Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
NovelToon tiene autorización de Tao P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17 — La primera enemiga
El rumor ya había llegado allí.
El patio central de Aureum era el corazón social de la universidad: una explanada amplia rodeada de arcos, jardines bajos y mesas de hierro blanco bajo sombrillas elegantes. A esa hora, estaba lleno. Estudiantes de distintas facultades comían, revisaban tabletas, hablaban, fingían no esperar.
Demian estaba junto a la fuente.
Y no estaba solo.
A su derecha había dos chicos que Marian reconocía vagamente como parte de su círculo. A su izquierda, varios estudiantes importantes de familias conocidas. Nadie hablaba demasiado. Todos parecían esperar la escena que Demian había decidido construir.
Marian avanzó hacia él con la espalda recta.
Cada paso se sintió demasiado largo.
Cuando llegó a su lado, Demian se inclinó apenas hacia ella.
—Llegaste.
—Dijo por favor. Me dio curiosidad.
Algo casi imperceptible pasó por su boca.
—Funciona.
—No se acostumbre.
Demian levantó la mirada hacia el patio.
El murmullo bajó.
No hizo falta que pidiera silencio.
Ese era el poder verdadero en Aureum: no tener que pedir.
—Algunos parecen confundidos —dijo Demian, con voz clara pero sin alzarla demasiado—, así que voy a evitarles el esfuerzo de inventar versiones torpes.
Marian sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
Demian giró ligeramente hacia ella.
No la tocó todavía.
Sus ojos hicieron una pregunta muda.
Marian entendió, con un sobresalto interno, que le estaba pidiendo permiso.
Delante de todos.
No con palabras. No con suavidad. Pero lo hacía.
Ella bajó la mirada a su mano un segundo.
Luego asintió apenas.
Demian tomó su mano.
Otra vez firme.
Otra vez sin apretar.
—Marian Soler es mi prometida —dijo.
El patio entero pareció quedarse sin aire.
No novia.
No alguien con quien salía.
Prometida.
La palabra cayó como una copa estrellándose sobre mármol.
Marian sintió que varias personas la miraban con una violencia silenciosa. Algunos rostros mostraban incredulidad abierta. Otros, diversión cruel. Otros, cálculo inmediato. Los celulares subieron con menos disimulo.
Demian no miró a nadie en particular.
—Cualquier duda sobre su posición pueden traerla a mí. Personalmente.
La amenaza fue educada.
Perfecta.
Terrible.
Un chico de su círculo, de cabello castaño claro y sonrisa incómoda, fue el primero en reaccionar.
—Felicidades, Demian.
La palabra sonó forzada.
Demian inclinó apenas la cabeza.
Marian no supo qué hacer con su rostro. Sonreír habría sido demasiado. Permanecer seria, sospechoso. Eligió una expresión tranquila, casi fría, y sostuvo la mirada de quienes se atrevían a sostener la suya.
Entonces el patio se abrió.
No físicamente.
Socialmente.
Las cabezas giraron.
Los murmullos cambiaron de tono.
Y Marian la vio.
Isabell Santoro caminaba hacia ellos como si el patio central hubiera sido diseñado para recibirla.
Era hermosa de una forma limpia, calculada, impecable. El uniforme de Aureum en ella parecía alta costura: falda perfectamente ajustada, blazer sin una arruga, el cabello castaño claro cayendo en ondas suaves sobre los hombros. Llevaba pendientes pequeños de perla y una sonrisa tan delicada que cualquiera sin experiencia habría podido confundirla con amabilidad.
Marian no lo hizo.
Los ojos de Isabell no sonreían.
A su alrededor, dos chicas caminaron un paso detrás, como corte. Nadie le cerró el paso. Nadie susurró demasiado alto. Isabell no necesitaba levantar la voz para ocupar el centro.
Se detuvo frente a Demian.
Luego miró sus manos unidas.
Después a Marian.
—Demian —dijo, con una dulzura perfecta—. Debo admitir que siempre has tenido gusto por las sorpresas.
Demian no soltó la mano de Marian.
—Isabell.
Solo su nombre.
Nada más.
La sonrisa de Isabell se inclinó un poco hacia Marian.
—Marian Soler, ¿verdad?
Marian sintió una punzada.
No le sorprendía que supiera su nombre. Le molestaba lo natural que sonaba en su boca, como si ya lo hubiera probado antes de llegar.
—Sí.
—Qué gusto conocerte al fin.
Mentira.
Marian lo supo.
Demian también.
—Igualmente —respondió ella.
Isabell acercó un paso, sin invadir. Su perfume era suave, floral, carísimo.
—Debo felicitarte. No todos los días una noticia así ilumina el campus.
Una de las chicas detrás de Isabell bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Marian sostuvo la expresión.
