Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 3: La ceguera del estratega.
El Penthouse de la Quinta Avenida estaba sumido en una penumbra rota únicamente por los faros de los autos que cruzaban la ciudad, Andrew permanecía de pie frente al ventanal, con la camisa blanca desabrochada en el cuello y los puños remangados. En su mano derecha sostenía un vaso de whisky, pero su atención estaba fija en la pantalla de su tableta corporativa.
En su mente, la escena del restaurante se repetía en un bucle tortuoso. La sorpresa de ver a Bianca lo había dejado sin aliento. Se pasó la mano por el cabello castaño, frustrado. Esperaba encontrar a la misma niña ingenua de trece años a la que sus palabras hirientes, habían dejado llorando en el pasillo, una chiquilla con sobrepeso a la que pretendía rescatar y moldear a su antojo. Pero la realidad lo había golpeado de frente: Bianca era ahora una mujer pelinegra espectacular, de ojos azules gélidos, con un cuerpo definido que mostraba sus arduas horas de un entrenamiento feroz.
Y lo peor de todo: los labios de esa mujer habían tocado a otro hombre frente a él.
Andrew clavó sus propios ojos verdes —esos mismos ojos verdes heredados de su padre, Liam, que solían ser sinónimo de orgullo y que ahora cargaban con el peso muerto del secreto de Tiffany Olsen— en el reflejo del cristal. Los celos lo estaban volviendo explosivo, totalmente fuera de control, porque jamás pensó que se encontraría con este escenario.
La puerta de la oficina se abrió con suavidad. Harrison, su jefe de seguridad, entró con paso firme.
—Señor Ballesteros —dijo Harrison, rompiendo el silencio—. Tengo los primeros datos del sujeto de la motocicleta. Se llama Jonathan Mills. Es un tipo fuerte, de cabello rapado, ojos cafés, con varios tatuajes en los brazos. Se mueve en los suburbios y trabaja en los muelles de Brooklyn como mecánico de motocicletas.
Andrew giró el rostro con lentitud, mostrando una calma gélida, que resultaba aterradora.
—¿Y bien? ¿Qué tipo de relación tiene con Bianca? —la voz de Andrew sonó como el filo de una navaja.
Harrison dudó un segundo, acomodándose la corbata, notablemente incómodo.
—Ahí está el problema, señor. Por más que intervine registros, pinché señales y mandé a investigar a su entorno, no logro descifrarlo. No actúan como una pareja normal de la alta sociedad. Ella estudia para ser chef, va a sus clases de día, pero de noche se pierde con él. No sé si son amigos, si son amantes o si la señorita Bianca se presta a todo esto solo para desafiar a su familia. La lealtad entre esos dos es absoluta, es un muro que no podemos penetrar desde afuera.
Andrew soltó una risa seca, bordeada de pura soberbia, y dejó el vaso de whisky sobre el escritorio de caoba.
—Es obvio, Harrison. No hay nada que descifrar —sentenció Andrew, acomodándose el cuello de la camisa—. Jonathan Mills es solo un arranque. Bianca está usando a ese delincuente rapado para castigar a sus padres y para molestarme a mí con su presunta rebeldía. Ella sigue siendo mi dulce Bianca en el fondo; solo quiere jugar a la chica mala, para hacerme pagar por haberme ido. Mañana mismo mandas a dos hombres a vigilarla de cerca en esos muelles. Quiero saber qué hace en ese mundo clandestino.
Andrew regresaba convencido de que su dinero y sus contactos podían solucionarlo todo, ciego ante el hecho de que se estaba topando de frente con una pared de concreto. Él pensaba que controlaba el tablero, pero no tenía ni la más remota idea de la hermandad infinita y el pacto de supervivencia que unía a esos dos seres.
Mientras tanto, en el almacén de Brooklyn, el rugido de los motores clandestinos se apagó para dar paso a las risas y la música baja. Bianca se quitó el casco, dejando caer su larga cabellera negra sobre los hombros. Sus ojos azules brillaban con la adrenalina de haber ganado la última carrera de la noche.
Jonathan Mills se acercó a ella caminando con esa seguridad pesada que le daban sus años de supervivencia en Queens. El neón del taller iluminaba sus brazos cubiertos de tatuajes y la dureza de sus ojos cafés. Le tendió una toalla limpia y una botella de agua.
—Corriste como un demonio, enana —dijo Jonathan con su voz áspera, ganándose una sonrisa genuina de Bianca—. Pero tu primo, el de los ojos verdes, nos mandó compañía. Hay una camioneta blindada estacionada al final del callejón desde hace una hora.
Bianca bebió un sorbo de agua, borrando la sonrisa para recuperar su semblante serio.
—Andrew no sabe cuándo detenerse. Piensa que sigo siendo la niña indefensa a la que puede pisotear —respondió ella, apretando los puños con rabia—. Cree que esto es un berrinche por molestarlo.
Jonathan soltó una carcajada corta, ajustándose los guantes de mecánico.
—Ese imbécil se cree que Nueva York se maneja con cheques. No entiende que aquí abajo mandamos nosotros, que tú y yo somos un equipo, una hermandad que su dinero no puede comprar. Quédate aquí, enana. Yo me encargo de enseñarle a sus perritos falderos cómo se respetan las reglas en Brooklyn.
Bianca lo miró y asintió con absoluta confianza. Jonathan Mills era su protector incondicional, el hombre que la había salvado de ser violada, enseñándole a correr y a disparar, el mismo al que ella había rescatado de la muerte en el pasado. Su relación era una mezcla perfecta de amigos con beneficios, con una lealtad indestructible que Andrew, por más que espiara, jamás lograría separar.