“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 13
—Isabella
Esa mañana el sol entraba con fuerza por los grandes ventanales de la casa, iluminando cada rincón que siempre había conocido como mi refugio.
Pero esa vez no sentí calor, solo un frío helado que se me instaló en el pecho en cuanto supe que no podíamos irnos como siempre.
Matías me avisó que no se sentía nada bien, que le dolía mucho la cabeza y que prefería quedarse descansando en su habitación.
Me preocupé por él, pero asentí despacio y me dirigí a la entrada para buscar las llaves de mi auto.
Revisé mi bolso, la mesa de recibo, los cajones donde siempre las guardo… y no aparecían por ningún lado.
—¿Buscas las llaves de tu auto, hija? —me preguntó mi mamá acercándose con calma—.
Las tiene Adrián.
Tú misma dijiste hace un rato que él se haría cargo de manejar.
Él me comentó que se encargaría de vestir a Adriella, que es su papá y le gusta hacerlo.
Y además me dijo:
“Hija, Adriella irá conmigo, estará conmigo mientras ustedes estén en clases”.
Sentí que el aire se me iba de golpe, como si alguien me hubiera quitado todo lo que tenía dentro.
—Sí mamá… que él maneje… y qué bueno que tú cuides a la princesa mientras estudiamos —respondí con una voz que apenas reconocí, forzada y temblorosa, intentando ocultar el terror que me recorría entera.
Me quedé quieta unos segundos, apretando los puños con todas mis fuerzas para no decir nada que no debía.
No podía explicarle a mi mamá que cada decisión que él tomaba me ataba más a él, que cada cosa que hacía era una forma de demostrarme que ya no tenía ninguna libertad.
Solo esperé, con el corazón golpeándome las costillas como un martillo, hasta verlo aparecer por las escaleras.
—Adrián
Bajé despacio, con las llaves en la mano y esa sonrisa tranquila que ocultaba todo lo que era capaz de hacer.
Sabía perfectamente que ella iría a buscarlas, que quería tomar el control de todo como siempre.
Pero las cosas habían cambiado.
Ahora yo decidía.
Al llegar a su lado, le pasé el brazo por el hombro con una firmeza que solo ella podía entender, y le susurré muy bajito, pegado a su oído para que nadie más escuchara:
—Vámonos.
Y escúchame muy bien, porque no te lo repetiré:
No te quiero cerca de nadie.
Si te acercas a alguien, si hablas más de lo necesario, si alguien te mira o te habla demasiado… te toca castigo.
¿Te parece claro?
—Isabella
Me senté en el asiento del copiloto sin decir una palabra, con las manos entrelazadas sobre el regazo para que no se notara que me temblaban.
El auto empezó a avanzar, y en cuanto dejamos atrás la entrada de la casa, su mano se posó sobre mi pierna y empezó a subir despacio, rozando mi piel con una lentitud cruel y posesiva.
No era una caricia:
era una marca.
Era una forma de decirme que todo lo que era mío ahora le pertenecía a él.
—No te muevas —ordenó sin apartar la vista del camino—.
Eres mía.
Nadie te mira, nadie te habla, nadie se te acerca sin mi permiso.
Y si olvidas una sola de estas reglas, ya sabes qué pasa.
Yo miraba las calles pasar por la ventana sin ver nada, tragándome las lágrimas que se me acumulaban en los ojos, entendiendo que ahora me controlaba hasta en lo más pequeño:
mis pasos, mis palabras, mis miradas.
Y sabía que cumpliría cada amenaza al pie de la letra.
—Adrián
La sentí rígida a mi lado, temblando sin atreverse a protestar.
Esa obediencia era exactamente lo que buscaba.
—En la universidad caminas pegada a mí.
No te alejas ni un centímetro.
Y si alguien se acerca a hablarte, te quedas callada y esperas a que yo responda.
¿Entendido? —le apreté la pierna con fuerza al terminar, para que no tuviera ninguna duda.
—Isabella
Asentí apenas con un hilo de voz que casi no se escuchaba.
—Entendido.
Y supe, con una certeza que me dolió en el alma, que desde ese momento no había vuelta atrás:
cada paso que diera, cada cosa que dijera, cada persona que viera, estaría sujeto a su voluntad, a sus reglas y al miedo que él había sembrado en mí para siempre.