La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
NovelToon tiene autorización de Maria L C para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17
La rutina en el campus ya no era la misma para Vanessa Villanueva.
Al principio todo había sido cuestión de cortesía. Un saludo aquí, una conversación breve allá, una compañía ocasional para no comer sola. Pero con los días, algo empezó a cambiar sin que ella lo notara de inmediato. La rigidez que la acompañaba desde niña comenzó a ceder, poquito a poco, como si cada momento compartido con Mariana y Carlo fuera una pequeña grieta en el muro que había construido durante años.
Esa mañana el aire estaba fresco y el sol apenas atravesaba las hojas de los árboles del jardín principal. El campus se sentía tranquilo, con ese murmullo constante de estudiantes que caminaban entre clase y clase, cargando mochilas y sueños.
Vanessa estaba sentada en el césped, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. Tenía un libro abierto en las piernas, pero no estaba leyendo. Observaba.
Observaba a Mariana, que hablaba con entusiasmo mientras agitaba su vaso de café helado, y a Carlo, que tecleaba algo en su computadora sin perderse del todo la conversación.
—Oye, nunca te había preguntado qué estudias —dijo Mariana de repente, inclinándose hacia Vanessa—. Siempre te veo con libros de economía, pero también de derecho. Ya me confundí.
Vanessa levantó la mirada despacio. Esbozó una sonrisa leve, elegante y medida, como casi todo en ella.
—Comercio —respondió—. Es parte del plan familiar. Algún día me voy a encargar de las empresas Villanueva.
Hubo un silencio corto.
Carlo dejó de teclear y levantó la vista, entre curioso y sorprendido.
—¿Empresas Villanueva? —preguntó—. Me suena ese nombre… ¿No tienen la cadena hotelera en Europa?
Mariana chasqueó los dedos como si acabara de recordar algo importante.
—Y el grupo de inversiones en Latinoamérica —agregó—. Leí sobre eso hace poco. ¡Claro! Eres de esa familia.
Vanessa asintió despacio, sin cambiar mucho la expresión.
—Sí —dijo con naturalidad—. Supongo que mi apellido me delata. Pero prefiero que me vean como una estudiante más, no como una heredera.
Carlo soltó una risita.
—Eso va a estar difícil —comentó—. No todos llegan al campus con guardaespaldas y un carro con placas diplomáticas.
Vanessa puso los ojos en blanco, aunque se le escapó una sombra de diversión.
—No es por presumir —respondió—. Es por seguridad. El apellido Villanueva no siempre atrae a gente buena.
Mariana bajó un poco la voz y la miró con empatía.
—Te entiendo… bueno, un poco. En mi familia pasa algo parecido, aunque menos intenso. Yo me voy a encargar de la hacienda en Guadalajara. Mis papás ya me están enseñando todo.
Vanessa inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Tienes hermanos?
—Sí, dos —respondió Mariana con orgullo—. Emiliano y Augusto. Ellos son más de números, de oficinas. Mi papá dice que entre los tres vamos a mantener todo en pie: ellos en los negocios, yo en la tierra.
Carlo cerró su computadora y la dejó a un lado.
—Yo no tengo herencia que cuidar —dijo con soltura—. Solo códigos, proyectos y ojeras. Pero me gusta. Es mi manera de hacer algo propio.
Vanessa lo miró. Y esta vez lo miró más de lo necesario.
Había algo en él. No sabía bien qué, pero era diferente. Su forma de hablar, su tranquilidad, su seguridad… no parecía estar escondiendo nada. Y en el mundo de Vanessa eso era raro. Muy raro.
—Entonces los tres tenemos responsabilidades grandes —dijo al final—. Cada quién en lo suyo.
—Sí, pero tú eres la que se ve más seria —comentó Mariana riéndose—. Carlo y yo somos un desastre organizado.
—No creo —respondió Vanessa con calma—. Creo que aprendí antes que las apariencias engañan.
Carlo ladeó la cabeza, interesado.
—¿Lo dices por experiencia?
Vanessa apartó la mirada y se quedó viendo el horizonte.
—Digamos que la vida me enseñó —dijo—. Pero todos tenemos algo, ¿no?
Mariana asintió, más callada esta vez.
Y por un momento los tres se quedaron en una calma cómoda, de esas pausas que no incomodan, sino que acompañan.
Con el paso de las semanas, la amistad entre ellos se volvió natural.
Demasiado natural, incluso para Vanessa.
Ya no era raro verlos juntos en la cafetería, compartiendo comida y risas. Mariana siempre encontraba una razón para celebrar algo, aunque fuera el simple hecho de haber sobrevivido a una clase difícil. Carlo, por su parte, tenía ese humor ligero que lograba sacarle una sonrisa a Vanessa incluso cuando ella intentaba no hacerlo.
Y Vanessa… empezó a cambiar.
No de forma evidente, no para cualquiera. Pero sí para quien la observara con atención.
