Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
NovelToon tiene autorización de marig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: El juego del titiritero
Durante los días siguientes, Milena se convirtió en la sombra literal de Bruno. No dejaba espacio sin ocupar, instalándose en su rutina con una naturalidad que, si él hubiera tenido la mente más clara, le habría resultado sospechosa. Pero Bruno estaba ciego por la amargura. Ella aparecía en su casa a media tarde, cuando el sol empezaba a bajar y el frío de la barda se colaba por las ventanas, con la excusa perfecta de "hacerle el aguante" para que no se sintiera solo. Le cocinaba lo que a él le gustaba, como si fuera la hermana perfecta, ordenaba la mesa, le servía el mate y se sentaba frente a él, con una disposición infinita para escuchar sus quejas. Bruno, atrapado en un bucle de frustración y despecho, descargaba toda su bronca sobre el mundo, y ella lo oía con una paciencia de santa, asintiendo, validando cada una de sus inseguridades. Sin embargo, detrás de cada caricia simulada en el hombro o cada gesto de apoyo, Milena soltaba, con la precisión de un cirujano, gotitas de un veneno silencioso y letal.
—Qué lástima que Camila no pueda ver lo buen pibe que sos, Bruno... De verdad no te merece, se está perdiendo lo más valioso que tiene —le decía, mirándolo fijamente a los ojos con una expresión de fingida pena que lograba desarmar cualquier defensa—. Yo jamás te haría un planteo así, jamás te dejaría de lado por alguien del centro o por caprichos estúpidos. Sos demasiado para ella.
Bruno, que estaba devastado, con el orgullo roto en mil pedazos y la mente nublada por el dolor punzante del distanciamiento, empezó a ver en esos ojos oscuros y en esa atención constante su único refugio seguro. No se daba cuenta de que el refugio era, en realidad, una jaula dorada.
A la par de este asedio doméstico, la hipocresía de Milena no tenía límites ni conocía de descansos. Sabía perfectamente que para mantener el control de la situación debía jugar en dos frentes, manteniendo a los dos protagonistas de esta tragedia emocional lo suficientemente lejos el uno del otro como para que la distancia se volviera irreversible. Cada tanto, se sentaba en el borde de su cama, encendía la pantalla de su celular y redactaba mensajes para Camila con una precisión fría, calculada, como quien mueve una ficha en un tablero de ajedrez:
«Cami, hoy lo vi a Bruno en el almacén. Estaba re mal, se lo ve muy soberbio. Traté de hablarle de vos, de decirle que lo arreglen, pero se puso re violento y me dijo que no quiere saber nada, que ya sos pasado. Qué triste todo, amiga. Dame tiempo, voy a seguir intentando, pero no lo busques porque te va a hacer daño».
Al enviar ese mensaje, una sonrisa gélida se dibujaba en su rostro. De esa manera, con la mentira disfrazada de piedad, mantenía a Camila hundida en la culpa, ahogada en el llanto encerrada en su pieza, creyendo que Bruno la odiaba, mientras Bruno creía que Camila lo despreciaba.
Pero el plan maestro de Milena encontró un obstáculo inesperado y molesto: Sabrina, la prima de Camila. Sabrina, que siempre había visto a Bruno con deseo desde las sombras, percibió que el tablero había cambiado. Ahora que él estaba "soltero", vulnerable y accesible, consideró que era su oportunidad de oro para marcar territorio. Empezó a merodear la cuadra de la casa de Bruno a la hora exacta en que él salía para hacer algún mandado, a mandarle mensajes picantes por Instagram bajo la excusa de "chequear cómo estaba" y a buscar cualquier pretexto absurdo para aparecerse en su cuarto a "llevarle unos apuntes" que él nunca le había pedido.
Milena, que tenía ojos en todas partes y un radar desarrollado para detectar amenazas, no tardó en darse cuenta. La presencia de Sabrina no solo era una molestia; era una interferencia en su obra de arte. Al ver que otra mujer amenazaba con sacarle su trofeo —ese Bruno que tanto trabajo le había costado aislar y desestabilizar—, activó su modo más oscuro y psicópata. No iba a permitir que una aparecida, una chica sin estrategia, le arruinara semanas de meticuloso trabajo de zapa.
La oportunidad de cortarlo de raíz se le presentó al día siguiente. Divisó a Sabrina caminando por la avenida principal, con la actitud despreocupada de quien cree que tiene el camino libre. Milena apuró el paso, sintiendo cómo la adrenalina del poder le recorría las venas. La alcanzó en una esquina, donde el viento arrastraba las hojas secas de los árboles de Neuquén.
—Escuchame una cosa, descerebrada —le dijo Milena, frenándola en seco, plantándose justo frente a ella con una sonrisa helada, carente de cualquier humanidad, que no presagiaba nada bueno.
Sabrina se sorprendió ante la aparición repentina, pero antes de que pudiera gesticular una respuesta defensiva, Milena continuó con una voz baja, cortante y letal:
—Sé perfectamente lo que estás intentando hacer con Bruno. Pero él está destruido por lo de Camila, y si te le acercás ahora, lo único que vas a lograr es que te odie para siempre. Sos patética. No seas tan arrastrada, se nota a kilómetros que estás desesperada. Además... —hizo una pausa dramática, acercándose al oído de Sabrina para que sus palabras sonaran como una sentencia—, mirá que yo sé un par de cositas tuyas de las que tu tía no tiene ni la más mínima idea. Cosas de los fines de semana, de esos lugares a los que vas cuando decís que te quedás a estudiar.
Sabrina, completamente pálida y con el corazón en la garganta, sintió el peso real y aterrador de las amenazas. No era solo el tono; era la convicción en la voz de Milena, la certeza de que no estaba faroleando. Milena conocía sus secretos, y en un barrio como ese, la reputación era una moneda de cambio que no podía permitirse perder. Con el pulso temblando y los ojos húmedos de rabia contenida y miedo, Sabrina no lo dudó dos veces. Sabía que pelear con Milena era una batalla perdida de antemano.
Esa misma tarde, sin decir ni una palabra, volvió a su casa, agarró sus cosas, llenó el bolso y se fue del barrio en el primer colectivo que salía hacia la zona de sus parientes. Dejó el camino libre, despejado para la villana.
Milena volvió a su casa caminando con una parsimonia casi religiosa. Se sentía invencible. La soberbia le inundaba el pecho, convencida de que su control sobre el entorno era absoluto. Sin embargo, no se daba cuenta de que, al forzar tanto las piezas, estaba creando una presión que, tarde o temprano, haría estallar todo el tablero. Para ella, el camino estaba libre; para los demás, la tormenta recién empezaba a gestarse.