Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 4: El Reencuentro.
Capítulo 4: El Reencuentro
El aeropuerto estaba vacío a esa hora. O tal vez a mí solo me parecía vacío, porque mi cabeza estaba en otro lugar. En Nicolás. En la foto. En la mirada de Sebastián cuando dijo: "Sé lo de tu hijo".
Rebeca nos esperaba en una sala privada, reservada para vuelos ejecutivos. Eso me lo dijo Sebastián durante el viaje en su auto negro, con los vidrios polarizados y el silencio incómodo entre nosotros.
— ¿Cuánto tiempo sabes lo de Nicolás? —pregunté, mirando por la ventana.
—El tiempo suficiente.
— ¿Cuánto es suficiente?
—Camila —dijo, sin apartar los ojos del camino—, ahora no es el momento.
—Entonces, ¿Cuándo? ¿Cuándo es el momento de hablar de mi hijo? ¿De tu hijo?
Sebastián apretó el volante. Sus nudillos se volvieron blancos.
—Cuando esto termine.
— ¿Qué es "esto"?
—La pesadilla que tu hermana empezó.
No volvimos a hablar hasta llegar. La sala VIP olía a café caro y a mentiras. Rebeca estaba sentada en un sofá de cuero blanco, con una copa de vino tinto en la mano, y una sonrisa que me congeló la sangre.
Hacía dos años que no la veía. Dos años que la creía muerta.
Pero allí estaba ella. Viva. Con su cabello negro perfectamente peinado, sus uñas rojas como la sangre, sus ojos idénticos a los míos mirándome con una frialdad, que jamás había visto en mi hermana.
—Hola, Camilita —dijo, como si nada hubiera pasado—. Te ves bien para ser una viuda en potencia.
—Rebeca... —mi voz se quebró—. ¿Cómo es posible?
— ¿Cómo es posible qué? ¿Que esté viva? ¿O que haya planeado todo esto desde el principio?
Sebastián se detuvo a mi lado. No me tocó. No me miró. Pero sentí su presencia como un muro de contención.
—Dile la verdad —ordenó él. Rebeca soltó una risa corta.
—La verdad. Qué concepto tan subjetivo.
—Rebeca por favor —intervine—. Te creímos muerta. Lloré tu muerte. Mamá casi muere del corazón cuando le dieron la noticia. ¿Cómo pudiste hacernos eso?
Su sonrisa se borró.
— ¿Mamá? —Repitió, con desprecio—. Esa mujer nos abandonó cuando éramos niñas. Tú decidiste perdonarla, pero yo no.
—No nos abandonó. Ella se enfermó.
—Se fue. Nos dejó solas. Y mientras tú lamías sus heridas, yo construía un imperio desde las sombras.
— ¿Imperio? —Sebastián dio un paso al frente
—. Lo único que construiste fue un castillo de mentiras. Te hiciste pasar por otra persona.
Me engañaste a mí. Engañaste a tu hermana. ¿Y para qué? ¿Para robar?
— ¿Robar? —Rebeca se levantó del sofá. Era tan alta como yo un poco más delgada. Pero en sus ojos había un fuego que yo nunca había tenido—. Tu padre nos robó todo, Sebastián. Nuestra casa. Nuestra dignidad. Nuestros ahorros.
Mi padre se suicidó cuando él lo arruinó. ¿Eso también te lo contó? ¿O prefieres seguir creyendo que eres el héroe de esta historia?
Casi al instante hubo un silencio lúgubre entre nosotros.
Miré a Sebastián y su mandíbula estaba tensa. Sus ojos quedaron fijos en Rebeca con una intensidad que daba miedo.
—No sabía lo de tu padre —dijo al fin.
—Claro que no. Los ricos nunca saben el daño que causan. Solo firman papeles y se olvidan.
—Pero tú no te olvidaste —dije yo.
Rebeca volvió a mirarme. Y esta vez, su expresión cambió. Ya no era la hermana mayor que me protegía. Era una desconocida con mi mismo rostro.
—No —respondió—. No me olvidé. Por eso fingí mi muerte. Por eso me acerqué a Sebastián. Por eso te usé a ti, Camila.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo.
— ¿Usarme? ¿Para qué?
—Para tener un as bajo la manga. Un hijo de Sebastián.
Mi corazón se detuvo.
— ¿Qué dices?
—Hace tres años, la noche en que Sebastián y tu se acostaron, no fue obra de la casualidad.
—Dijo Rebeca con cierta prepotencia— No hermanita, yo lo organicé todo. Te llevé a esa fiesta. Te vestí como yo. Te peinaron como yo. Él estaba borracho y tú eras mi gemela idéntica. Era fácil confundirse.
— ¿Tú planeaste que durmiera con él?
—Planeé que tuvieras un hijo suyo. Un heredero. La mejor arma para reclamar lo que nos pertenece. El bebé del CEO.
El mundo se tambaleó bajo mis pies. Nico no había sido un accidente. Mi hijo había sido una estrategia. Mi niño de tres años, era solo una ficha en el juego de venganza de mi hermana.
—Eres un monstruo —susurré.
—Soy una sobreviviente —respondió Rebeca
—. Como tú deberías serlo también.
Sebastián se interpuso entre nosotras.
—Ya está bien. ¿Qué quieres, Rebeca?
¿Dinero? ¿La empresa? ¿Mi cabeza en una bandeja?
—Quiero justicia.
—No hay justicia en la venganza.
—Eso díselo a mi padre muerto.
Rebeca se acercó a mí. Tomó mi cara entre sus manos. Sus dedos fríos acariciaron mis mejillas, como cuando éramos niñas.
—Tú eliges, Camilita. Puedes quedarte con él y fingir que somos enemigas. Dejar que tu hijo crezca en esa mansión vacía, con ese apellido asesino. O puedes ayudarme a recuperar lo que es nuestro, y darle a Nico el futuro que nunca tuvimos.
Me soltó. Di un paso atrás. Mi cabeza daba vueltas y mi corazón latía entre dos mundos: el de mi hermana, a quien había llorado. Mi esposo, a quien había jurado destruir. Y el de mi hijo, que no sabía nada de nada.
—Necesito tiempo —dije.
—No tienes tiempo —respondió Rebeca.
—Sí lo tienes —dijo Sebastián al mismo tiempo.
Me miraron esperando una respuesta. Como si me estuvieran Juzgando, por no tomar partido en ese momento.
—Mañana te doy una respuesta —anuncié, y salí de la sala sin mirar atrás.
El viaje de regreso fue en silencio. Sebastián no intentó hablarme, ni yo insistí para que lo hiciera. Cuando llegamos a la mansión, subí directamente a mi habitación. Cerré la puerta con llave. Saqué mi teléfono y llamé a Lucía.
— ¿Camila? ¿Eres tú? ¿Qué pasó?
— ¿Y Nico...? ¿Está bien?
—Sí, está durmiendo. ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Todo —respondí, con la voz rota—. Todo lo que creía era mentira. Mi hermana está viva.
Ella planeó todo. Nico... Nico no fue un accidente.
— ¿Qué? No entiendo.
—Yo tampoco. Pero voy a averiguarlo. Voy a proteger a mi hijo, cueste lo que cueste.
Colgué. Y entonces en la oscuridad de mi habitación, tomé la decisión más difícil de mi vida. No por mí. No por Rebeca. Tampoco por Sebastián. Lo hice por Nico. ¡Por mi hijo! ¡Por un niño inocente que no tiene por qué cargar con la culpa, de los errores que otros cometieron en el pasado!