Tras una vida de maltrato, Akira consigue una beca para la universidad más prestigiosa del continente. Allí descubre que los seis príncipes de las bestias están ligados a su destino y que ella es la última Vinculadora. Un antiguo poder ha despertado... y todos la están buscando.
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capitulo 3
Los primeros rayos del sol apenas iluminaban la pequeña habitación de Akira cuando el sonido de la puerta al abrirse de golpe la hizo sobresaltarse.
—¡Arriba! —gritó su madrastra—. ¿Pensás que por tener una beca ya sos una princesa?
Akira se incorporó rápidamente.
—No...
—Entonces dejá de perder el tiempo. Hay que limpiar toda la casa.
Durante horas fregó pisos, lavó ropa, cocinó y ordenó cada rincón. Sus manos estaban enrojecidas por el jabón y el agua fría, pero nadie parecía notarlo.
Mientras barría el patio, escuchó la voz de dos vecinas que pasaban frente a la casa.
—Dicen que la chica consiguió una beca para la Universidad Imperial.
—¿En serio? Qué desperdicio... alguien como ella no va a durar ni una semana.
Akira fingió no haberlas escuchado.
Había aprendido que responder solo empeoraba las cosas.
Esa misma mañana, en la Universidad Imperial de Asteria, el ambiente era completamente distinto.
En el enorme salón del Consejo Estudiantil, los seis príncipes se encontraban reunidos nuevamente.
Ninguno había podido dormir.
Kael golpeó la mesa con el puño.
—Tenemos que salir a buscarla.
—¿Buscar a una chica que ni siquiera sabemos dónde está? —preguntó el príncipe zorro con una sonrisa burlona.
—Mi instinto no deja de decirme que está en peligro.
El príncipe león asintió.
—El mío también.
Lysander, el príncipe serpiente, permanecía en silencio mientras observaba un antiguo mapa del continente.
—La energía apareció al sur... eso es todo lo que pude identificar.
Todos volvieron a mirar al Varkhan.
Él seguía con la vista perdida.
Por primera vez en su vida no podía controlar a su bestia.
Sentía un impulso constante.
Uno que jamás había experimentado.
Encontrarla.
Protegerla.
Alejar a cualquiera que intentara acercarse demasiado.
Frunció el ceño.
Aquellos pensamientos no eran propios de él.
Sin embargo, cada minuto se hacían más intensos.
—Salimos esta noche —ordenó finalmente.
Nadie discutió.
Al caer la tarde, Akira decidió caminar unos minutos hasta el bosque cercano.
Era el único lugar donde encontraba un poco de paz.
Se sentó junto a un viejo árbol y abrió uno de sus libros.
—Solo faltan unos días...
Sonrió con tristeza.
Pronto dejaría atrás aquella vida.
O al menos eso esperaba.
Una suave brisa movió las hojas.
Entonces escuchó un crujido.
Levantó la vista.
No había nadie.
—¿Hola...?
Silencio.
Volvió a bajar la mirada hacia el libro.
Otro crujido.
Esta vez mucho más cerca.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Hay alguien?
De entre los árboles aparecieron tres enormes lobos negros.
Sus ojos brillaban con un intenso color rojo.
Akira retrocedió lentamente.
Nunca había visto animales tan grandes.
Uno de ellos mostró los colmillos.
Otro comenzó a rodearla.
El tercero se preparó para atacar.
—No... por favor...
Su corazón latía con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Instintivamente dio un paso hacia atrás.
Su pie resbaló.
Cayó al suelo.
El lobo más grande saltó directo hacia ella.
Akira cerró los ojos esperando el impacto.
Pero nunca llegó.
Un rugido estremeció todo el bosque.
Cuando abrió los ojos, una gigantesca criatura de pelaje negro y ojos plateados estaba frente a ella.
Su sola presencia hacía temblar la tierra.
Los tres lobos retrocedieron aterrados.
La criatura lanzó otro rugido.
Los lobos huyeron sin mirar atrás.
Akira permanecía inmóvil.
No podía entender qué estaba viendo.
La enorme bestia giró lentamente la cabeza hacia ella.
Sus ojos plateados se encontraron con los de Akira.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Ella no sintió miedo.
Sintió... una extraña calma.
Como si, de alguna manera, aquella criatura jamás fuera a hacerle daño.
Entonces, en un destello de luz negra, la enorme bestia desapareció.
En su lugar quedó un joven alto, de cabello negro como la noche y ojos plateados que no dejaban de observarla.
Su expresión era fría.
Seria.
Pero dentro de él ocurría una batalla que nunca había imaginado.
Su instinto le gritaba una sola cosa.
"Es ella."
Y cuando otro muchacho salió de entre los árboles y sonrió al ver a Akira, los ojos plateados del Varkhan se oscurecieron.
Un impulso salvaje recorrió todo su cuerpo.
No soportó verlo cerca de ella.
Sin siquiera pensarlo, dio un paso al frente y, con una voz firme y dominante, declaró:
—Aléjate de ella.
Porque, aunque apenas acababa de conocerla...
Su bestia ya la había reconocido.
Y no estaba dispuesta a compartirla con nadie.