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Él Quiso Volver, Pero Ya Me Elegí A Mí Misma.

Él Quiso Volver, Pero Ya Me Elegí A Mí Misma.

Status: Terminada
Genre:Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:251.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lucy-J

Helena Salles amó a Vicente Bittencourt en silencio durante diez años.

Por él, aprendió a tragarlo todo: las constantes críticas de su suegra Celina Bittencourt, las provocaciones de su cuñada Bianca Bittencourt, la audacia de mujeres que se decían «más adecuadas», y el veneno disfrazado de amabilidad en los círculos de la alta sociedad de Río de Janeiro.

En los eventos de la élite, sonreía incluso cuando la ignoraban. En las cenas de gala, fingía no escuchar los comentarios. En la prensa social, solo era una nota al pie —la esposa «tolerada» del heredero de los Bittencourt.

Helena soportó todo creyendo que, algún día, lograría tocar su corazón.

Pero lo que recibió a cambio fue el desprecio cada vez más abierto de Vicente. Como si su presencia no fuera más que un detalle incómodo dentro de su propia casa.

Hasta que algo dentro de ella se rompió. Ya no quedaba amor —solo agotamiento. Y ya no quería estar atada a un hombre que nunca la eligió de verdad.

El día de la boda, ante el altar y bajo la mirada de toda la élite carioca, Helena respiró hondo por primera vez en años sin miedo.

Y dijo con firmeza:
— No acepto.

NovelToon tiene autorización de Lucy-J para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 011

Doña Celina entró al cuarto de Helena a la mañana siguiente con la postura de quien entra en una cripta.

No por respeto.

Por desprecio.

—Saca todo —le dijo a la primera empleada, parada en la puerta con guantes y una caja de cartón en la mano—. Todo. Ropa, zapatos, perfume, libros. No quiero que quede nada con olor de esa muchacha en esta casa.

La empleada dudó.

—Señora, algunos objetos son del señor Vicente. Están aquí porque...

—El señor Vicente se las arreglará.

Bianca apareció detrás de su madre. Todavía en bata de seda, ya con la cara maquillada.

—La joya que ella usó en el té de la semana pasada está en ese cajón. —Fue directo a la cómoda, abrió, revolvió—. La quiero de vuelta. Era de mi lado de la familia.

—Tómala.

Bianca la tomó. Tomó otras también. Una pulsera, un par de aretes, un dije en forma de lirio. Todo cosas que habían sido prestadas de palabra, después olvidadas en el cuarto de la nuera, y ahora reclamadas como herencia.

La empleada bajó la mirada.

La otra, más vieja, que había trabajado en la casa desde hacía más de veinte años, casi abrió la boca. Casi.

Se la tragó.

Empezó a sacar la ropa de los ganchos.

Vestidos. Vestidos de gala. Vestidos de tarde. Vestidos formales. Faldas largas. Camisas blancas de cuello alto. Saquitos de lana. Zapatos bajos. Zapatos altos y pesados, siempre clásicos, como doña Celina había exigido.

Era un clóset que parecía de otra mujer.

De una mujer que se había vestido toda la vida para no incomodar.

Bianca pasó la mano por una mascada de seda francesa.

—Esta me la quedo. No fue ella quien la compró.

—Ni la usas.

—La voy a usar ahora.

Doña Celina no discutió. Fue hasta el escritorio. Abrió el cajón de arriba. Cuaderno de recetas médicas, agenda con la letra prolija de Helena, separador de libros, lápiz labial gastado. Nada que sirviera.

Empujó todo a la caja.

—Tíralo.

La empleada dudó de nuevo.

—Señora, esas citas son de la semana que viene...

—Dije que lo tires.

La caja se lo tragó.

Vicente apareció en la puerta.

Traía la misma camisa del día anterior. El pelo sin peinar. Los ojos rojos sin haber llorado, pero sin haber dormido. Se recargó en el marco, miró la escena y no dijo nada.

Doña Celina lo vio.

—Hijo, baja. Yo me encargo aquí.

—Sigan.

—Vicente.

—Sigan.

