En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El costo del tablero
Axel Von Lindberg no perdía el control. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Ese había sido su mayor talento, la lección principal que su padre le había grabado a fuego desde que tuvo la edad suficiente para entender el significado de su apellido: en el mundo de la alta sociedad y las finanzas, el primero que parpadea, pierde; el primero que siente, es destruido.
Por eso, a la mañana siguiente, mientras contemplaba el amanecer gris sobre los tejados de París desde su ventana, tomó una decisión fría y quirúrgica: volver al plan original. Sin desviaciones. Sin errores de cálculo. Sin... Liv. Borraría la anomalía de la noche anterior como se borra una mala inversión en un libro de contabilidad.
—Te ves completamente fatal, hermano —dijo Erik apenas Axel se sentó en la mesa habitual de la cafetería de la facultad, dejando caer pesadamente sus libros de economía.
—Gracias por el cumplido —respondió Axel, con la voz monocorde.
—No dormiste ni una sola hora, ¿verdad? Tiene que ver con la becada.
—No te pregunté, Erik.
Erik esbozó una sonrisa de medio lado, apoyando los codos en la mesa.
—Entonces es totalmente cierto. El gran Von Lindberg tiene ojeras por culpa de una chica de letras. Quién lo diría.
Axel lo ignoró olímpicamente, fijando la mirada en la pantalla de su tableta.
—Se acabaron los juegos innecesarios y las distracciones. A partir de hoy, aceleramos el proceso de la apuesta.
—¿“Innecesarios”? —Erik alzó una ceja—. Pensé que te estabas divirtiendo con tu pequeño experimento social.
—El experimento ya dio los datos que necesitaba. Esto termina pronto. Esta misma semana.
Freja apareció en ese preciso instante, caminando entre las mesas con la gracia calculada de una modelo de pasarela. Su abrigo de cachemira impecable y su perfume costoso inundaron el aire, trayendo consigo el aroma del mundo al que Axel pertenecía. Miró a Axel, detectando de inmediato la tensión en su mandíbula.
—¿Terminamos ya de jugar a los dados con los plebeyos, Axel? —preguntó ella, deslizándose en el asiento contiguo al de él.
Axel la miró fijamente. Freja era perfecta. Predecible. Fácil. Ella entendía las reglas del estatus, los límites del compromiso y la total ausencia de riesgo emocional. Era exactamente el terreno seguro que Axel necesitaba para no volverse loco.
—Sí —sentenció él, mirándola a los ojos—. Terminamos.
Freja sonrió, una mueca de absoluta satisfacción y triunfo. Se inclinó hacia delante, lo suficiente como para que cualquiera que pasara por el pasillo central de la cafetería pudiera verlos, atrapando a Axel en su red de influencia.
Y lo besó.
Fue un beso sin dudas, sin pausas dramáticas. Un beso coreografiado para la audiencia, diseñado para marcar territorio. Pero sobre todo, fue un beso vacío. Sin un solo gramo de significado real. Axel respondió al movimiento de inmediato, de la forma en que lo había hecho toda su vida: utilizando la memoria muscular de un casanova. Sin pensar. Sin sentir absolutamente nada en el pecho.
A unos metros de distancia, sosteniendo una pila de fotocopias contra su pecho, Liv se quedón completamente quieta.
No estaba buscando a Axel. No estaba espiando. Solo caminaba hacia la biblioteca, intentando convencerse de que lo de la noche anterior había sido una mala interpretación de su imaginación literaria. Pero el universo la obligó a mirar. Vio todo el cuadro con una claridad desgarradora: el beso, las risas cómplices de los amigos de Axel, la absoluta naturalidad con la que él se desenvolvía en ese entorno de privilegios.
Vio la verdad. Vio que para Axel, ella nunca había existido realmente fuera de sus horas de aburrimiento.
Algo en el centro de su pecho se apretó con tanta fuerza que casi le faltó el aire, un dolor agudo y físico que le tiñó las mejillas de una palidez invernal.
—Claro… —murmuró para sí misma, forzando una respiración lenta—. Eso tiene muchísimo más sentido. Los príncipes siempre regresan a sus castillos.
Bajó la mirada hacia sus desgastadas botas, acomodó el peso de sus apuntes y siguió caminando, tragándose el orgullo y el dolor antes de que una sola lágrima pudiera traicionarla en público.
En la mesa, Freja se separó despacio, limpiándose la comisura de los labios con un dedo enguantado.
—Eso fue sumamente convincente, Lindberg —comentó Erik, observando la reacción de la gente alrededor.
—Lo es —respondió Axel, pero sus ojos grises seguían fijos en la entrada de la cafetería, por donde la silueta de Liv acababa de desaparecer. Algo en su tono de voz no encajaba; sonaba hueco, casi sin vida.
Freja lo notó de inmediato. Su sonrisa se volvió un poco más rígida y se inclinó hacia el oído de Axel, susurrando con una suavidad que helaba la sangre.
—No te distraigas ahora que estamos en la recta final, Axel. Recuerda el desenlace de Berlín. Recuerda lo que pasa cuando olvidas quién eres.
Axel asintió de manera mecánica, sintiendo un peso insoportable sobre los hombros.
—Lo recuerdo perfectamente, Freja. No te preocupes.
me gustó mucho