Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Ernesto acababa de colgar cuando Mariana empezó a quejarse con veneno en la voz.
-Todo es tu culpa. Si al principio yo me hubiera casado con Héctor, ahora la que estaría viviendo bien sería yo.
Ernesto se molestó.
-¿Quién fue la que se negó con uñas y dientes? ¿Ahora vienes a echarme la culpa?
-¿Y a quién se la echo? Si yo me hubiera casado con Héctor, no tendrías que estar rogándole a esa hija tuya que ni siquiera va a venir a verte. Papá, ya estás viejo y confundido.
Mariana traía el pecho lleno de resentimiento.
Carmen, sentada a un lado, también estaba incómoda.
-En ese entonces Héctor estaba tirado como muerto en vida. ¿Quién iba a saber que despertaría? Si lo hubiéramos sabido, no habría hecho falta mandar a esa muchacha.
-¿De qué sirve decir eso ahora? -gruñó Ernesto.
-Ernesto, todavía se puede arreglar. Hacemos que Ximena se divorcie de Héctor y luego casamos a Mariana con él. ¿No queda todo resuelto?
Ernesto miró a su esposa como si le faltara medio cerebro.
-¿Estás mal de la cabeza? ¿Crees que ese matrimonio se rompe porque tú lo dices? Aunque Ximena aceptara divorciarse, la familia Alcázar no tendría por qué casarse con Mariana. Antes Héctor estaba medio muerto y por eso aceptaron ese arreglo. Ahora está sano. ¿Sabes cuántas mujeres de apellido y dinero quieren entrar ahí? Deja de soñar.
-¿Y cómo sabes que Héctor no se fijaría en Mariana?
Carmen no aceptaba perder.
-¿Qué le falta a mi hija? Es bonita, estudió bien, tiene porte. Es una señorita de familia.
-Ni a Valeria Robles, que era actriz famosa, la quiso conservar. ¿Va a elegir a Mariana? Ya deja de meterte.
Ernesto, recargado en la cama del hospital, sintió que la cabeza le dolía más.
-Si pudo fijarse en Ximena, esa ranchera, ¿por qué no en Mariana? Ernesto, Mariana también es tu hija. No te equivoques de lado. Ximena no es más que...
-Cállate.
Ernesto miró a Carmen con tanta dureza que la obligó a tragarse lo demás.
-Siempre me gritas a mí.
Carmen se sentó en la silla de enfrente, molesta.
Mariana no pudo meter palabra, pero alcanzó a notar que había algo escondido sobre Ximena.
Eso tendría que preguntárselo a Carmen a solas.
Ximena sí quería ir a ver a Ernesto.
Pero Héctor insistió en que tenía que guardar reposo hasta terminar el mes.
Cuando por fin quedó "libre", fue al hospital.
Ernesto estaba acostado, pero no se veía acabado. Tenía buen color y ánimo suficiente.
Al ver entrar a Ximena, fingió toser dos veces y se incorporó con esfuerzo exagerado.
-Viniste.
Ximena no quiso ver su teatro.
-¿Para qué me llamaste?
-Desde que te casaste con los Alcázar, tu papá no te ha visto. Te extrañaba.
-Ya. ¿Tú extrañarme? Me mandaste lejos diez años y nunca fuiste a verme. No demos vueltas. Si tienes algo que decir, dilo. Si no, me voy.
Ximena se levantó.
Ernesto se apresuró.
-Sí hay algo. No te desesperes. Siéntate.
Ximena ya lo sabía.
La enfermedad era falsa. El asunto era real.
-¿Qué quieres?
Ernesto tosió otra vez, intentando pintar tragedia en el aire.
-Tú sabes que, después de que tu mamá y tu abuelo murieron, yo he sostenido la empresa como he podido. Pero ahora ya no puedo más, así que...
Ximena lo miró con frialdad.
-Si ya no puedes, declara quiebra. ¿Para qué sufrir?
-Ximena, esa empresa fue el esfuerzo de tu mamá y tu abuelo. ¿Cómo va a quebrar? Por eso te llamé...
-No puedo ayudarte.
Lo cortó antes de que terminara.
-¿Cómo que no puedes? La familia Alcázar tiene dinero. Solo tienes que pedirlo. Nos ayudarán a pasar la crisis.
Ximena soltó una risa fría.
-¿La empresa no se llama Grupo Salcedo desde hace años? ¿Qué tiene que ver con la familia de mi mamá? ¿Por qué dices "nuestra" empresa?
