Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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22.
ELENA DUARTE
Pasaron cinco días desde aquel encuentro con Lucía en el supermercado. Había comido tan poco que sentía que había bajado mucho más en mi peso. Era la primera vez que me había enamorado de alguien, era la primera vez que me entregaba a alguien. Esos pequeños recuerdos junto a Dante venían una y otra vez como repasando una escena para un examen. Lloré de tristeza
Me levanté de la cama, si, había pasado todo este tiempo solo acostada como esperando morir. 3 semanas en total donde la melancolía me ganaba.
Fui al baño y me di una ducha algo larga. Salí del baño envuelta en la toalla. Fui directo a mi pequeña maleta que no había tocado para nada desde que regresé a la casa. Ahí estaba el celular qué me había dado doña Gabriela. No lo encendí ni lo puse a cargar, tal vez Dante me había escrito o tal vez no y ambas opciones me dolería.
Me vestí, tomé el Celular. Dudé de si debería ir y devolverlo. Al final, no era mío y no quería quedar como una ladrona.
Fui a la boutique de Doña Gabriela. Estuve ahí afuera unos 10 minutos hasta que ella me miró. Entonces fue ahí donde tomé calor y entré.
— Buenos días, doña Gabriela. Venía a devolver el celular —le extendí el celular — me di cuenta de que lo tenía. Está descargado.
Ella me miró muy sería.
— Había pensado qué era buena persona. Has dejado mal a Dante y te lo advertí qué cuido lastimaba a mi hermano.
Bajé mi mirada al piso. Mi corazón se hizo pequeño.
— Yo no he mentido. Él prefirió escoger las palabras de Gerald antes que las mías — mis lágrimas caían al piso.
— Gerald lleva con nosotros toda la vida.
— Aun llevando toda una vida con ustedes, no lo conocen. Aún no lo conocen — la miré y le sonreí — solo venía a dejar eso. Me retiro.
Salí de la boutique. Parecía confundida doña Gabriela.
Caminé un poco de un lado a otro, quería distraer mi mente.
Debería hablar con Dante. No es justo que todo se termine así, sin ni siquiera intentar contar la verdad. Pero... Él no confió en mí. Esa era la misma maldita batalla que libraba mi mente y mi corazón.
Si darme cuenta había llegado a la casa de Dante. Había caminado tanto. Estuve ahí, afuera, una hora viento el portón.
Caminé de regreso a casa.
Necesitaba hacer con mi vida.
Me sentía mareada, malcomida y Caminé un montón. Fui a vomitar. Me acosté. Me sentía sin energía. Empecé a tener fiebre.
Si tuviera a mi madre ella me consolaría. Ella me cuidaría ahora que me estoy sintiendo morir. Nunca dejé de llorar. Me consumía la tristeza.
Me levanté de la cama y busqué una pastilla para la fiebre. Regresé a mi cama.
DANTE SPENSCER
Pasaba los días en la cama. Había regresado a mi yo después del accidente. Sano o inválido, siempre sería lo mismo.
Entró Gerald a traerme el almuerzo.
— Su almuerzo, joven Dante.
— No quiero que vengas a mi cuarto. Cuando tenga hambre yo le pediré a la empleada que lo traiga.
— Lo incomodo joven.
— Es raro que ahora seas tu quien me traiga la comida, aun cuando tenga sirvienta.
— Es porque lo aprecio mucho.
— Cuando estaba tu mamá en casa nunca lo trajiste. Menos cuando yo caminaba. Es raro que ahora lo hagas.
— Estoy siendo empático. Sé que usted está un poco deprimido por el engaño de Elena — lo miré y quise descifrarlo.
— Gerald, regresa a casa de mis padres.
— Pero porque. No sea al agradecido.
— ¿Mal agradecido? ¿Yo?
— Perdón, no quise expresarme así. Solo que desde que pasó lo de su accidente, vine a apoyar a esta casa.
— Ya no quiero que estés aquí. Hablaré con Gabriela.
— ¿Es por Elena?
— ¿Qué tiene que ver Elena con mi decisión?
— Es como si suspende de mi servicio. Prefiero renunciar antes de aceptar ese cambio. Aquí, de frente y de manera oral le digo, que renuncio. Jamás pensé que usted sería tan mal agradecido después que mi madre y yo le hemos servido toda nuestra vida. Siendo honesto, usted no es la gran cosa ni cuando fue un hombre completo, menos ahora. Ahora entiendo por qué Elena me seguía.
— Así me hablas.
Gerald salió.
Me quedaron más dudas por el compartimento de él. Si Elena nunca tuvo nada que ver, entonces yo la ofendí con mis dudas. Tomé el celular y le marqué pero como todas las veces, solo entraba a buzón.