In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
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Entre sombras y espejos
La noche no fue el refugio que esperaba. Mi sueño se convirtió en un laberinto donde la realidad y la pesadilla se entrelazaban con una crueldad insoportable. En el sueño, estaba en un campo abierto, un lugar que no reconocía, pero donde la luz tenía un matiz dorado, cálido. Min-Woo estaba a mi lado, tomándome de la mano con esa ternura que me había prometido proteger. Todo era perfecto, hasta que, en un parpadeo, su agarre se volvió etéreo. Min-Woo se desvaneció, no como alguien que se marcha, sino como humo que se dispersa en el aire, dejándome sola en una inmensidad silenciosa.
Desesperada, comencé a llamarlo, pero el vacío respondía con un silencio absoluto. A lo lejos, una silueta rompió la monotonía del paisaje. Era Seo-Jun. Mi corazón, que segundos antes estaba roto por la desaparición de Min-Woo, dio un vuelco de esperanza. Corrí hacia él, gritando su nombre, necesitando que me explicara por qué me había dejado, necesitando que volviera a ser mi amigo de siempre. Pero, a medida que me acercaba, el aire se volvió pesado y frío. Cuando finalmente se detuvo y se giró para mirarme, la respiración se me cortó. Sus ojos no eran los de Seo-Jun; ya no había calidez, ni rastro de los años de complicidad que compartíamos. Su mirada era decadente, gélida, con una falta de afecto tan absoluta que me recordó a la mirada de alguien capaz de cualquier cosa; una frialdad de asesino que atravesó mi alma como una cuchilla.
Desperté sobresaltada, con el corazón golpeando mi pecho como un animal enjaulado. Mi habitación estaba sumergida en la penumbra de la madrugada, y el sudor frío recorría mi espalda. Incapaz de conciliar el sueño nuevamente, me levanté y caminé hacia el baño. La ducha se convirtió en un ritual de limpieza necesaria, un intento de lavar no solo el sudor, sino la sensación de horror que el sueño había dejado pegada a mi piel. Bajo el chorro de agua caliente, me abracé a mí misma, tratando de recuperar la compostura, dejando que el vapor calmara mis nervios tensos. Me vestí con esmero, eligiendo un conjunto profesional que proyectara una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
El trayecto al trabajo fue un borrón. Al llegar al edificio, me uní a la corriente de empleados que se dirigían a los ascensores. El habitáculo estaba lleno. Cuando las puertas de acero comenzaron a cerrarse, un suspiro de alivio escapó de mis labios... hasta que una mano se interpuso entre ellas, obligándolas a retroceder. Seo-Jun entró.
El espacio se volvió asfixiante de inmediato. Mis compañeras, a mis espaldas, comenzaron a susurrar sobre lo apuesto que lucía, sobre la elegancia de su traje, sin notar la tensión eléctrica que emanaba de él. Sus ojos se fijaron en los míos apenas una fracción de segundo, un contacto tan breve como devastador, antes de desviarlos hacia el panel de botones con una indiferencia calculada. Lo miré de reojo; su rostro era una máscara de mármol, sin una sola expresión, sin un atisbo de reconocimiento. Cuando el ascensor llegó a mi piso, él se bajó primero con paso firme. Impulsada por la desesperación, intenté decir su nombre: «Seo-Jun...». Pero fue como si fuera invisible. Me ignoró por completo, caminando hacia su oficina sin siquiera girar la cabeza. Ese desprecio dolió mucho más que cualquier grito.
El resto de la mañana en la revista fue una tortura silenciosa. Mientras intentaba concentrarme en los artículos, mi teléfono vibraba constantemente. Eran mensajes de Min-Woo, colmados de cariño, preguntándome cómo había dormido, deseándome un buen día y confesándome cuánto le faltaba mi presencia. Sus palabras eran un bálsamo que me mantenía cuerda, un recordatorio de que había alguien esperándome en el otro extremo del hilo emocional, alguien que realmente quería estar en mi vida.
Llegó la hora del almuerzo y me senté con mis compañeras en el casino. El ambiente era ruidoso, alegre, pero yo me sentía en una burbuja. Fue entonces cuando lo vi pasar a pocos metros de nuestra mesa. Iba solo, caminando con esa seguridad que siempre le había envidiado. Ni siquiera miró hacia nuestra dirección. Me ignoró. La pregunta que me martilleaba la cabeza no me dejaba comer: ¿tan fácil fue para él deshacerse de siete años de amistad, de secretos compartidos y de una vida construida a medias? Mientras él parecía seguir adelante con una naturalidad hiriente, yo me sentía atrapada en un duelo que él ni siquiera reconocía.
Sin embargo, a medida que la tarde avanzaba, algo cambió en mi interior. Verlo pasar, frío e impasible, me obligó a enfrentar una verdad que había evitado durante días: no podía seguir viviendo de las migajas de su atención ni de la culpa de su ausencia. Mientras terminaba mi jornada, tomé una decisión. No le escribiría más a Seo-Jun, no intentaría encontrarlo en los pasillos, no dejaría que su silencio dictara mi estado de ánimo.
Al salir del edificio, el cielo estaba pintado de tonos naranjas y violetas. Saqué mi teléfono y le escribí a Min-Woo, esta vez con una determinación renovada: «Hoy fue un día difícil, pero estoy lista para empezar a sanar. Gracias por estar ahí». Recibí una respuesta casi inmediata, una carita sonriente y un «te quiero, In-Oh». En ese momento, comprendí que la amistad eterna con Seo-Jun se había roto, pero que el dolor no sería mi única herencia. Me subí al transporte público con la cabeza en alto, dejando atrás el edificio y los recuerdos de un pasado que ya no me pertenecía. La noche caía sobre la ciudad, pero por primera vez en semanas, el horizonte se veía claro, y estaba decidida a caminar hacia él.