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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:697
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Siempre había una hora

Cuatro meses después, Victoria ya podía reconocer una despedida antes de que Stefano mirara el reloj.

Había pequeños cambios.

Él se quedaba más quieto.

Respondía con frases más cortas.

A veces dejaba de empezar historias que sabía que no tendría tiempo de terminar.

Después llegaba el gesto inevitable: los ojos hacia la muñeca, hacia el reloj de la pared o hacia cualquier lugar donde estuviera la hora.

—Tienes que irte —dijo Victoria.

Stefano levantó la mirada.

—Todavía no.

—¿Cuánto?

Él comprobó el reloj.

—Veinte minutos.

Victoria soltó una risa sin humor.

—Entonces sí.

Estaban sentados en el carro frente a un parque casi vacío. Habían comprado algo de comer y llevaban más de una hora hablando de un examen que a Victoria le había salido mal.

Hasta ese momento había sido una buena tarde.

Ahora tenía veinte minutos de vida.

—No empieces —dijo Stefano.

Victoria giró hacia él.

—¿Yo?

—Sabes a qué me refiero.

—No. Explícame.

Stefano apoyó la cabeza contra el asiento.

—Cada vez que tengo que irme te enojas.

—Porque siempre tienes que irte.

—Tengo responsabilidades.

—Lo sé.

—Entonces...

—Tener un hijo no explica por qué nunca puedes verme un domingo completo. Ni por qué no puedo ir a tu casa. Ni por qué a las ocho de la noche parece que te conviertes en calabaza.

Stefano la miró.

—Eso fue muy específico.

—No hagas chistes.

—No estaba...

—Sí estabas.

Él suspiró.

—El niño está pequeño.

—Y yo jamás te he pedido que no estés con él.

—No dije eso.

—Pero cada vez que pregunto cualquier cosa, lo pones en medio.

Stefano endureció la expresión.

—No estoy usando a mi hijo.

Victoria supo inmediatamente que había cruzado una línea.

Bajó la voz.

—No dije eso.

—Sonó así.

—Entonces sonó mal.

Silencio.

Victoria miró por la ventana.

Un hombre empujaba un cochecito por la acera. Una mujer caminaba a su lado con una bolsa en la mano.

La escena duró apenas unos segundos.

Victoria apartó la vista.

—Perdón —dijo.

Stefano tardó.

—Está bien.

No estaba bien.

Pero ambos habían aprendido que algunas discusiones terminaban porque el tiempo se acababa, no porque estuvieran resueltas.

Diecisiete minutos después, Stefano la dejó frente a su casa.

• • •

La relación empezó a organizarse alrededor de espacios.

Martes después de clases.

Jueves si Stefano podía salir temprano.

Algún sábado por la tarde, nunca demasiado tarde.

Domingos casi nunca.

Victoria dejó de preguntar durante un tiempo.

Era más fácil.

Stefano, en cambio, parecía esforzarse por compensar.

Aparecía con café cuando ella tenía exámenes.

Recordaba fechas que ni Victoria recordaba.

Una vez manejó casi una hora solo para llevarle un libro que había olvidado en su carro.

—Podías dármelo mañana —le dijo ella.

—Podía.

—Entonces ¿por qué viniste?

Stefano se encogió de hombros.

—Quería verte.

Y Victoria, contra toda lógica, sintió que eso alcanzaba.

Algunas veces alcanzaba demasiado.

• • •

La primera vez que Stefano canceló por su hijo, Victoria no se molestó.

—Tiene fiebre —explicó él por teléfono—. No parece nada grave, pero voy a quedarme.

—Claro.

—Te llamo mañana.

—No hace falta. Ocúpate de él.

—Gracias.

Victoria colgó tranquila.

La segunda vez tampoco.

La tercera, sí.

No por el niño.

Por la forma.

Stefano había prometido llegar a las cinco. A las seis y diez no había aparecido. Victoria llevaba una hora esperándolo en una cafetería, viendo cómo el hielo se derretía en un vaso que ya no quería.

Cuando finalmente llamó, su voz sonó agitada.

—Perdón.

—¿Qué pasó?

—Se complicó algo en la casa.