Ernesto se quedó rígido.
No esperaba que Ximena no le dejara ni una salida.
Dejó de fingir y se le oscureció la cara.
-¿No eres mi hija? Mientras seas mi hija, esto tiene que ver contigo.
-¿Y si no ayudo?
Ximena lo miró con calma.
-Ximena, eres igual que tu madre. Fría, dura, sin corazón.
Ernesto respiraba con enojo.
-Habla de mí si quieres. No metas a mi mamá. No mereces mencionarla.
Ximena se levantó.
-Solo tú sabes la verdadera razón por la que mi mamá cayó de aquella torre corporativa.
Ernesto levantó los ojos despacio.
Los tenía rojos.
Le apuntó con el dedo temblando.
-¿Qué quieres decir? ¿Crees que yo maté a tu madre? ¿Por qué iba a matarla?
-No dije que tú la mataras.
La voz de Ximena fue fría.
-Pero si su muerte tuvo algo que ver contigo, no te voy a perdonar.
Salió sin mirar atrás.
Ernesto se quedó con el pecho doliéndole de coraje.
Al salir del hospital, Ximena estaba tan frustrada que quiso llamar a Renata para verla y platicar.
Marcó varias veces.
La línea ya no existía.
¿Cómo que ya no existía?
Buscó WhatsApp y le mandó varios mensajes.
Nada.
Ni una respuesta.
¿Qué estaba pasando?
Como no encontró a Renata, llamó a Diego.
Diego aceptó verla.
-¿Renata está bien? -preguntó Ximena apenas lo tuvo enfrente-. Su teléfono no entra, y por WhatsApp tampoco responde. ¿Me bloqueó? ¿Le pasó algo?
Diego guardó silencio mucho rato.
Eso puso peor a Ximena.
-¿Sí le pasó algo? Dime. ¿Qué le pasó?
-Jefa, Renata...
Diego no encontraba cómo decirlo.
-Habla, Diego.
-Renata... se dio de baja de la universidad.
¿Renata se dio de baja?
-¿Por qué?
-Escuché que hubo problemas en su casa. Por eso se fue.
-¿Qué problemas?
Diego solo sabía rumores. No conocía la verdadera razón, y tampoco se sentía con derecho a inventar.
-No sé bien. Dicen que su familia se fue al extranjero.
-¿Al extranjero?
¿Por qué de pronto?
Renata siempre había odiado la idea de irse del país.
Ximena bajó la mirada, abatida.
Diego dudó antes de seguir.
-Jefa, antes de que se fuera, la vi una vez. Estaba llorando horrible. No sé por qué. ¿Tal vez por un desamor?
Renata no era de las que se hundían por amor.
Con sus artistas favoritos se veía claro: cada tanto cambiaba de "marido" sin ningún problema.
-¿Te dijo por qué estaba triste?
Diego negó.
-No. Traía los ojos hinchados de llorar. Después escuché que toda su familia se fue.
La despedida sin aviso de Renata le dolió mucho a Ximena.
Renata y ella eran amigas desde niñas.
Más que amigas, casi hermanas.
¿Por qué había desaparecido de su mundo de un día para otro?
¿Qué había pasado?
Ximena volvió a casa con el ánimo por los suelos.
Intentó llamar otra vez.
Nada.
Su mejor amiga se había ido sin despedirse.
El corazón de Ximena se hundió.
Cuando Héctor regresó, ella estaba mirando un punto fijo, perdida.
-¿No estás contenta?
Él se acercó y se sentó frente a ella.
Ximena asintió apenas.
-Renata se fue al extranjero.
Héctor sabía mejor que ella que la familia Núñez había salido del país.
Pero no quería decirlo.
Tampoco hacía falta contarle la razón.
Sacó una hoja y se la entregó.
-Es la solicitud de entrevista para el Grupo Alcázar. Llénala cuando tengas tiempo.
Ximena se sorprendió.
No esperaba que eso avanzara tan rápido.
-¿Entrevista? ¿Ya puedo ir? ¿Y qué puesto sería?
-El puesto depende de tu entrevista. Recursos Humanos lo asignará.
-¿Entonces, si paso, entro como practicante?
Ximena sabía que las empresas normales tenían periodo de prácticas.
Héctor asintió.
-Primero pasa la entrevista. No voy a darte el puesto de directora general de entrada.
-Tampoco quería ser directora.
Él le revolvió el cabello.
-Prácticas de tres meses. Sueldo de seis mil. Ya fija, según puesto.
-¿Eso cuenta como palanca?
La muchacha inclinó la cabeza.
Héctor sonrió.
-No. Pero la empresa paga cuatro mil a practicantes. Los otros dos mil los pongo yo.
-¿Eso está bien?
Ximena sonrió como niña, feliz por el dinero extra.
-Si crees que no está bien, no los pongo.
Héctor la molestó con una curva suave en los labios.
-¿Yo soy de las que se emocionan por una ventaja pequeña? Creo que la decisión del señor Alcázar es... muy sabia.
Ximena le levantó el pulgar.
Estaba feliz, pero primero tenía que pasar la entrevista.
Cuando Lourdes le había dicho que fuera al Grupo Alcázar, nunca mencionó una entrevista ni un proceso formal.
Para esa entrevista sagrada, Ximena fue al centro comercial un día antes. Quería comprarse algo más serio.
Era temporada de descuentos y muchas tiendas tenían promociones.
Ximena había crecido con días duros lejos de la ciudad. Aunque ahora tenía dinero, no tenía la costumbre de gastarlo a lo grande.
Además, Leo seguía necesitando tratamiento. Aunque por ahora no saliera de su bolsillo, tarde o temprano esa carga volvería a ella.
Si podía comprar con descuento, jamás iba a pagar precio completo.
Un vestido negro llamó su atención.
El detalle de cuentas en el cuello lo hacía formal sin verse aburrido. Era apropiado para su edad y no la hacía parecer mayor.
-Buenas tardes -la saludó una vendedora con entusiasmo.
Ximena tenía una costumbre: antes de probarse algo, preguntaba el precio.
Si pasaba demasiado de lo que tenía en mente, no hacía falta probárselo.
-Disculpa, ¿cuánto cuesta este vestido?
La vendedora miró la etiqueta.
-Señorita, justo está en descuento. Precio final: ciento noventa y ocho mil pesos.
A Ximena casi se le abrió la boca.
Menos mal que preguntó.
-Ah. Gra... gracias.
Quizá la vendedora notó su vergüenza.
O quizá estaba acostumbrada a muchachas que no podían pagar.
Aun así, fue amable.
-Puede probárselo. Probárselo no cuesta.
Como no podía comprarlo, Ximena tampoco pensaba probárselo.
-No, gracias. Voy a ver otras cosas.
Estaba por irse a otra tienda cuando una voz burlona sonó detrás.
-Aunque se lo pruebe, una ranchera como ella no lo puede pagar.
Era Mariana.
Le quitó a la vendedora el vestido que Ximena había mirado y se lo puso encima para medirlo frente al espejo.
-Está lindo. Me queda perfecto. Envuélvamelo.
La vendedora sonrió y la guió a caja.
-¿Paga en efectivo o con tarjeta?
Mariana sacó una tarjeta dorada.
-Tarjeta. No tiene NIP.
Mientras la vendedora iba a cobrar, Mariana levantó la barbilla con desprecio.
-Parece que Héctor tampoco te trata tan bien. Ni un vestido puedes comprar. Qué pobre te ves.
-No comprar no significa no poder pagar. Con razón tus calificaciones en matemáticas siempre daban pena.
Ximena no quería hacerle caso.
-Pero te aviso algo. Ese vestido es talla S y tú...
La mirada de Ximena recorrió a Mariana de arriba abajo.
Mariana entendió.
-¿Por qué no me quedaría? Yo uso XS.
Ximena levantó una ceja y sonrió.
Mariana cerró los ojos, desesperada.
-¡Ah!
Ximena no consiguió el vestido que le gustaba, así que el humor se le apagó un poco.
Por suerte no era como si no tuviera nada que ponerse.
Para una entrevista bastaba con verse limpia y formal.
En su cabeza, la entrevista sería solo un trámite.
Al final, ella era alguien con palanca.
Pero el día de la entrevista, al ver el mar de gente en el lobby, el corazón le dio un brinco.
Eso parecía una competencia de miles por un solo puente.
Ximena apretó sin darse cuenta los papeles en la mano.
-¿Tú también vienes a entrevista?
Una voz joven sonó a su lado.
Ximena volvió en sí y sonrió con educación.
-Sí.
-¿Para qué puesto?
La muchacha miró de reojo el formato de Ximena.
-¿No llenaste el puesto?
Ximena negó.
-¿No lo asignan según la entrevista?
-Eso dicen, pero si una no sabe hacia dónde quiere crecer, en entrevista cuesta mucho pasar.
La muchacha sacó una pluma de su bolsa y se la dio.
-Llénalo rápido.
Ximena no sabía qué puestos había en el Grupo Alcázar.
-¿Tú para qué vienes?
-Asistente de secretaría de presidencia.
La muchacha le mostró su formato.
Ximena sintió que ese puesto no era para ella.
-¿Hay otros?
-Sí. Administración, diseño, sistemas, un montón. ¿Qué estudias?
Ximena estudiaba pintura.
Si tenía que elegir algo relacionado, tal vez diseño.
-Pondré diseño.
-Va.
La muchacha, al ver lo bonita que era Ximena, empezó a hablar más.
-Estás muy guapa. Me llamo Lucía Reyes. ¿Y tú?
-Ximena Salcedo.
-Qué bonito nombre. Con esa cara seguro pasas.
-Éxito para las dos.
Había mucha gente, pero todo estaba ordenado.
Las filas se separaban por puesto, unas largas y otras más cortas.
Ximena empezó a ponerse nerviosa.
Era su primera entrevista en la vida.
No sabía si iba a lograrlo.
Pronto llamaron su nombre.
Entró a la sala.
Los entrevistadores estaban sentados en fila, todos serios, fríos.
Eso la puso más nerviosa.
Varios fruncieron el ceño al ver el formato tan simple de Ximena.
-¿Ximena Salcedo?
Ella asintió.
-Sí.
-Estás en tercer año de la universidad. ¿Todavía no te gradúas?
-Sí.
-¿Vienes a hacer prácticas?
Ximena asintió y luego negó.
-Si paso el periodo de prácticas, me gustaría conservar el puesto.
-¿Tienes algún portafolio o trabajo que podamos revisar?
Ximena negó otra vez.
-No.
El entrevistador principal dejó el formato sobre la mesa y la miró con seriedad.
-Señorita Salcedo, ¿sabe cuántas personas compiten por este mismo puesto? Con una solicitud tan pobre, lo que veo es falta de respeto hacia el Grupo Alcázar y hacia este trabajo.
-No es eso. Es mi primera entrevista y no sabía qué debía preparar. ¿Podrían darme otra oportunidad?
-Las oportunidades se toman antes de entrar. Siguiente.
Ximena falló la entrevista.
Salió de la sala con la cabeza baja.
Lucía ya había terminado. Al verla tan desanimada, entendió el resultado.
-No pasa nada. El Grupo Alcázar está en temporada de contratación. Pronto habrá otra ronda. Puedes volver.
Pero eso no era lo que Ximena pensaba.
¿No se suponía que podía usar palanca?
¿Cómo terminó siendo todo tan formal?
Si iba a ser formal, ella habría preparado un portafolio y no habría pasado esa vergüenza.
No culpaba a nadie más.
Culpaba a Héctor.
Ximena no conocía la empresa, así que le preguntó a Lucía:
-¿Sabes dónde está la oficina del señor Alcázar?
-¿Vas a buscarlo?
Lucía se puso nerviosa.
-No vayas. Fallar una entrevista es normal. Mejor vuelve en la siguiente. Si vas con él, capaz que después ya no te dejan entrar nunca.
Ximena entendió que Lucía hablaba por su bien.
Lo agradeció.
-No pasa nada. Si no me deja venir, no vengo más. No te preocupes.
Lucía señaló un elevador muy visible.
-Ese sube directo al piso ejecutivo.
Ximena empezó a caminar.
Lucía la tomó del brazo.
-¿No lo piensas un poco más? Al señor Alcázar no lo ve cualquiera. Y si...
-Tranquila. Solo voy a decirle unas cosas. No voy a incendiar el edificio.
Lucía se quedó sin palabras.
Bueno.
El elevador ejecutivo no era algo que pudiera usar cualquiera.
Se necesitaba tarjeta para entrar y otra vez para elegir piso.
Ximena no pudo subir.
Pero memorizó el piso.
Tomaría el elevador de empleados hasta el veinte y luego subiría dos pisos por las escaleras.
Ya traía una bola de enojo en el pecho.
Para acabarla, el elevador de empleados se descompuso en el piso diez.
Lo que debían ser dos pisos de escaleras se convirtió en doce.
Después de subirlos de un tirón, Ximena se sentó en los escalones, jadeando.
Cuando a uno le va mal, hasta el agua le cae pesada.
Mientras más pensaba, más se le llenaban los ojos de lágrimas.
Bruno pasó por ahí y la vio por accidente.
-¿Señora?
Ximena se limpió rápido la cara y trató de esconder lo desastrosa que se sentía.
-Bruno, vine a buscar a Héctor.
-El señor está en junta. ¿Quiere esperarlo en su oficina?
Ximena asintió.
-Sí.
Bruno la llevó a la oficina, le sirvió café y fue a la sala de juntas.
Héctor estaba escuchando informes con el ceño fruncido.
Bruno se acercó y le habló al oído:
-Señor, su esposa está aquí. La vi llorando. ¿Quiere...?
Héctor levantó un dedo y miró a todos.
-La junta termina aquí. Pueden retirarse.
El gerente que estaba exponiendo se quedó con las palabras atoradas.
Héctor volvió rápido a su oficina.
Ximena estaba sentada en la sala de espera, con la cabeza apoyada en la mano.
Los ojos ya no estaban tan rojos, pero la tristeza se le notaba entera.
-¿Qué pasó? ¿Por qué lloraste?
Héctor se sentó junto a ella y tomó un pañuelo.
Antes de tocarle la cara, Ximena le apartó la mano.
-Héctor, ¿qué estás tramando?
-¿Yo qué hice?
-Me dijiste que viniera a entrevista. ¿No se suponía que era puro trámite? ¿Por qué me rechazaron? ¿Lo hiciste a propósito? Si no querías que entrara a la empresa, me lo decías. ¿Para qué me haces quedar como tonta?
Después de soltarlo todo, Ximena se levantó para irse.
Héctor la tomó de la muñeca y la jaló de vuelta.
-Estoy siendo acusado injustamente. Si no quisiera que vinieras, ¿para qué te daría la solicitud?
-Quién sabe qué traes en la cabeza.
Ximena intentó soltar el brazo, pero él no la dejó.
Héctor miró a Bruno.
-¿Quién estuvo a cargo de las entrevistas hoy? Que venga.
-Sí, señor.
-Tú quieto.
Ximena detuvo a Bruno y miró a Héctor con enojo.
-¿Estás mal? ¿Qué tiene que ver esa persona? El problema eres tú.
-¿Cuál problema tengo yo?
Héctor no entendía.
Si ni siquiera veía su error, ¿para qué explicarlo?
-Entonces olvídalo.
Ximena quiso irse otra vez.
Héctor la jaló de vuelta. Esta vez su voz salió más firme.
-¿A dónde vas? ¿Qué significa "olvídalo"? Dime exactamente qué hice.
-¿Me estás gritando, Héctor? ¿Con qué derecho me gritas? El problema es tuyo y encima me gritas. Suéltame.
Ximena ya estaba dolida.
Con ese tono, las lágrimas volvieron como si no costaran nada.
Héctor respiró hondo.
No sabía consolar mujeres.
Pero verla así le dolía demasiado.
Así que simplemente la abrazó.
-No te grité.
-Sí me gritaste.
-Bien. Te grité. Me equivoqué. Pero no llores, ¿sí?
Le limpió las lágrimas.
-Ya no llores. Se te va a correr el maquillaje.
-No te metas.
-Está bien, no me meto. Fui yo. Lo hice mal. Es mi culpa.
Ximena lo empujó y se sentó en el sofá.
Tomó un pañuelo y se limpió los ojos.
-Entonces dime. ¿En qué te equivocaste?
Héctor, sinceramente, no lo sabía.
Pero ya había acomodado las piezas.
No avisó al área de entrevistas.
Por eso Ximena llegó sin preparación y la rechazaron frente a todos.
Eso sí era culpa suya.
-Era un trámite. Pasaras o no, no importaba.
-¿Cómo que no importaba?
Ximena se lo tomó en serio.
-A mí me hizo sentir como una tonta. Como una inútil.
Héctor no respondió.
No quería echarle más fuego.
Pero por cómo iba el asunto, no se resolvería rápido. El resto de su trabajo probablemente tendría que esperar.
Miró a Bruno.
Bruno entendió y salió de la oficina sin hacer ruido, cerrando la puerta.
-Héctor, te estoy hablando. ¿Me estás escuchando?
Ximena se sintió ignorada.
-Te escucho. Muy atento.
Él le tomó la cintura y la sentó sobre sus piernas.
-Ya. Ya acepté mi error. Perdóname, ¿sí?
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