el rencor, les había prometido abrirles las puertas de este reino y de Al-Jazair, si a cambio le daban el poder para destruir a Amir y devolverle a Nalia, no como su igual, sino como su posesión.
—Traeremos la noche eterna —decían las voces roncas y huecas de las sombras—. Destruiremos todo lo que brilla, todo lo que ama, todo lo que es puro. Y tú serás el rey de las ruinas, Darian. Ella será tuya... cuando ya no le quede nada más que tú.
Y mientras sellaban aquel pacto maldito con sangre negra y magia oscura, la tierra tembló levemente, un aviso que solo los más sensibles pudieron percibir.
En el palacio, Elena, la madre de Amir, despertó de golpe, con el corazón acelerado y la piel erizada. Se sentó en su cama, abrazada a Zayn, que también abrió los ojos al instante, siempre alerta.
—Algo ha cambiado, mi amor —susurró ella, con voz tensa, mirando hacia la ventana donde la luna ya no brillaba tan clara—. La magia de este lugar... se ha vuelto amarga. Han despertado lo que debía dormir para siempre.
Zayn se levantó, su cuerpo, aunque ya no era el de un joven, seguía siendo el de un guerrero invicto, fuerte y lleno de autoridad. Se puso su túnica y su espada, esa arma que había ganado mil batallas y que ahora brillaba con una luz tenue, respondiendo al peligro.
—Lo sé —respondió él con gravedad—. Siento la oscuridad acercándose. Pero no permitiré que toquen a mis hijos, ni a mis nietos, ni a quien ahora es parte de nuestra sangre. Que vengan. Nos encontrarán de pie, como siempre.
No tuvieron que esperar mucho. Antes de que el sol comenzara a asomar por el horizonte, un grito de alarma resonó por todo el recinto. Desde las torres de vigilancia, los elfos y hadas leales a Nalia avisaban de que el bosque se movía, que la niebla negra avanzaba devorando la luz, y que de ella salían criaturas horribles: bestias de piel de piedra, colmillos de acero y ojos rojos, seguidas de espectros que flotaban en el aire, dejando rastro de muerte por donde pasaban.
Toda la familia se reunió en la gran sala central, armados y listos. Karim y Amara llegaron primero; él con su espada inmensa en la mano, su figura imponente y real, y ella con su vestido largo convertido en una armadura de luz, sus manos brillando con la magia curativa y destructiva que poseía. Los niños, Kael, Lira, Derian, Zair y Miraya, estaban protegidos detrás de ellos, pero no asustados; habían crecido escuchando historias de batallas y sabían que sus padres eran invencibles.
Layla y Caelan estaban ya en la puerta principal. Ella, con dos espadas cortas, moviéndose con la agilidad de un felino, con una sonrisa desafiante en los labios, lista para cortar cabezas y proteger a los suyos. Él, con su bastón de madera antigua y su magia de tierra y viento, ya levantaba barreras de raíces y rocas para frenar el avance enemigo. Sus hijos, Elion, Thalia y Eren, aunque pequeños, ya canalizaban energía; Elion mantenía un escudo luminoso alrededor de sus hermanos, Thalia sostenía una pequeña espada de luz, y Eren canturreaba suavemente, haciendo que las flores del suelo crecieran y atraparan a los primeros espectros que se acercaban.
Amir y Nalia llegaron corriendo, vestidos con ropas ligeras pero resistentes, él con su espada negra, forjada en las estrellas, y ella con su cuerpo brillando con toda su magia élfica y de hada, su cabello flotando como si estuviera bajo el agua, sus ojos verdes fijos en la oscuridad que se acercaba. Se pararon al lado de sus padres, de sus hermanos, formando una línea impenetrable.
—¡Ahí está! —gritó Nalia, señalando hacia el frente, donde la niebla se abría para dejar pasar a Darian, que caminaba al frente de las bestias, alto, hermoso, pero ahora deformado por la maldad, rodeado de sombras que le susurraban al oído.
Darian se detuvo a unos metros, y su voz retumbó en todo el valle, fría y llena de veneno.
—¡Por fin todos juntos! —exclamó él, mirando a cada uno de ellos con desprecio y odio—. Qué bonita familia... unida por el amor, por la luz, por la falsa creencia de que son invencibles. ¿Pensaste que podías venir aquí, Nalia, traer a estos extraños, ensuciar tu tierra con su presencia y que yo lo aceptaría? Pensaste que podías elegir a este... —señaló a Amir con rabia— ...a este humano lleno de fuerza bruta, en lugar de a mí, ¿qué te he amado durante siglos?
Amir dio un paso al frente, poniéndose delante de Nalia, su cuerpo tenso, su espada levantada, su mirada llena de furia y protección.
—Ella no te eligió, Darian, porque tú no sabes amar —respondió Amir con voz potente y clara, que llegó a todos los rincones—. Tú solo querías poseerla, querías tenerla como un trofeo, como algo que te pertenecía por derecho. Pero Nalia no es de nadie. Ella es libre, es luz, es magia. Y ella me eligió a mí, porque yo la amo con todo lo que soy, respetando su alma, su fuerza y su libertad. Y mientras yo viva, ni tú ni tus monstruos oscuros pondrán una sola mano sobre ella, ni sobre nadie de mi familia.
Darian soltó una risa seca y cruel.