—Gracias.
—Aunque confieso que me sorprende no haber escuchado nada antes. Demian y yo solíamos compartir cierta… claridad sobre los asuntos familiares.
La frase fue quirúrgica.
No dijo compromiso.
No dijo alianza.
No dijo que ella era la prometida esperada.
Pero todos lo entendieron.
Marian sintió la mano de Demian tensarse apenas alrededor de la suya. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible.
—Los asuntos personales no requieren comité —dijo él.
Isabell lo miró con una suavidad casi triste.
—Qué frío suena eso para algo tan romántico.
Marian sintió que varias miradas se clavaban en ella esperando su reacción.
No podía mostrarse herida.
No podía mostrarse furiosa.
No podía parecer una intrusa descubierta.
Levantó un poco la barbilla.
—Quizá por eso es personal —dijo—. Porque no necesita entretener a nadie más.
El patio calló de una manera distinta.
Isabell volvió a mirarla.
Por un instante, la sonrisa perdió temperatura.
Solo un instante.
Luego volvió, perfecta.
—Qué respuesta tan segura.
Marian sonrió apenas.
—Procuro entender rápido dónde estoy parada.
—Eso es útil en Aureum —dijo Isabell—. Aquí los pisos suelen moverse bajo los zapatos equivocados.
Demian dio un paso apenas hacia Marian.
No delante.
A su lado.
—Los zapatos de Marian están donde deben estar.
Isabell bajó la mirada hacia los zapatos sencillos de Marian, limpios pero no caros.
—Por supuesto.
El veneno fue tan fino que casi no dejó marca.
Casi.
Marian sintió el impulso de esconder los pies.
No lo hizo.
Isabell extendió una mano y tocó apenas el brazo de Demian. Fue un gesto familiar, medido para que todos lo vieran.
—Espero que podamos hablar después. Hay familias que merecen enterarse de ciertas noticias con cuidado.
Demian miró la mano de Isabell sobre su brazo.
Luego la miró a ella.
—Mi familia ya sabe lo necesario.
Isabell retiró la mano con elegancia.
—Qué considerado de tu parte decidir qué es necesario para todos.
—Alguien tenía que hacerlo.
La tensión entre ellos no era romántica.
Era política.
Marian lo entendió con una claridad helada. Isabell no estaba dolida como una novia traicionada. O no solo eso. Estaba midiendo una pérdida de posición. Una ruptura de alianza. Una humillación pública que no podía permitirse mostrar como humillación.
Por eso sonreía.
Por eso era peligrosa.
Isabell volvió a Marian.
—Entonces, bienvenida.
La palabra sonó como una puerta cerrándose.
—Espero que Aureum sea amable contigo en esta nueva etapa.
Marian sostuvo su mirada.
—Aureum nunca ha sido amable conmigo.
Una pausa.
Demian la miró de reojo.
Isabell sonrió más.
—Qué honesta.
—Qué raro, ¿verdad?
Una de las chicas detrás de Isabell dejó escapar una respiración apenas audible.
Isabell no perdió la compostura.
—No. Solo refrescante. A veces olvidamos que la sinceridad puede ser encantadora cuando viene de alguien que todavía no conoce el costo.
Marian sintió el golpe.
Ahí estaba.
El recordatorio.
Ella no pertenecía.
No sabía las reglas.
No sabía el precio.
Pero había algo que Isabell no entendía todavía.
Marian llevaba años pagando costos antes de entrar a ese patio.
—Aprendo rápido —dijo.
Isabell inclinó la cabeza con una gracia impecable.
—Eso espero.
Luego dio un paso atrás.
Pero antes de irse, se acercó lo suficiente para que solo Marian y Demian pudieran escucharla.
—Disfruta el cuento, Marian. Las becadas no sobreviven mucho en los cuentos de hadas.
La frase fue suave.
Casi dulce.
Después Isabell se alejó entre murmullos, dejando tras de sí un perfume caro y una amenaza perfectamente envuelta.
Marian permaneció quieta.
Demian no soltó su mano.
—No reacciones —dijo en voz baja.
—No pensaba darle el gusto.
—Bien.
—Pero sí pensaba romperle la sonrisa algún día.
Demian giró apenas el rostro hacia ella.
Por primera vez en toda la mañana, algo parecido a una sombra de diversión le tocó los ojos.
—Avísame antes.
—¿Para detenerme?
—Para elegir el mejor lugar.
Marian no quiso sonreír.
No lo hizo.
Pero la tensión en su pecho cambió de forma.
Solo un poco.
El patio seguía mirándolos.
Los celulares seguían grabando.
La mentira ya no era una carpeta firmada ni una cláusula negociada.
Era pública.
Respiraba.
Tenía testigos.
Y acababa de hacer su primera enemiga.