Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Capítulo 4
El día de la firma también era mi cumpleaños.
Llegué temprano al Grupo Fuentes, revisé el contrato y fui a la agencia de Camila.
La recepcionista me recibió con una sonrisa.
—Julia salió a una reunión.
Algo no cuadraba.
Habíamos confirmado hora y lugar. Si cambiaba algo, Julia debía avisarme.
La llamé.
No contestó.
Le mandé audio.
Nada.
Pregunté por Camila. La recepcionista habló por interno y me mandó al camerino uno, en el quinto piso.
El pasillo estaba vacío.
Toqué.
—Pasa.
Camila estaba frente al espejo. Una maquillista le trabajaba los ojos.
—Camila, hoy firmamos. No encuentro a Julia. ¿Puedes llamarla?
Ella no respondió.
Miró a la maquillista.
—Ve con mi asistente por los accesorios.
Cuando la puerta se cerró, se levantó.
Su sonrisa cambió.
—Qué pena, Valeria. Ese contrato no se va a firmar.
—¿Por qué?
Se acercó a mi oído.
—Porque nunca pensé firmarlo.
Luego sonrió como si acabara de ganar.
La miré. Tenía una cara dulce, pero los ojos llenos de veneno.
—Si esto es por Alejandro, no tiene sentido. Él y yo terminamos hace años. Esta colaboración te conviene.
—No te hagas. Volviste y lo primero que hiciste fue meterte a mi campaña. También te pegaste a Santiago. ¿Crees que no sé quién eres? Desde el principio supe que eras su ex. Si no fingía, jamás habrías bajado la guardia.
Entonces todo encajó.
Las sonrisas frente a Alejandro.
Las preguntas sobre su ex.
La falsa inocencia.
—No quiero quitarte nada. Mejor cuida tú a tu hombre.
Me di la vuelta.
Camila me jaló del brazo.
—¿Eso fue una burla? ¿Crees que su corazón sigue contigo?
—Suéltame.
—Eres una mantenida. Estudiaste en Estados Unidos con dinero de los Alcázar. Ahora quieres colarte por Santiago. No eres más que una mujer que vive de enganchar hombres ricos.
Mencionó a mi padre.
Mencionó a mi madre muerta.
La cachetada sonó antes de que pudiera pensarlo.
Su cara se marcó al instante.
Camila levantó la mano para devolverla, pero en el pasillo sonaron voces.
—El señor Alcázar viene con usted, señorita Camila.
Camila bajó la mano.
Sonrió apenas.
—¿Quieres ver a quién le cree?
En un segundo se agachó al piso, se cubrió la mejilla y empezó a llorar.
La puerta se abrió.
Alejandro entró.
Vio a Camila llorando y vino directo a mí.
—¿Por qué la golpeaste?
Me sujetó del cuello de la blusa.
—Ale, no la culpes —sollozó Camila—. No cerramos el contrato y se molestó. Fue un impulso.
—Camila Rivas, sabes perfecto por qué te pegué.
Ella se escondió contra Alejandro.
—No sé qué hice para que me odies así.
Alejandro apretó más.
—Te dije que te alejaras de mí y de los míos. ¿Tan difícil es entenderlo?
—Suéltame.
Forcejeé.
Él me empujó.
Mi espalda golpeó la pared. Mi cabeza dio contra la esquina del tocador.
El mundo se movió.
Me toqué.
Sangre.
Alejandro se quedó inmóvil.
Camila corrió hacia mí.
—Valeria, Alejandro no quiso. ¿Te llevamos al hospital?
Su voz dulce me revolvió el estómago.
—No me toques.
La aparté apenas.
Camila gritó y cayó al piso como si la hubiera lanzado.
—¡Ale! Me duele la cabeza.
Alejandro la levantó con cuidado. Luego me miró como si yo fuera basura.
—No todos son tan venenosos como tú.
—No la empujé. Se tiró sola.
—Mis ojos no están pintados.
Camila lloró más fuerte.
—Seguro no quiso, Ale. Soy muy débil. Me caí por eso.
Él la cargó.
—Te llevo al hospital.
Se fue sin volver a verme.
La maquillista me alcanzó pañuelos.
—Señorita, está sangrando. ¿Quiere que la ayude?
Me limpié como pude, tomé mis documentos y salí.
Antes de irme, ella me llamó.
—¿Sí?
Abrió la boca, dudó y al final negó.
—Nada. Cuídese.
No tenía cabeza para pensar en eso.
En la calle no había coches disponibles.
El celular sonó.
Santiago.
—¿Sigues enojada? Te escribí y me ignoraste. Lo de la otra noche era broma.
Al escuchar su voz, se me quebró algo.
—¿Puedes venir por mí?
Las lágrimas salieron sin permiso.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero