Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 7
Capítulo 7
Lo que no le digo
La noche después de que Sofía se fue, Alejandro le envió un mensaje a las once y cuarto.
"¿No vienes?"
Valentina miró la pantalla del teléfono de "Mariana" durante treinta segundos. Después se levantó de la cama, se puso la bata y subió al estudio.
Él estaba en el sillón de siempre, con un expediente abierto sobre las piernas y el ceño fruncido. No levantó la vista cuando ella entró, pero dijo:
—Llegas tarde.
—Me quedé dormida.
Mentira. No había pegado los ojos. Pero la alternativa era decirle "No quería venir porque ayer una mujer te tocó el brazo y me dieron celos", y eso habría sido peor que no dormir.
Destapó el arpa, se sentó, y tocó.
Eligió una pieza neutral. Algo técnico, limpio, sin la carga emocional de la música de Aurora. Alejandro cerró el expediente a los diez minutos. A los quince, tenía los ojos cerrados. A los veinte, respiraba lento y parejo.
Valentina dejó de tocar. Lo miró dormido en el sillón, con la mandíbula suelta y una mano colgando del brazo del asiento. Le quitó el expediente de las piernas, le puso una manta encima que encontró doblada en el librero, y salió sin hacer ruido.
En el pasillo se detuvo. Volvió sobre sus pasos, abrió la puerta unos centímetros y lo miró una vez más.
Dormía como si no tuviera enemigos. Como si no fuera el hombre que aterrorizaba a las juntas directivas del Grupo Quirós. Como si la música de una mujer que fingía ser otra mujer fuera lo único que le permitía descansar.
Cerró la puerta.
…
Mariana empezó a llamar dos veces al día.
Por la mañana, antes de que Valentina bajara a la cocina. Por la noche, después de las once. Siempre las mismas preguntas: qué hizo Alejandro, con quién habló, adónde fue, qué comió, si preguntó por ella, si la buscó de noche.
Valentina le daba los hechos. Los horarios. Los nombres de quienes entraban y salían de la casa. Le decía que él cenaba solo, que se encerraba en el estudio, que Bruno Estrada entraba y salía con carpetas que ella nunca lograba leer, que la tía Liliana llamaba los miércoles, que Nana le mandaba fruta a la oficina a las cuatro. Detalles secos, verificables. Le decía que él no la tocaba.
Lo que no le decía era otra cosa.
No le decía que le subía café al estudio todos los días y que él se lo tomaba sin quejas. No le decía que una noche ella estornudó en la cocina y a la mañana siguiente encontró una caja de pañuelos de seda en la mesita de noche del cuarto de servicio, sin nota, sin explicación.
No le decía que tocaba el arpa para él cada noche y que él la escuchaba con los ojos cerrados como si fuera lo único bueno que le pasaba en el día.
No le decía que una vez, mientras afinaba las cuerdas, él le dijo: "Tienes los dedos fuertes para alguien tan pequeña", y que ella le respondió: "Mi madre decía que los dedos del arpista son más fuertes que los del pianista", y él se quedó callado un momento antes de decir "Tu madre tenía razón" con una voz que sonó diferente a la que usaba para dar órdenes.
No le decía nada de eso. Porque si se lo decía, Mariana lo destruiría.
—¿Y la tal Sofía? ¿Ha vuelto?
—No.
—Bien. Esa mujer no me gusta. Le escribí para avisarle que no necesitamos visitas en la casa.
Valentina se mordió el interior de la mejilla. Mariana marcando territorio desde lejos, como siempre.
—¿Algo más, hermana?
—Sí. El sábado hay una fiesta de cumpleaños de Sofía Delgado en un resort a las afueras de la ciudad. Doña Carmen insiste en que vayamos los dos. No puedo ir yo porque todavía tengo el compromiso con mamá en Puebla. Así que vas tú.
—¿Cómo Mariana?
—Obviamente. No vas a ir como la sirvienta. —Mariana hizo una pausa. Valentina escuchó el ruido de uñas contra una superficie dura—. Va a estar toda la gente del círculo de Alejandro. La prima loca, la tal Sofía, los socios. Si metes la pata frente a cualquiera de ellos, se acaba todo. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Te voy a mandar un vestido. Negro, largo. Ponte los aretes de perla que dejé en el joyero del baño. Nada exagerado. La esposa de Alejandro Quirós no necesita llamar la atención.
—De acuerdo.
—Y Valentina.
—¿Sí?
—Si esa Sofía te dice algo, sonríe y calla. No te rebajes a competir con ella. Tú eres la esposa. Ella es la amiga. La jerarquía es clara.
Valentina apretó el teléfono. Lo que Mariana no sabía era que la jerarquía en la cabeza de Alejandro tal vez no funcionaba como ella creía. Pero eso también entró en la lista de cosas que no le iba a decir.
—Lo tengo claro, hermana.
—Bien. Ah, y llama a la abuela. Le gusta que la llames los jueves.
Colgó.
Valentina se sentó en la cama y abrió la libreta donde llevaba su registro. Dos columnas. La de la izquierda: "Lo que le digo a Mariana." La de la derecha: "Lo que me guardo."
La columna de la derecha era tres veces más larga que la de la izquierda.
…
Esa noche subió a tocar a las once en punto. Alejandro ya estaba en el sillón, esperándola.
Algo había cambiado en la dinámica. Ya no le decía "Toca." Ya ni siquiera la miraba cuando entraba. Se limitaba a cerrar lo que estuviera leyendo y reclinarse en el sillón, como un paciente esperando una medicina que sabe que funciona.
Valentina tocó durante media hora. Cuando terminó, él abrió los ojos.
—Siempre tocas con los ojos cerrados.
—Es más fácil así. Me concentro en los dedos, no en la partitura.
—No usas partitura.
—No.
Él la miró un momento largo.
—¿Cuántas piezas te sabes de memoria?
—Veintidós. Mi madre me enseñó diez. Las otras doce las aprendí sola.
—La de esa noche. La que no quisiste tocar. ¿De quién es?
Valentina se quedó quieta. La pieza de Aurora. La que solo tocaba cuando le dolía algo que no podía decir en voz alta. Alejandro la había escuchado una vez y la reconocía.
—De mi madre.
—Tócala.
—Alejandro, esa pieza...
—Tócala.
Sus ojos no le dejaban espacio para negarse. Valentina tragó, posicionó las manos sobre las cuerdas, y tocó.
La melodía llenó el estudio. Menor, descendente, con esa caída que sonaba como alguien que se va y no piensa volver. Valentina apretó los dientes para que no le temblaran los labios.
Cuando terminó, Alejandro estaba sentado al borde del sillón, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas bajo la barbilla.
No estaba dormido. La miraba con esos ojos que siempre parecían saber más de lo que decían.
—¿Cómo se llamaba tu madre?
Valentina sintió el aire trabársele en la garganta. Si le decía Aurora, él podría investigar. Si investigaba, encontraría a Aurora Reyes. Si encontraba a Aurora Reyes, encontraría a Valentina Reyes.
—Se llamaba como yo —dijo, que era verdad y mentira a la vez.
Alejandro la estudió tres segundos más. Después se reclinó en el sillón y cerró los ojos.
—Buenas noches, Mariana.
Pero la forma en que dijo "Mariana" sonó como si estuviera pronunciando otro nombre.