La frase salió lo bastante firme para que la madre no insistiera.

Ella volvió a revolver.

La empleada siguió sacando vestidos de los ganchos.

Bianca abrió otro cajón. Pañuelo. Frasco de perfume a medio llenar. Cajita con mechones de cabello guardados para hacer chongo.

Revolvió más al fondo.

Sacó un libro.

Tapa dura, marrón, pesado. "Dom Casmurro." La edición de Civilização Brasileira. Marcado. Muy marcado.

—Mira nada más. —Bianca se volvió hacia su madre, con sorna—. La mujer se creía intelectual.

Lo hojeó rápido.

Soltó una risa baja.

—Mira cuánto subrayado. Como si eso fuera a impresionar a alguien.

Fue entonces cuando pasó.

Inclinó el libro de más.

Y, de entre las páginas marcadas, se resbaló un cuaderno delgado.

Pequeño.

De pasta rosa, gastada en las puntas, con un listón blanco cosido en la esquina.

Cayó al piso con el sonido breve del papel.

Bianca se rio.

—¿Diario? —Levantó las cejas—. ¿Tenía diario?

Se agachó para recogerlo.

Vicente fue más rápido.

Tres pasos.

Lo agarró primero.

Bianca miró la mano de su hermano, sin entender.

—Dámelo.

—No.

—Dámelo, Vicente. Quiero leerlo.

—No.

La voz bajó un centímetro.

—Tíralo —intervino doña Celina, sin siquiera voltear—. Cosas de niña tonta. No vamos a leer tonterías de una novia que se escapó.

—Me lo quedo.

—Vicente.

—Me lo quedo, mamá.

Apretó el cuaderno cerrado entre los dedos. Las empleadas siguieron sacando vestidos como si nada hubiera pasado. Bianca abrió la boca, la cerró de nuevo, dio la espalda.

—Eres ridículo.

—Tal vez.

—Ella te tiró al suelo frente a ochocientas personas y tú estás guardando su cuadernito.

—Tal vez.

—Mamá, di algo.

Doña Celina tardó. Miró a su hijo.

Él no le devolvió la mirada.

—Vicente —dijo ella, casi con cuidado—. Deja de alargar esto. La muchacha ya se fue.

Él por fin miró a su madre.

—Ya sé que se fue.

—Entonces.

—Entonces déjame alargarlo una mañana más.

La madre apretó los labios.

—¿Sigues enamorado de ella?

—No.

La respuesta salió rápida.

Limpia.

Sincera.

Vicente no estaba enamorado de Helena.

En ese momento, ni siquiera estaba seguro de haber sentido eso por ella en algún minuto de su vida.

Era otra cosa.

Era lo que él describió con la misma frialdad técnica que usaría en una junta de balance:

—No sé quién era ella. Fue la única mujer que vivió en esta casa durante un año y de la que no sé quién era. —Miró el cuaderno—. Déjame, al menos, descubrir a quién dejé salir de aquí.

Doña Celina enderezó el cuerpo.

—¿Estás borracho?

—Estoy sobrio.

—Peor.

Pasó junto a él y salió del cuarto sin responder más.

Bianca resopló.

—Cuando abras esa porquería y descubras que se la pasaba pegada a pósters de telenovela de las nueve, ¿vas a tener que admitir que perdiste el matrimonio por una escuincla mal querida?

Vicente no respondió.

Bianca también salió.

Solo quedaron él, las dos empleadas y el cuarto desmantelado.

La empleada más vieja levantó la mirada un segundo.

Fue una mirada breve.

Él la entendió de todos modos.

—Estela.

—Sí, señor.

—¿Ella se sintió mal alguna vez aquí?

La mujer se quedó inmóvil.

—¿Señor?

—Helena. ¿Se sintió mal alguna vez en esta casa? ¿Vómito? ¿Mareos? ¿Alguna cita con médico que no le avisaste a nadie?

Estela tragó saliva.

—No puedo responder, señor.

—¿Puedes?

—Señor...

—¿Puedes, Estela?

La mujer bajó la mirada.

Tomó el último vestido del gancho, despacio.

