Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 10
Sofía arrastró a Valeria fuera del concesionario, sujetándola firmemente del brazo hasta llegar a la vereda, lejos de las miradas curiosas. El sol de la tarde pegaba fuerte en Villa Crespo, y el ruido de los motores y las voces de los vendedores creaba un fondo constante.
Valeria se soltó con un tirón y explotó: “¡Voy a volver ahí ahora mismo! Le voy a preguntar a ese tipo por qué desapareció hace cinco años sin decir una palabra. ¿Sabe él que le diste un hijo? ¿Tiene idea del infierno que pasaste buscándolo? ¡Y encima me pareció guapo! ¡Qué imbécil, todo fachada y nada adentro!”.
Sofía la agarró de los hombros para calmarla. “Para, Valeria. No. Ya pasó. Lo nuestro terminó hace mucho y no quiero volver a tener nada que ver con él. Mucho menos quiero que sepa de Tiago”.
Valeria la miró fijamente. “¿Por qué? Es su hijo”.
“Porque me va a mirar como si yo estuviera detrás de su dinero. Me va a humillar, me va a decir que soy una aprovechada. Y tiene razón: yo no pertenezco a ese mundo. La familia Matías es de las que salen en las revistas de sociedad de Buenos Aires. Yo soy una madre soltera que apenas llega a fin de mes. No voy a exponerme a eso, ni a exponer a Tiago”.
Valeria vio el dolor en los ojos de su amiga, la resignación profunda que llevaba años cargando. Suspiró largo, el enojo disipándose. “Está bien. Es tu decisión. Si tú dices que es mejor así, lo respeto”.
Las dos volvieron al interior del local. Sofía se acercó al Fiat negro que había visto antes: un SUV compacto, tres años de antigüedad, precio marcado en treinta mil pesos. Se volvió hacia Valeria: “Este me sirve. Tengo que mantener a Tiago, no puedo gastar de más. Solo necesito algo seguro para ir y volver del trabajo y del jardín”.
Valeria señaló otro vehículo más nuevo, gris metalizado, con un cartel de sesenta mil. “Este está mejor cuidado, mira el interior. Te duraría más”.
Sofía negó con la cabeza. “No. Treinta mil es mi límite. Con eso me alcanza”.
Estaba por llamar al vendedor cuando el hombre regresó con una sonrisa ancha. “Señorita, acaba de llegar una orden del jefe. El SUV negro que estaba mirando bajó a diez mil pesos. Y tenemos otra unidad, ocho años de uso pero en excelente estado, por solo veinte mil”.
Valeria abrió los ojos como platos. “¿Qué? ¡Esto es una locura! ¡Es un regalo del cielo!”. Se volvió hacia Sofía, empujándola suavemente. “Andá, pagá ya antes de que se arrepientan”.
Sofía dudó un segundo, pero la oferta era imposible de rechazar. Siguió al vendedor hasta el mostrador, entregó su tarjeta, firmó los papeles, dejó una copia del DNI y completó el trámite de transferencia. Una hora después, las llaves estaban en su mano. Subió al volante del SUV negro, acomodó a Tiago en el asiento trasero con el cinturón bien puesto y arrancó rumbo a casa.
Conducía con soltura; años de llevar a Lucas de un lado a otro le habían dado práctica. Por el retrovisor veía a Tiago mirando por la ventana, distraído. “¿Qué te parece, mi amor? Este fin de semana podemos ir a Tigre o a San Isidro, ver el río, comer algo rico. ¿Te gusta la idea?”.
Tiago tardó en responder. Sofía lo llamó dos veces. “¿Tiago?”.
“Sí, mamá. Está bien”, murmuró él, sin mucho entusiasmo. Volvió a mirar por la ventana.
En el concesionario, Matías sacó una tarjeta negra del bolsillo y la extendió al cajero. “Lo que falte, descuéntalo de aquí”.
Nicolás, apoyado en el mostrador, soltó una risa incrédula. “Nunca te vi tan generoso. Quince mil de descuento en un auto, más el resto que estás cubriendo vos… ¿Quién es la chica, Matías? ¿Desde cuándo te da por ser benefactor anónimo?”.
Matías lo miró con frialdad. “No es de tu incumbencia”.
Nicolás levantó las manos en rendición. “Está bien, está bien. No pregunto más”.
Matías se dio media vuelta y salió del local sin decir otra palabra. El sol empezaba a bajar sobre las calles llenas de autos usados, y el ruido del tráfico llenaba el aire.