En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 15 El vacío que todo lo llena
Cuando la puerta se cerró tras ella, me quedé inmóvil, como si mis piernas hubieran perdido toda fuerza para sostenerme.
El silencio que cayó sobre la casa era tan profundo que parecía tener peso, aplastante contra el suelo.
Me quedé allí de pie, en medio de la habitación que habíamos decorado con tanto cariño, mirando la cama donde momentos antes había cometido el acto más vergonzoso y cruel de toda mi vida.
Las sábanas estaban revueltas, el aire olía a dolor y a rabia, y en cada rincón parecía quedar aún el eco de sus sollozos y de mis palabras duras.
Poco a poco, la furia que me había cegado se fue disipando por completo, dejando en su lugar una claridad amarga, dolorosa, que me atravesó el pecho como mil agujas al mismo tiempo.
Empecé a ver las cosas tal como eran, sin la distorsión de las mentiras ni de la duda.
Recordé su mirada llena de miedo, sus manos temblando cuando intentaba defenderse, las marcas que había dejado en sus brazos y en su cuerpo por la fuerza con que la había sujetado.
Y también recordé las palabras que le había dicho: frases frías, hirientes, que no tenían nada que ver con lo que sentía en realidad, pero que habían salido de mi boca como veneno.
—Espero que no te haya dejado cansada…
Para lo único que me sirves —repetí en voz baja, y al escucharme a mí mismo sentí que me ahogaba de asco.
¿Cómo pude hablarle así?
¿Cómo pude tratar a la mujer que amaba, a la que había prometido cuidar y proteger con mi vida, de esa forma tan brutal y humillante?
Me dejé caer de rodillas en el suelo, apoyando la cabeza contra el borde de la cama, y rompí a llorar con una desesperación que no había sentido nunca.
Las lágrimas me quemaban las mejillas, pero no eran suficientes para lavar la culpa que me estaba consumiendo por dentro.
Empecé a repasar en mi mente cada detalle de las semanas anteriores: los comentarios que me habían llegado, las personas que me habían advertido, las historias que parecían encajar.
Y de pronto, al verlo todo con más calma, empecé a notar las grietas en esas versiones: nunca había habido una prueba real, nunca habían visto nada con sus propios ojos, solo hablaban de lo que otros decían. Todo eran palabras, nada más que palabras.
Salí de la habitación y recorrí la casa de un extremo a otro, buscando algo que me recordara a ella, pero que al mismo tiempo me ayudara a entender lo que había pasado.
En el comedor, la mesa seguía puesta como si en cualquier momento fuera a llegar con la merienda; en la cocina, sus utensilios seguían en su lugar, y en el escritorio había sus cuadernos abiertos, con dibujos de flores y notas de estudio, todo con esa letra clara y ordenada que tanto me gustaba.
Hasta sus adornos de color rosa seguían allí, pero ahora me parecían tristes, sin la luz que ella les daba con su presencia.
Mis muebles negros, que antes me daban seguridad, ahora me parecían fríos y oscuros, reflejando solo la oscuridad de mi propia alma.
Pasaron las horas, y la tarde dio paso a la noche, pero yo no pude moverme ni comer ni hacer nada.
Cada minuto que pasaba aumentaba mi certeza de que había cometido un error irreparable.
¿Y si todo era mentira?
¿Y si me habían manipulado con tanta facilidad por mi propia inseguridad?
¿Cómo pude dudar de alguien que me había dado todo, que nunca me había ocultado nada, que había compartido conmigo su vida entera desde niños?
Cuando llegó la noche, el silencio se hizo aún más pesado.
Me acerqué al baño, donde tantas veces habíamos estado juntos en el jacuzzi, hablando de nuestros sueños y prometiéndonos lealtad.
Ahora, en ese mismo lugar, solo podía ver la imagen de ella encogida, con dolor, y oír sus súplicas pidiéndome que me detuviera.
Me lavé la cara con agua fría, pero no pude quitarme la sensación de haber ensuciado todo lo que habíamos construido.
Al día siguiente, fui a buscarla a casa de sus padres con el corazón en la mano, dispuesto a pedir perdón, a explicarme, a suplicar que me escuchara.
Pero cuando llegué, su padre me recibió en la puerta con una expresión de furia y dolor que nunca había visto en él.
No me dejó pasar, solo me dijo con voz grave y cortante:
—No te acerques más a ella.
Lo que le hiciste no tiene nombre.
Llegó aquí llorando, con el cuerpo dolorido y el alma destrozada.
Si de verdad alguna vez la quisiste, déjala en paz.
Ya no existe nada entre ustedes.
Intenté hablar, intentar decir que me habían engañado, que me cegué, pero no me dejó terminar.
Me cerró la puerta en la cara, y me quedé allí en la calle, solo, rechazado, sabiendo que tenía todo el derecho del mundo a actuar así.