Me llamo Elise Langford.
Crecí en una de las familias más respetadas de la costa oeste de los Estados Unidos, hija de un empresario que construyó un imperio con trabajo y visión. Siempre lo tuve todo: educación, oportunidades y una carrera prometedora como diseñadora de moda.
Pero nada se comparó con el día en que conocí a Daniel Stuart Bradford.
Él era diez años mayor que yo, un empresario respetado y conocido por su inteligencia y ambición. Durante dos años vivimos un romance que parecía perfecto. Nos enamoramos, nos comprometimos y finalmente nos casamos en una ceremonia digna de la alta sociedad.
Creía que estaba viviendo mi cuento de hadas.
Poco después de la boda, descubrí que estaba embarazada. La noticia pareció completar la felicidad que creía perfecta. Daniel se mostró emocionado, y yo estaba segura de que estábamos construyendo una familia sólida.
Pero la vida tiene una forma cruel de revelar verdades que preferimos no ver.
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Capítulo 13
UN ERROR QUE LO CAMBIA TODO
Daniel
Después de escuchar los consejos del padre de Elise, permanecí algunos segundos en silencio. Aquellas palabras tenían peso. No eran palabras dichas para consolarme. Eran palabras dichas para hacerme ver la realidad.
Respiré hondo.
—Gracias, señor.
Mi voz salió más baja de lo que pretendía.
—Necesitaba oír eso.
Él solo asintió, como si supiera que aquel no era un momento para discursos largos. Era un momento de reflexión.
Fue entonces que oímos pasos en el corredor.
La puerta del despacho se abrió y la madre de Elise apareció. Así que me vio allí, ella demostró sorpresa.
—¿Daniel?
Ella entró algunos pasos en el despacho.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo están Elise y Jacob?
Me levanté de la silla.
—Ellos están bien.
Respiré hondo.
—Jacob está saludable… y Elise se está recuperando bien.
Ella me observó con más atención.
Tal vez fuera instinto de madre. Tal vez fuera experiencia. Tal vez fuera simplemente la mirada de una mujer que ya había vivido lo suficiente para reconocer cuando algo no estaba bien.
Ella percibió la tensión en mi rostro.
—¿Qué ha pasado, Daniel?
Mi garganta se apretó.
—Vine a conversar con su marido.
Miré brevemente a mi suegro.
—Necesitaba consejos.
Mi voz salió cansada.
—Voy a necesitar toda la ayuda posible.
Ella miró al marido, intentando entender lo que estaba pasando allí. Él solo hizo un pequeño gesto con la cabeza.
—Después nosotros conversamos, querida.
Ella asintió lentamente.
—Está bien.
Cogí mi abrigo.
—Buenas noches.
Caminé hasta la puerta y paré por un instante.
—Necesito volver a casa.
Respiré hondo.
—Elise ni sabe que yo salí. Ella piensa que yo fui solo a tomar un baño.
Ellos no dijeron más nada. Salí de la casa de ellos cargando un peso aún mayor en el pecho.
Cuando llegué a la mansión, la casa estaba silenciosa.
Subí las escaleras despacio, intentando organizar los pensamientos. Cuando entré en el cuarto, Elise ya estaba acostada en la cama.
Ella levantó los ojos así que me vio.
—¿Saliste?
No había acusación en la voz de ella. Solo constatación.
—Sí.
Me quité el paletó lentamente.
—Fui hasta la casa de tus padres.
Ella frunció levemente la frente.
—¿Mis padres?
Yo asentí.
—Yo necesitaba conversar con tu padre.
Ella me observaba en silencio.
—¿Él te recordó también?
Respiré hondo.
—Yo le confesé a él mi error.
Mi voz salió más baja.
—Y pedí consejos.
Yo di algunos pasos en dirección a la cama.
—Elise… yo espero que tú puedas perdonarme.
Mi garganta se apretó.
—Fue una flaqueza. Fue solo esa vez.
Pasé la mano por el rostro.
—Yo nunca te engañé antes.
Continué hablando, sintiendo cada palabra pesar.
