Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Al volver a la habitación, Giulia tomó el celular para pedir comida en algún restaurante cercano.
Soledad recibió una llamada.
Tenía un asunto familiar que atender.
—Andá tranquila —dijo Giulia—. Gracias por venir hoy. Cuando me den el alta, te invito a comer.
—Entre nosotras no se agradece.
Soledad se colgó la cartera al hombro.
—Cuando Tania y Dul...
Miró a Benja y corrigió a tiempo:
—Mañana vengo a verte.
No había pasado ni un minuto desde que Soledad se fue cuando la puerta volvió a abrirse.
Julián apareció en la entrada, alto, impecable.
En la mano llevaba la cartera que Giulia había perdido esa mañana.
Giulia parpadeó apenas.
La sospecha que tenía quedó clara al instante.
Julián entró. Al ver a Giulia y a Benja charlando tan bien, la boca se le tensó.
—Benja, pedí comida. Andá afuera y traé al repartidor.
Cuando Benja estaba de buen humor, era bastante obediente.
Giulia entendió que Julián quería sacarlo de la habitación. No quería quedarse a solas con él, pero Benja ya había abierto la puerta y salido corriendo.
Julián dejó la cartera sobre la mesita.
Levantó una ceja, acercó una silla a la cama y se sentó.
—¿Qué? ¿No querés verme?
Su cuerpo alto le bloqueaba toda la vista hacia la puerta.
Giulia le sonrió con falsedad.
—Te imaginás cosas.
Después cambió de tema.
—¿Por qué tenías mi cartera?
—Atraparon a los dos que te robaron esta mañana.
—¿Robaron?
Giulia repitió la palabra, pensativa.
De golpe giró el tema.
—Después de la actividad de hoy, a Micaela le aplastó el pie una placa de acero.
El rostro de Julián no mostró sorpresa.
Evidentemente ya lo sabía.
Giulia confirmó su sospecha.
El supuesto robo tenía relación con Micaela.
Y la herida de Micaela tampoco había sido un accidente.
¿Julián había hecho eso para vengarla?
Medio mes atrás, en la entrada de La Cúpula, ellos habían terminado casi como enemigos. Después todo se había puesto peor.
Giulia no entendía por qué lo hacía.
Ya no eran marido y mujer.
Pero fuera por el motivo que fuera, él la había ayudado a desquitarse.
—Gracias —dijo—. Si algún día puedo ayudarte en algo, pedímelo.
Si quería dejarlo atrás, también tenía que separar favores y deudas.
—¿Ah, sí?
Julián se levantó de golpe y la sostuvo contra la cama con una sola mano.
—¿Puedo pedir cualquier cosa?
El aroma frío y familiar de él le llenó la nariz.
Giulia tardó dos segundos en reaccionar. Después se le subió el color a la cara.
De rabia.
—No te aproveches.
Julián la miró directo, con una diversión peligrosa.
—Para aprovecharme, primero tendría que haber obtenido algo, ¿no?
Giulia se quedó muda.
Al ver cómo sus ojos se oscurecían, supo que no podía dejarlo seguir.
—Julián, no me digas que te enamoraste de mí. ¿No te da miedo traicionar a tu tesoro, Malena?
La última frase tenía un ácido que ni ella logró ocultar.
—Nuestros problemas, ¿por qué siempre los mezclás con ella?
Julián retiró la mano, se sentó al borde de la cama y sonrió.
—¿Estás celosa?
A Giulia se le enfrió la mirada.
Encima se hacía el tonto.
Malena era justamente el problema más grande entre ellos.
—Solo te recuerdo que estamos divorciados desde hace años.
La expresión alegre de Julián se apagó.
Claro.
Ella lo había abandonado cinco años atrás por otro hombre.
—¿Enamorarme de vos?
Julián curvó los labios. Seguía sonriendo, pero sus ojos ya no tenían temperatura.
—Qué imaginación. Extraño tu cuerpo, nada más. Si para vos eso es amor, llamalo como quieras.
La respuesta fue brutal.
Giulia tragó el dolor y contestó con una frialdad igual de cruel:
—Una pena. Mi cuerpo no te extraña. Demasiado mala técnica.
La sonrisa de Julián se congeló.
Enseguida su cara se cubrió de tormenta.
—Giulia Rivas.
Después de pronunciar su nombre entre dientes, soltó una risa oscura.
—Si ya te olvidaste de si soy bueno o no, podemos repasarlo ahora.
Se inclinó de verdad sobre ella.
Era un hospital.
De día.
Y la puerta ni siquiera estaba cerrada.
¿Estaba loco?
Giulia, furiosa, lo empujó con fuerza.
Julián cayó de la cama y retrocedió varios pasos hasta sujetarse de la baranda metálica.
Pero enseguida lo vio doblarse apenas, con una mano presionando el estómago.
El perfil hermoso mostró dolor.
La mano que sostenía la baranda tenía las venas marcadas.
La cara de Giulia cambió.
—Julián, dejá de fingir.
Ella no tenía tanta fuerza.
Él no respondió.
Solo un quejido bajo se le escapó entre los labios.
Giulia notó que algo no estaba bien. Bajó de la cama rápido, pero por la urgencia olvidó que tenía la rodilla izquierda herida. Perdió el equilibrio y cayó hacia adelante.