Sonreía más, hablaba más. Escuchaba sin analizar cada palabra como si fuera una amenaza.
Aunque nunca dejaba de estar alerta.
Por las noches, cuando el campus se hundía en el silencio, Vanessa seguía siendo la misma. Llegaba a su departamento. Se sentaba en su habitación, prendía su computadora y revisaba los informes que le mandaba su equipo. Movimientos financieros, nombres, conexiones.
Siempre buscando patrones. Siempre esperando encontrar algo.
Pero últimamente su expresión ya no se veía tan tensa.
Tal vez había desconfiado demasiado, tal vez no todo el mundo escondía algo. Tal vez…
—No —susurró una noche para sí misma, cerrando un archivo—. Eso sería un error.
Una tarde, después de clases, caminaban por el jardín. El cielo estaba despejado y el aire tenía ese olor cálido de los días tranquilos.
Carlo iba hablando con entusiasmo, moviendo las manos mientras explicaba algo.
—Estamos desarrollando un sistema de seguridad en internet —decía—. No solo detecta amenazas, sino que las bloquea antes de que entren. Es como anticiparse al problema.
Mariana lo miraba impresionada.
—Eso suena complicado… y caro. Seguro te haces millonario.
Carlo soltó una carcajada.
—O me meten a la cárcel por hackear algo sin querer.
Vanessa escuchaba en silencio.
Pero una palabra le llamó la atención.
Rastreo; algo en su mente hizo clic.
—¿Dices que ese sistema puede rastrear conexiones raras? —preguntó, manteniendo un tono neutro.
Carlo la miró, curioso.
—Sí. Hasta señales ocultas o mensajes cifrados. ¿Por qué?
Vanessa no dudó.
—Me interesa saber cómo funciona —dijo—. Siempre me ha parecido fascinante cómo la tecnología puede ser un arma o una defensa.
Carlo sonrió.
—Exacto. Todo depende de quién la use. —Vanessa sostuvo su mirada un segundo más.
—Sí… de quién la use —repitió en voz baja.
Esa noche todo cambió.
Vanessa estaba en su habitación, con la luz tenue y el silencio envolviéndolo todo. La pantalla de su computadora iluminaba su cara mientras revisaba correos.
Uno nuevo apareció.
Asunto: Más información sobre Ortega.
Se le endureció un poco la expresión. Abrió el mensaje.
Román Ortega aparece en una transferencia reciente con Industrial Noaliti. Pero la firma digital es de Inversiones B&O, ubicada en Boston.
Vanessa dejó de respirar un instante... Boston.
El mismo lugar que Carlo había mencionado.
Se recostó en el sillón, mirando el techo, con el correo aún abierto.
—No puede ser coincidencia… —murmuró.
Su mente se puso a trabajar de inmediato, conectando datos, repasando conversaciones, analizando cada detalle.
Carlo riéndose esa tarde, Carlo explicando su proyecto. Carlo mencionando Boston como si fuera lo más normal del mundo.
—No… —negó suavemente—. Él no parece…
Pero la intuición Villanueva no era algo que pudiera ignorar.
Nunca se equivocaba, cerró los ojos.
—Necesito pruebas —susurró. Y con esa decisión, volvió a levantarse.
Al día siguiente el mundo seguía igual.
Mariana la esperaba frente al edificio de Economía, como siempre, con una sonrisa brillante.
—¡Vanessa! —la llamó—. Hoy vamos por un helado, y no puedes decir que no.
Vanessa la miró; por un segundo quiso decir que no, quiso volver a su rutina, a su control, a su distancia.
Pero algo dentro de ella cedió.
—Está bien —respondió—. Pero no muy tarde. Tengo cosas que hacer.
Mariana puso los ojos en blanco.
—Siempre tienes cosas que hacer. Te juro que un día te robo el celular a ver qué tanto escondes.
Vanessa la miró con una ironía leve.
—No te lo recomiendo —dijo con calma—. Algunos secretos no son tan dulces como los helados.
Mariana se rio, sin captar del todo el tono.
—Entonces algún día vas a tener que contármelos.
Vanessa dudó.
—Quizás —dijo al final—. Cuando confíe en ti.
Y esa frase se quedó flotando entre las dos, porque aunque sonó ligera, no lo era.
Mientras caminaban hacia el estacionamiento, Carlo las veía desde lejos.
Estaba apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos.
Tenía la mirada fija en Vanessa, había algo en ella que no podía ignorar.
No era solo su elegancia, ni su inteligencia, ni siquiera su misterio.
Era la sensación de que siempre iba un paso adelante. Y eso lo inquietaba… pero también lo atraía.
Suspiró largo.
—Vanessa… —murmuró su nombre, casi sin darse cuenta.
Y en ese instante, sin que ninguno lo supiera, algo más que una amistad empezaba a tomar forma.
Algo más complejo, más peligroso. Y quizás… inevitable.