Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena.
Capítulo 21: Elena
La vida cotidiana no es aburrida. Es el lienzo donde se pintan los pequeños milagros. Una sonrisa, un abrazo, una mano que sostiene la tuya. Esos son los momentos que realmente importan. Esos son los que construyen la felicidad.
Los primeros meses con Valeria fueron un torbellino de pañales, tomas nocturnas y risas interminables.
La pequeña había heredado mi carácter inquieto y los ojos verdes de su padre, y ya desde el principio demostró que no iba a ser una bebé tranquila. Se movía constantemente, como si el mundo fuera demasiado pequeño para contenerla, y su llanto tenía una intensidad que solo podía calmarse con los brazos de Mateo.
Creo que es una niña de papá dije una noche, mientras observaba a Mateo mecerla en el sillón de la habitación.
Creo que tienes razón respondió él, con una sonrisa cansada pero feliz. Pero no te preocupes. Lucía también fue así al principio.
¿Y luego?
Luego se convirtió en una niña de mamá. Así que tendremos que compartir.
Compartir no es mi fuerte reí. Pero por ella, haré una excepción.
Lucía, por su parte, se había convertido en la hermana mayor más dedicada del mundo. Cada mañana, antes de ir al colegio, se asomaba a la cuna de Valeria y le susurraba secretos que solo ellas entendían. Por las tardes, cuando volvía, corría directo a su habitación para contarle todo lo que había hecho en el día.
Hoy he aprendido a sumar le dijo una vez. Y he dibujado un caballo. Cuando crezcas, te enseñaré a dibujar caballos, ¿vale?
Valeria, por supuesto, no entendía nada. Pero sus ojos se iluminaban al escuchar la voz de su hermana, y yo, desde la puerta, sentía que el corazón se me salía del pecho.
Son hermanas dijo Isabel, apareciendo a mi lado. Dos niñas tan diferentes, pero tan unidas.
Es un milagro respondí. Después de todo lo que pasamos, verlas así es un milagro.El amor siempre hace milagros, hija. Siempre.
La vida en Punta Brava había adquirido una rutina que yo, que siempre había huido de las rutinas, ahora abrazaba con devoción.
Los días comenzaban con el café que Mateo preparaba para todos, seguido del desayuno familiar en la terraza. Luego, Lucía se iba al colegio, y yo me quedaba con Valeria y con mi madre, ayudando en la pequeña consultoría legal que había abierto en el pueblo. Por las tardes, Mateo llegaba del trabajo y nos reuníamos para cenar juntos, para hablar del día, para reír y para soñar.
Y por las noches, cuando todos se dormían, Mateo y yo nos quedábamos en la terraza, viendo el mar y compartiendo secretos.
¿Eres feliz?, me preguntó una noche, con el brazo alrededor de mis hombros.
Más de lo que nunca imaginé , respondí, apoyando la cabeza en su pecho.
Yo también. A veces pienso que todo esto es un sueño. Que en cualquier momento voy a despertar en aquella notaría, con el odio en el corazón y la certeza de que nunca volvería a verte.
No es un sueño Mateo dije, levantando la cabeza para mirarlo. Es real. Tan real como el latido de tu corazón.
Y sin embargo... hizo una pausa. A veces me pregunto si merezco esta felicidad.
¿Merecerla? pregunté, sorprendida. ¿Cómo no ibas a merecerla? Has pasado diez años protegiéndome, sacrificándote, cargando con culpas que no eran tuyas. Si alguien merece la felicidad, eres tú.
Pero yo también me equivoqué. Debí decirte la verdad antes. Debí confiar en ti.
Y yo debí escucharte. Debí preguntar. Debí ver más allá del odio. Pero no lo hice. Y aun así, estamos aquí. Juntos. Eso es lo que importa.
Mateo me besó, y en ese beso, supe que el pasado ya no tenía poder sobre nosotros. El futuro, en cambio, era un lienzo en blanco que estábamos pintando juntos.
Una tarde, mientras Valeria dormía la siesta y Lucía hacía los deberes en la mesa del salón, recibí una llamada inesperada.
Era Diego.
Elena dijo, y su voz sonaba seria. Tengo algo que contarte. Algo sobre Sofía.
Mi corazón se aceleró.
¿Qué ha pasado?
Hemos encontrado su rastro. Está en un pueblo de la costa, en el sur. Viviendo bajo otro nombre. Y parece que... parece que está enferma. Grave.
¿Enferma?
Sí. Cáncer. Le queda poco tiempo. Y ha pedido verte. Una última vez.
El mundo se detuvo.
¿Verla? pregunté, y mi voz era apenas un hilo. ¿Por qué querría verme?
No lo sé. Pero su abogado dice que tiene algo importante que decirte. Algo que no puso en la carta.
Colgué el teléfono y me quedé mirando al vacío. Sofía. La mujer que había matado a mis padres. La mujer que había destruido mi vida. Y ahora, en su lecho de muerte, quería verme.
¿Qué pasa, mi amor?, preguntó Mateo, apareciendo en la puerta.
Es Sofía respondí. Está enferma. Quiere verme.
Mateo se sentó a mi lado y tomó mi mano.
No tienes que ir si no quieres.
Lo sé. Pero tengo que hacerlo. Necesito cerrar ese capítulo de una vez por todas. Necesito mirarla a los ojos y decirle todo lo que no pude decirle.
Entonces iremos juntos.
¿Estás seguro?
Completamente. Pase lo que pase, estaremos juntos.
Y mientras el sol se ponía sobre el mar, supe que había tomado la decisión correcta.
No era venganza. No era odio. Era el cierre que necesitaba para seguir adelante.
El cierre que, quizás, nos permitiría a todos encontrar la paz que merecíamos.