Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 23: EL REGRESO DE BRUNO
Bruno volvió un martes.
Lo supe antes de verlo porque Doña Lety llegó corriendo a Punta Cocos con su mandil todavía puesto y con cara de chisme grande.
Está el güero de la cámara otra vez, dijo. El que les tomó fotos encuerados.
Gael dejó de lijar la lancha en ese mismo instante. No dijo nada. Apretó la lija entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Yo sentí que el estómago se me iba hasta los pies. No por miedo. Por coraje. Porque la última vez que Bruno estuvo aquí me hizo sentir que mi piel y la cicatriz de Gael eran cosas que se podían vender. Y yo no quería volver a sentir eso, menos ahora que había aprendido a leer mi libro viejo sin taparme.
Lo encontramos en la playa principal, con la misma gorra, con la misma mochila de cámaras, con dos gringos altos que lo seguían con tripies. Estaba hablando con el presidente de los pescadores, enseñándole fotos en su celular, prometiendo otra vez promoción para la isla.
Cuando me vio, abrió los brazos como si fuéramos amigos de toda la vida.
Eiden, carnal, qué bueno que sigues aquí, dijo. Te ves diferente. Más isleño.
No me acerqué a abrazarlo. Me quedé a dos pasos.
Gael se quedó detrás de mí, sin playera, con los brazos cruzados. No saludó.
Bruno notó el silencio y bajó los brazos poco a poco.
Vine a hacer un seguimiento, explicó. La foto de ustedes pegó cabrón en redes. La gente pregunta por el pescador de la cicatriz y el pelirrojo del mapa. Quieren más. Me ofrecieron lana por una segunda parte, más producida, con luces, con ropa.
Sentí que Gael respiraba más fuerte detrás de mí.
No va a haber segunda parte, dije.
Bruno me miró como si no entendiera. Se quitó la gorra y se rascó la cabeza.
¿Cómo que no? preguntó. Es buena lana, Eiden. Para los dos. Ya vi que te vas a quedar un rato, pues qué mejor que monetizar la estancia. Es contenido orgánico, real.
La palabra contenido me dio asco. Así, literal. Sentí el caldo de Lety de ayer subiéndoseme por la garganta.
No somos contenido, dije.
Bruno se rió, pero fue una risa nerviosa. Miró a Gael buscando apoyo y no lo encontró.
A ver, Gael, tú qué opinas, dijo. Tú que eres el que pesca de verdad, ¿no quieres que la gente vea lo que haces? Que vea tu historia.
Gael por fin habló. Su voz salió ronca, baja, con ese acento de Holbox que se le marca más cuando está enojado.
Mi historia no es para que la vea gente que no conozco, dijo. Mi historia es para quien se queda a comer caldo.
Bruno se quedó callado unos segundos. Los gringos de atrás seguían grabando todo, sin entender nada.
Mira, Eiden, intentó otra vez, ahora mirándome solo a mí. Sé que lo de la foto pasada no estuvo chido, que no pedí permiso bien. Por eso vine ahora a pedir permiso. Si no quieren salir sin playera, salen con playera. Si no quieren que se vea la cicatriz, la tapamos. Yo me adapto.
Yo me acordé de la noche de la bioluminiscencia, de la foto que nos tomó escondido, de cómo me sentí usado al día siguiente cuando vi mi vitíligo en el Instagram de un desconocido con miles de likes.
Me acordé también de la carta que le escribí a Gael y rompí, de las cuatro páginas hechas bolita. De lo que le prometí a Lety. De lo que Gael me dijo con la veladora prendida durante el norte.
Bruno, le dije, y esta vez sí lo miré fijo. Yo antes quería que todo lo que vivía se volviera libro, se volviera post, se volviera foto. Pensaba que si no lo publicaba, no existía. Pero aquí aprendí que hay cosas que existen más cuando no las publicas.
Bruno abrió la boca para contestar, pero lo interrumpí.
Te voy a pedir que borres la foto donde salimos sin playera, dije. No te voy a demandar ni te voy a hacer desmadre en redes, porque no quiero ser ese vato. Solo te pido que la borres. Y que no nos tomes más fotos. Ni a mí ni a él.
Gael se puso a mi lado en ese momento. Sentí su hombro pegado al mío. Estaba caliente por el sol.
Bruno nos miró a los dos, sin playera, con arena en los pies, agarrados del brazo sin estarnos agarrando realmente, solo pegados.
Está bien, dijo al fin, bajando la voz. La borro hoy mismo. Te mando captura de que la borré.
Gracias, contesté.
Los gringos se empezaron a aburrir y se fueron caminando hacia el muelle. Bruno se quedó un segundo más, con su mochila colgando.
¿De verdad te vas a quedar aquí, Eiden? preguntó. ¿Vas a dejar CDMX por esto?
Volteé a ver Punta Cocos. Se veía chiquita desde la playa principal, pero se veía nuestra. Con las dos hamacas, con el techo de palma que aguantó el norte, con la veladora que todavía teníamos guardada.
No dejo CDMX, le dije. Solo ya no necesito que CDMX me diga quién soy para sentir que soy alguien.
Bruno asintió, como si no entendiera pero respetara. Se puso la gorra otra vez y se fue por la playa, con sus tenis llenos de arena.
Gael y yo nos quedamos parados ahí, viendo cómo se alejaba.
Cuando ya no lo vimos, Gael me abrazó por el cuello, así de lado, como abrazan los pescadores, fuerte, con olor a sudor y a madera lijada.
Gracias por decir que no, me dijo al oído.
Gracias por quedarte a mi lado mientras decía que no, le contesté.
Caminamos de regreso a Punta Cocos sin prisa. En el camino, Gael se detuvo y recogió una concha blanca, chiquita, perfecta, y me la dio.
Para tu mapa, dijo.
La guardé en mi short.
Esa tarde no hicimos nada extraordinario. Gael siguió lijando su lancha, yo me puse a escribir en mi libreta, pero no sobre Bruno, sobre nosotros. Sobre cómo se siente decir que no cuando antes siempre decías que sí por miedo a que no te quisieran.
Escribí: hoy dijimos que no y no pasó nada malo. El sol siguió saliendo.
Y cuando cayó la noche, sin necesidad de hablarlo, nos quitamos la playera los dos y nos metimos al mar, solo a la orillita, sin bioluminiscencia, sin foto, sin nadie mirando, solo nosotros, con su cicatriz y mi mapa, brillando igual aunque nadie los estuviera grabando.