Victoria cerró los ojos.

—¿El bebé está bien?

—Sí.

—Entonces ¿qué se complicó?

Silencio.

—Renata necesitaba que me quedara.

Victoria se quedó quieta.

—¿Para qué?

—Para unas cosas.

—¿Qué cosas?

—Victoria...

Ella miró la hora.

—Llevo más de una hora aquí.

—Lo sé.

—No, no lo sabes, porque si lo supieras me habrías llamado antes.

—No pude.

—Siempre hay algo que no puedes.

—No es justo.

Victoria se rio, pero no le causó gracia.

—¿Justo?

—No contigo. Con la situación.

—Yo también soy parte de la situación, Stefano.

Él guardó silencio.

Victoria bajó la voz.

—A veces siento que conozco tu vida solo cuando sobra un espacio.

—No es así.

—Entonces dime cómo es.

—No por teléfono.

—Perfecto. Mañana.

—Mañana no puedo.

Victoria cerró los ojos.

Ahí estaba otra vez.

Siempre había una hora.

Un día.

Un límite.

Un lugar donde ella dejaba de caber.

—Buenas noches, Stefano.

—Victoria, espera.

Colgó.

• • •

Dos días después, él llegó a la universidad con una carpeta que Victoria había dejado en el carro.

—No deberías venir aquí así —dijo ella.

—¿Así cómo?

—Sin avisar.

—Antes te gustaba.

—Antes no sabía que toda tu vida tenía horarios secretos.

Stefano apretó la carpeta.

—No son secretos.

—Entonces dime dónde trabajas exactamente.

Él la miró sorprendido.

—Sabes dónde trabajo.

—Sé el nombre del lugar y el barrio. Nunca he entrado.

—¿Quieres ir a mi trabajo?

—Quiero poder aparecer un día sin que parezca que estoy investigando a un criminal.

Stefano soltó aire por la nariz.

—No soy un criminal.

—Bien. Dame la dirección.

Él dudó.

Victoria arqueó una ceja.

—No me hagas esto.

Stefano sacó un lapicero y escribió la dirección en una esquina de una hoja.

—Ahí.

Victoria la tomó.

—¿Tan difícil era?

—No.

—Entonces deja de hacer que todo parezca difícil.

• • •

Pasaron tres semanas antes de que Victoria usara aquella dirección.

No lo planeó.

Stefano había olvidado unos documentos dentro de una carpeta que terminó mezclada con los apuntes de Victoria. La noche anterior le había dicho que los necesitaba para una reunión.

Victoria llamó a su casa.

No contestó.

Llamó al número que él le había dado del trabajo.

Tampoco.

Miró la dirección escrita en la hoja.

Podía esperar.

Podía dejar que él resolviera su propio descuido.

En cambio, tomó un bus.

El edificio era mucho menos misterioso de lo que había imaginado.

Una recepción pequeña. Dos escritorios. Un ventilador que sonaba demasiado fuerte.

Victoria se sintió ridícula por haber esperado algo distinto.

Se acercó a la mujer de recepción.

—Buenas. Busco a Stefano.

—¿Stefano...? —preguntó la mujer.

Victoria dio el apellido.

—Ah, sí. Pero acaba de salir.

—¿Sabe si vuelve pronto?

La mujer hizo una mueca.

—No creo. Lo llamó la esposa porque parece que el niño está enfermo.

Victoria dejó de sentir el peso de la carpeta entre las manos.

—¿Perdón?

—La esposa —repitió la mujer, señalando el teléfono—. Llamó hace como veinte minutos. Él salió enseguida.

Victoria la miró.

La mujer empezó a notar que algo no estaba bien.

—¿Usted es...?

Victoria bajó la vista hacia los documentos.

No escuchó el resto.

Esposa.

Una sola palabra.

Eso era todo.

Cinco meses de respuestas incompletas, horarios imposibles y domingos que nunca le pertenecían se acomodaron en su cabeza con una precisión brutal.

Victoria salió del edificio sin dejar la carpeta.

Por primera vez, ya no tenía que preguntarse qué parte de la vida de Stefano no conocía.

Ahora sabía exactamente cuál era.

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