Al segundo siguiente, terminó dentro de un abrazo cálido.
Julián le sostenía la cintura.
Su cara, capaz de desordenarle la vida a cualquiera, estaba demasiado cerca. La punta de su nariz casi tocaba la mejilla de ella.
—¿Tan preocupada por mí?
Del dolor de antes no quedaba ni rastro.
La había engañado.
Giulia lo empujó, roja de vergüenza y enojo.
Julián volvió a tocarse el estómago y frunció el ceño.
—Esta vez sí me duele.
Su voz tenía algo parecido a una queja.
Giulia se quedó quieta.
Años atrás, para hacer crecer el holding Alcázar, Julián trabajaba hasta olvidarse de comer y dormir.
Después, cada vez que no comía a horario, el estómago le pasaba factura.
Cuando Giulia lo supo, le mandaba mensajes a la hora de las comidas para recordarle que comiera.
Si él volvía tarde, también le preparaba caldo y lo dejaba caliente hasta que llegara.
Pero casi todos los mensajes quedaban sin respuesta.
Y el caldo rara vez era tocado.
Cuando no hay amor, no hay amor.
La habitación quedó en silencio unos segundos.
Benja regresó con el repartidor.
Se metió entre su papá y Giulia, mirando a uno y a la otra con sus ojos negros.
—Papi, ¿qué pasó con Giulia?
Julián ya había recuperado algo de color, pero se dejó caer en el sofá como un señor moribundo.
Giulia se repitió que no debía discutir con alguien que se sentía mal.
Con ayuda de Benja, saltó en una pierna hasta el sofá y se sentó cerca. Abrió las cajas de comida.
Tal vez porque estaba herida, los platos eran livianos.
Giulia acomodó todo sobre la mesa ratona y tocó suavemente el brazo de Julián.
—Levantate. Comé.
Julián abrió apenas los ojos.
—Dame vos...
—Comé o no comas.
Giulia se dio vuelta y preparó con cuidado la cuchara para Benja.
Julián se incorporó. Su mirada se pegó a la mejilla blanca de ella.
—Hace un rato dijiste que me agradecías y que podía pedir cualquier cosa. Qué rápido te olvidás de los favores.
Giulia se mordió el labio y lo miró con enojo.
Julián, tranquilo, abrió una caja de comida y le entregó la cuchara.
Benja le hizo una mueca.
—Papi, qué vergüenza. Sos grande y querés que Giulia te dé de comer.
—¿Qué sabés vos? A tu Giulia le gusta darme de comer.
Julián curvó los labios.
—¿No es cierto, Giu-lia?
Alargó las sílabas a propósito. Su voz baja tenía un filo seductor, casi una trampa.
Giulia miró hacia otro lado, incómoda.
Pelearle celos a un chico. Julián estaba cada vez peor.
Le acercó una cucharada de sopa a la boca.
Después le metió una cucharada bien llena de arroz.
Benja vio la escena, dejó su plato y pidió que Giulia también le diera de comer.
Julián lo miró con advertencia.
Mocoso. Ya aprendiste a competir conmigo.
Benja comió lo que Giulia le dio, con los cachetes inflados, y le devolvió a su papá una mirada orgullosa.
Giulia lo quería más a él.
Cuando Giulia volvió a acercar la cuchara a Julián, la obsesión de limpieza de él apareció.
Frunció el ceño y echó el cuerpo hacia atrás.
—Benja comió de ahí.
—¿Te da asco tu propio hijo?
Benja pensó lo mismo. Él no le tenía asco a papi.
Julián miró los labios húmedos de Giulia. Sus ojos se oscurecieron.
—¿Y vos por qué no comés?
Giulia dejó el plato y lo miró con seriedad.
—Julián, te agradezco de verdad que hoy me hayas traído al hospital y me hayas ayudado. ¿Podés dejar de decir cosas raras? Benja está acá.
Julián sonrió y miró a su hijo.
—¿Pensaste que te preguntaba por qué no comías de mi cuchara? Te pregunté por qué no comés de la de Benja.
¿Había diferencia?
—Benja no es mi hijo —soltó ella sin pensar.
La atmósfera de la habitación se congeló.
Julián guardó la broma.
Miró a Giulia, cuyo rostro se apagó al instante, y su propia expresión volvió a quedar fría.
Cada vez que tocaban ese tema, aparecía lo mismo: Giulia abandonando a su marido y a su hijo.
Julián intentaba olvidar que ella tenía en el exterior a ese hombre al que amaba, pero no podía.
Incluso pensó con crueldad que, si Giulia supiera que Benja era el bebé que había mandado al hogar de monjas, tal vez se arrepentiría hasta morir.
Al final, no dijo nada.
Si Giulia conocía la verdad, quizá se alejaría de Benja enseguida.
Después de todo, era hijo de ella y de él.
Para Giulia, tal vez solo sería una carga.
Y Julián no quería que Benja sufriera.
En medio del silencio, el celular de Julián vibró en su bolsillo.
Recogió todas sus emociones.
Al ver quién llamaba, evitó por reflejo los ojos de Giulia y caminó hacia el ventanal.