—La semana pasada —dijo en voz baja—, vomitó tres mañanas seguidas. En el baño de la recámara. Me pidió que no dijera nada. Dijo que lo iba a resolver con su propia doctora.

Vicente cerró los ojos un segundo.

Después los abrió.

—Gracias.

—Señor...

—Olvida que pregunté.

—Sí, señor.

Salió del cuarto antes de que Estela pudiera decir algo más.

Cruzó el pasillo.

Entró al estudio.

Cerró la puerta.

Recargó la espalda en ella.

Miró el cuaderno rosa en su mano.

Solo un pequeño pedazo de una mujer que había vivido un año bajo el mismo techo que él y a la que nunca tuvo la paciencia de mirar de verdad.

Caminó hasta el sillón inglés.

Se sentó.

Apoyó los codos en las rodillas.

Se quedó con el cuaderno cerrado entre las dos manos durante un largo rato, sin abrirlo.

Como si ya supiera, antes incluso de leer la primera página, que a partir del momento en que lo abriera, algo en él iba a dejar de existir de la manera en que había existido hasta entonces.

Lo abrió.

La primera frase estaba escrita con la letra redonda de una niña.

Y decía:

"Hoy lo vi de nuevo."

1
Ruth Stella Osorio
perfecto 💯
Maria de los Angeles Rivero
que porqueria de padre como no la va a llamar antes de juzgar para tener padre así es mejor tener un enemigo 🤭🪳/Right Bah!/
Hilda Ponce
la venganza es un plato que se come frio
Marioli Olivares G.
burda la actualización
Marioli Olivares G.
eso mismo me preguntaba...porque soporta ?.??
Vilma Celmira Ramos Quispe
amiga soy una persona que no me gusta criticar pero si el leyó el diario por qué la duda de aie a su hijo si en el diario lo decía!!!!! que lata
Miriam Ramirez
Que paso no pense que el final fuera tan sorprendente com es posible despues del maltrsto humllacionestanto de la familia vomo del novio perdone yquede con el mucha estupida remalalo el final perdi mi tempo😭😭😭😭😭😭😭😭😭
Rebecca H
ya mija
eres cansada
la. verdad está novela ya cayó gorda
vives la vida latigandote con lo mismo...
para que al final termines en brazos del ”hombre feo" embarazada de otro hijo de él... y lo peor
una navidad brindado con tu suegra tu cuñada y hasta con los perros y tu hijo durmiendo en un porche en suaves mantas.
tanto pinche drama innecesario toda la pinche novela para terminar así
adiós... a buscar algo mejor.
Rebecca H
y los perros mija
no olvides a mis perros
a aún me causan inestabilidad emocional...
perdón le temo a los perros
Rebecca H
lo sea
quiero que hagas lo que yo digo como títere y eres
quiero, quiero, quiero.
cómo si el hombre no hubiese madurado ya con todo este embrollo..
se me figura una estupidez 😭
Rebecca H
nunca lo va a superar???
s pesar de todo lo que ha crecido como mujer y empresaria... aún necesita con urgencia u psicólogo
Rebecca H
pues más claro ni el agua
solo un padre es capaz de dar la vida por su hijo sin pensarlo siquiera.
Rebecca H
yo sé que los niños suelen sufrir accidentes
pero dos dónde se atenta contra su seguridad y su vida hablan de esta mamá que está cuidando a su hijo de sufrir escenas sociales que le parecen indignantes antes de cuidar su bienestar físico
Rebecca H
pues debió leer antes.
es exactamente lo que hizo 🤭
Rebecca H
y será el original???
yo le haría pruebas de autenticación
Alba Dany Marroquin
no encuentro la parte donde la ex suegra y la.loca cuñada van a la escuela
Rebecca H
esto es desgaste innecesario
y lo malo es que está metiendo al niño en este lío
Rebecca H
no solo escolar.
hasta legal. y para cualquier niño estudiante con la misma característica
Rebecca H
pobre creatura
no tiene porque pasar por esto
Rebecca H
porque duda??
si el lo leyó claramente en su diario
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