—Fue un momento de flaqueza. Yo bebí demasiado… y no tengo justificativa para lo que hice.
Levanté los ojos hacia ella.
—Pero yo no quiero perderte.
Mi voz casi falló.
—Por favor… dame una chance de probar que fue un error.
Respiré hondo.
—Un error terrible… que no justifica nada de lo que pasó.
Elise continuaba mirando para mí en silencio.
Entonces ella habló.
—Fue con Emma, ¿no fue?
Mi corazón paró por un segundo.
—¿Por qué estás diciendo eso?
La voz de ella permaneció calma.
—El perfume que estaba en tu ropa era el de ella.
Ella continuó:
—Y el color del pintalabios que estaba en tu camisa era el pintalabios que ella estaba usando hoy.
Ella me encaró con firmeza.
—Mujer siente esas cosas.
Yo no conseguí responder inmediatamente.
Ella desvió la mirada por un momento antes de continuar.
—¿Sabes lo que más me está doliendo?
La voz de ella no estaba alta. No estaba descontrolada.
Pero estaba llena de un dolor profundo.
—No es solo tu traición.
Ella respiró hondo.
—Lo que más me está doliendo es haber sido traicionada dos veces.
Los ojos de ella finalmente volvieron para mí.
—Por una persona que yo consideraba mi amiga…
—y por mi marido.
Las palabras de ella cayeron en el cuarto como piedras.
—Yo no sé cómo voy a conseguir olvidar eso.
Ella llevó la mano a los cabellos, visiblemente cansada.
—La empresa es tuya.
La voz de ella perdió la fuerza por un instante.
—Tú haces lo que quieras. Las elecciones son tuyas.
Ella respiró hondo antes de continuar.
—Yo puedo hasta intentar ver cómo vamos a lidiar con esta situación.
Ella miró para la cuna del bebé.
—Yo pasé el embarazo entero en reposo. Yo sé que hombres tienen necesidades.
Ella levantó los ojos nuevamente.
—Eso no justifica lo que tú hiciste. Tú podrías haber hecho muchas cosas antes de llegar a ese punto.
Ella hizo una pausa.
—Pero la traición mayor fue la de Emma.
El dolor en la voz de ella era clara ahora.
—Ella sabía que yo confiaba en ella.
—Ella traicionó la memoria del marido.
—Ella traicionó nuestra amistad.
—Y me traicionó contigo.
Yo permanecí en silencio.
Ella continuó:
—Tu traición me lastimó.
—Pero lo que más me dolió fue saber que la mujer que fue mi madrina de boda hizo esto conmigo.
Tragué en seco.
—Fue exactamente eso que tu padre dijo.
Pasé la mano en la nuca.
—Yo ya había decidido transferirla para otra empresa.
Respiré hondo.
—Pero tu padre dijo que, si yo realmente quiero probar que esto fue un error… yo debo alejarla completamente.
Miré para Elise.
—Despedirla.
Ella quedó en silencio por algunos segundos.
—¿Despedir?
—Sí.
Continué:
—Yo puedo dar una carta de recomendación. Ella es una buena profesional y puede trabajar en otro lugar.
Respiré hondo.
—Pero nosotros ultrapasamos el límite del trabajo.
Mi voz quedó más firme.
—Y eso no está bien.
Yo la encaré con sinceridad.
—Yo hago todo… todo lo que sea preciso para salvar nuestro matrimonio.
Elise cerró los ojos por algunos segundos.
Cuando volvió a hablar, la voz de ella estaba cansada.
—Está bien.
Ella suspiró.
—Nosotros vamos a hacer terapia de pareja.
Yo quedé inmóvil.
—Pero yo no quiero estresarme ahora.
Ella miró para la cuna nuevamente.
—Eso puede perjudicar la lactancia de mi hijo.
Ella respiró hondo.
—Entonces vamos a hacer una cosa de cada vez.
Los ojos de ella volvieron para mí.
—Un día de cada vez.
Y en aquel momento yo percibí que aún no había perdido a Elise.
Pero también percibí que, a partir de aquel instante, cada día al lado de ella tendría que ser conquistado nuevamente.