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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 16 GRIETAS

*Viernes. 11:03 AM. Piso 48.*

Todo estaba demasiado normal.

Y eso ponía nerviosa a Ana.

—Los números del trimestre, en su escritorio —dijo. Dejó la carpeta. Salió.

Profesional. Cero.

Dmitri no levantó la vista. —Gracias, Asistente B.

Puerta cerrada.

Ella exhaló.

Estaba funcionando. La regla: 8 horas, jefe y asistente. Después de las 8, ellos.

Solo que el cuerpo no entendía de reglas. Porque cada vez que él decía su apellido, le temblaba algo adentro.

*1:47 PM. Comedor de ejecutivos.*

Ana fue a comer sola. Como siempre.

Irina apareció con su bandeja. Sin preguntar.

—Te veo tensa —dijo. Sentándose.

—Estoy bien —dijo Ana rápido.

—Mentira —dijo Irina—. Desde el jueves tienes cara de alguien que durmió mal. Pero de la buena.

Ana se atragantó con el agua.

Irina le pasó una servilleta. —Tranquila. Tu secreto está a salvo conmigo. Pero Katya no es tonta. Y Orlov menos.

El nombre la heló.

—Orlov no sabe nada —dijo Ana.

—Orlov sospecha —la corrigió Irina—. Y cuando Orlov sospecha, investiga.

Ana dejó el tenedor. Se le fue el hambre.

*3:20 PM. Su escritorio.*

El teléfono interno sonó.

—Beltrán. Mi oficina. Ya —voz de Dmitri. Cortada.

Ella fue.

Él estaba parado frente a la ventana. Espalda a la puerta. Traje, manos en los bolsillos.

—Cierra —dijo. Sin girarse.

Clic.

—Orlov me llamó —dijo él—. Preguntó por ti.

Ana se quedó helada.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque en la reunión del jueves te miré dos segundos de más —dijo él. Giró. Ojos furiosos. No con ella. Con la situación—. Porque Irina es buena, pero no es ciega. Porque en este piso todos huelen sangre cuando algo cambia.

Ana tragó saliva.

—¿Y qué le dijiste?

—Que eres la mejor asistente que tuve —dijo él—. Y que si vuelve a mencionar tu nombre sin una razón de trabajo, le cancelo Moscú.

Se acercó. Voz más baja.

—Pero Ana —dijo—. No podemos seguir así. Escondidos. Un error y te queman.

—Entonces ¿qué quieres hacer? —dijo ella. Voz temblando—. ¿Renunciar yo? ¿Renunciar tú? Porque no voy a ser la razón por la que pierdes todo.

Dmitri la miró. Largo.

—No —dijo—. No vas a renunciar. Yo no te voy a esconder.

Dio un paso más.

—Vamos a hacerlo bien —dijo—. Lento. Inteligente. Sin mentiras en el trabajo, sin escándalos afuera.

Ana negó con la cabeza.

—En esta empresa eso no existe, Dmitri. Aquí o eres invisible, o eres un problema.

—Entonces cambiamos la empresa —dijo él. Simple. Como si fuera fácil.

Ana se rió. Sin humor.

—Estás loco.

—Probablemente —dijo él—. Pero estoy loco por ti. Y eso no lo negocio.

Se quedaron callados. El aire pesaba.

*6:00 PM.*

Todos se fueron. Otra vez.

Ana guardaba cosas. Más lento que ayer.

Dmitri salió de su oficina. Sin saco. Mangas arremangadas.

—Te llevo —dijo.

—No hace falta —dijo ella—. Puedo tomar el bus.

—Ana —dijo él. Una orden, pero suave—. Déjame llevarte.

Ella asintió.

*6:22 PM. El coche.*

Silencio. Tenso.

—Estoy asustada —dijo ella de repente. Mirando por la ventana.

—Lo sé —dijo él.

—Tengo miedo de que esto termine mal —dijo—. De que te cansen los secretos. De que me pidan elegir entre ti y mi trabajo. Y no sé qué elegiría.

Dmitri frenó en un semáforo en rojo. Giró a mirarla.

—Entonces no elijas —dijo—. Yo elijo por los dos. Y yo te elijo a ti. Todos los días. Incluso si me cuesta la empresa.

El semáforo cambió. Siguió.

—Eso es lo que me da más miedo —susurró ella—. Que me elijas tanto.

*7:05 PM. Frente a su edificio.*

No se bajó enseguida.

—Mañana es sábado —dijo él—. No hay piso 48. No hay reglas.

—Lo sé —dijo ella.

—Ven conmigo —dijo él—. No a la cabaña. A cenar. Como dos personas normales. Sin trajes. Sin lentes.

Ana lo miró.

—Me van a ver —dijo.

—Que nos vean —dijo él—. Estoy cansado de esconder lo único bueno que me pasó en diez años.

Ana cerró los ojos. Respiró.

—Pásame a buscar a las 8 —dijo—. Y Dmitri...

—¿Qué?

—Sin chofer —dijo—. Si lo hacemos, lo hacemos nosotros.

Él asintió. Una vez.

—8 en punto —dijo.

Ana se bajó. Subió.

*8:00 PM. Sábado.*

Él tocó el timbre. En jeans. Camisa negra. Sin traje. Sin corbata.

Parecía otro hombre. Más joven. Más real.

Ana abrió.

Jeans. Camisa azul simple. Pelo suelto. Sin lentes.

Dmitri se quedó mirando.

—Estás... —empezó. Y no terminó.

—Horrible sin los lentes, lo sé —dijo ella, nerviosa.

—No —dijo él—. Estás perfecta.

Le tendió la mano.

Ella la tomó.

Salieron. Juntos. Sin esconderse.

*9:40 PM. Un restaurante chico. Afuera del centro.*

Mesa en la esquina. Luz baja.

Nadie los conocía.

Hablaron. De verdad.

Ella se rió. Él también. Dos veces.

—Esto se siente mal —dijo Ana, sonriendo.

—¿Por qué? —preguntó él, tomándole la mano sobre la mesa. Sin importarle quién mirara.

—Porque por primera vez en años no estoy contando los minutos para irme —dijo ella.

Dmitri le besó los nudillos.

—Entonces no te vayas —dijo.

*11:15 PM. Frente a su edificio otra vez.*

El coche apagado.

No se besaron. Todavía.

—El lunes —dijo él—. Vuelves como Asistente B.

—Lo sé —dijo ella.

—Y el lunes a las ocho —dijo él—. Eres Ana.

—Lo sé —dijo ella.

Se inclinó. La besó. Despacio. Afuera. Donde cualquiera podía ver.

Y no le importó.

—Buenas noches, Ana —dijo.

—Buenas noches, Dmitri —dijo ella.

Subió.

Él se quedó hasta que prendió la luz.

*Lunes. 7:59 AM. Piso 48.*

Ana entró.

Sacó gris. Rodete. Lentes.

La grieta estaba ahí. Pequeña. Pero estaba.

Entre Asistente B y Ana.

Y cada día se hacía un poco más grande.

Dmitri la miró desde su oficina.

Y por primera vez, no supo si la regla de las ocho horas iba a alcanzar.

Porque esconderla ya no era protegerla.

Ahora era hacerle daño.

*Fin del Capítulo 16.* 1.112 palabras.

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