Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.
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Capítulo 12 – La última verdad
El auto blindado volaba por la carretera secundaria que salía de Milán. Detrás de ellos, dos vehículos negros los perseguían sin disimulo. Alessandro conducía con una mano mientras con la otra sostenía el teléfono, dando órdenes rápidas a su equipo de seguridad.
—Elena, agáchate —ordenó con voz tensa.
Ella se inclinó hacia adelante, con el corazón latiéndole en la garganta. Los disparos empezaron a sonar. Una bala impactó en la parte trasera del auto, pero el blindaje resistió.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
—A una casa segura en las afueras. Allí podremos defendernos.
Elena miró su teléfono. Tenía varios mensajes sin leer de números desconocidos. El último decía:
«Luca no es el único que quiere tu sangre.
Pregúntale a tu esposo por el verdadero motivo del incendio.»
Apretó el teléfono con fuerza y miró a Alessandro.
—Dime la verdad completa. Ahora.
Él maldijo entre dientes cuando tuvo que dar un volantazo para evitar un coche que intentaba cerrarle el paso.
—Luca y yo no solo éramos primos. Éramos socios en un proyecto secreto. Un proyecto que involucraba a tu padre y a Sofia. Cuando descubrí que Luca quería traicionarme, intenté salir. Esa noche, él decidió eliminarme. Usó a tu padre como pantalla y a ti como cebo.
—¿Y tú sabías que yo estaba allí?
Alessandro guardó silencio unos segundos.
—Sí. Lo supe horas después del incendio. Pero en ese momento pensé que eras parte del plan de tu padre. Por eso firmé el contrato… para destruirte.
Elena sintió un dolor agudo en el pecho.
—¿Y cuándo cambiaste de opinión?
—La primera noche que dormiste en mis brazos —confesó él sin mirarla—. Cuando te abracé mientras dormías y sentí que por fin tenía algo que no quería perder.
Otro disparo. Esta vez la llanta trasera explotó. Alessandro logró controlar el auto y lo metió por un camino de tierra hacia un bosque. Detrás, los perseguidores se acercaron.
—Agárrate fuerte —dijo él.
Dio un giro brusco y se escondió detrás de unos árboles densos. Apagó el motor. Los vehículos de Luca pasaron de largo.
Durante varios minutos permanecieron en silencio, solo escuchando sus respiraciones agitadas.
Alessandro tomó la mano de Elena.
—Si salimos de esto, quiero empezar de cero. Sin contrato. Sin venganza. Solo tú y yo.
Elena lo miró con lágrimas en los ojos.
—Primero tenemos que sobrevivir.
Salieron del auto y corrieron hacia una cabaña escondida entre los árboles. Era la casa segura. Alessandro activó un sistema de seguridad avanzado y llamó a sus hombres.
Pasaron la noche atrincherados. Alessandro revisaba las cámaras de seguridad mientras Elena preparaba algo de comer en la pequeña cocina. La tensión era palpable, pero también había una conexión más fuerte que nunca.
A medianoche, las alarmas saltaron. Luca y sus hombres habían encontrado la cabaña.
—Quédate aquí —dijo Alessandro, cargando un arma.
—No voy a quedarme esperando —replicó Elena—. Peleamos juntos.
Salieron al exterior. La confrontación fue brutal. Disparos, golpes, gritos. Alessandro peleaba como un demonio para protegerla. Elena, por su parte, logró golpear a uno de los atacantes con un tronco, salvando a Alessandro de una bala.
En medio del caos, Luca apareció frente a Elena con un arma en la mano.
—Todo esto es por tu culpa —escupió—. Si no hubieras aparecido esa noche…
Alessandro se lanzó contra él. Los dos primos forcejearon en el suelo. Luca logró disparar, pero la bala solo rozó el brazo de Alessandro. Elena tomó el arma que había caído y apuntó con manos temblorosas.
—¡Basta! —gritó.
Luca la miró con odio.
—Tú nunca fuiste inocente, Elena. Esa noche ayudaste a llevar el bidón. Lo recuerdo perfectamente.
Alessandro lo golpeó con fuerza.
—¡Mientes!
Pero Elena cerró los ojos. Un recuerdo claro llegó a ella por primera vez: ella, drogada, siendo obligada a caminar con un bidón en las manos. No había encendido el fuego… pero sí lo había llevado hasta allí.
—Tenía diecinueve años y estaba drogada —susurró—. No fue mi culpa.
La policía llegó minutos después, alertada por el equipo de Alessandro. Luca fue detenido de nuevo, esta vez con cargos que lo mantendrían preso de por vida.
Cuando todo terminó, Alessandro y Elena se quedaron sentados en el suelo del bosque, exhaustos y cubiertos de tierra.
—Perdóname por haber dudado de ti —dijo él, tomándole la mano.
Elena apoyó la cabeza en su hombro.
—Perdóname por no recordar antes.
Se besaron bajo las primeras luces del amanecer. Fue un beso lleno de promesas, de cicatrices y de un amor que había sobrevivido a la traición, a la venganza y a la muerte.
De regreso en la mansión, días después, Alessandro quemó el contrato original frente a ella.
—Ya no hay contrato —dijo—. Solo hay un matrimonio. Uno real. Si tú quieres.
Elena sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Sí quiero.
Se casaron de nuevo, esta vez en una ceremonia pequeña y privada. Sin mentiras. Sin secretos.
Pero en la última página de su historia, mientras Elena escribía en su diario, recibió un último mensaje anónimo:
«Felicidades por la boda.
La verdadera historia apenas comienza…
Porque Sofia no era la única que sobrevivió esa noche.»
Elena cerró el diario y miró a Alessandro, que dormía a su lado.
Sonrió con tristeza.
La guerra había terminado.
Pero las sombras del pasado nunca desaparecían del todo.