A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 19
Capítulo 19
Sonia me invitó a almorzar sola.
Mateo dijo que no.
Yo dije que sí.
Discutimos en la cocina, con el café enfriándose entre nosotros y Bruno parado en la entrada como si quisiera evaporarse.
—No vas a verla sola —dijo Mateo.
—No me vas a decir qué hago.
—Mi madre no da puntada sin hilo.
—La mía está muerta, mi madrastra me miente, mi hermana me odia y tu madre puede saber cosas. Voy.
—Entonces voy con vos.
—Dije sola.
—No confío en ella.
—Yo tampoco. Por eso quiero escucharla sin vos respirándole encima.
Mateo apoyó las manos en la mesada.
—Valentina, por favor.
Otra vez por favor.
Me estaba volviendo débil a esa palabra en su boca.
Qué peligro.
—Bruno puede estar cerca —cedí.
—Bruno va a estar en la mesa de al lado.
—Cerca, Mateo. No en mi plato.
Al final aceptó.
O hizo de cuenta.
Sonia eligió un restaurante chico en Recoleta, de esos donde nadie sube la voz porque todos se conocen demasiado. Estaba impecable, como siempre. Yo llegué con ganas de pelear y miedo de perder.
—Pensé que Mateo iba a impedirte venir —dijo.
—Lo intentó.
—Mi hijo no tolera bien que le digan que no.
—Estoy notando que es hereditario.
Sonia sonrió apenas.
Pidió vino. Yo pedí agua.
—Clara habló —dijo.
—Sí.
—Entonces ya sabés que Lucía no era una mujer fácil.
—No necesito que mi madre haya sido fácil.
—No dije eso.
—Lo insinuó.
Sonia me observó con una mezcla rara de irritación y respeto.
—Te parecés a ella.
Sentí un golpe chiquito en el pecho.
—Todos dicen eso últimamente.
—No es necesariamente un elogio.
—Me da igual.
Sonia dejó la copa.
—Mateo cree que puede protegerte de todo. No puede.
—Eso vine escuchando.
—Pero lo va a intentar igual. Y cuando Mateo intenta proteger algo, rompe lo que haga falta.
—¿Me está advirtiendo sobre su hijo o pidiéndome que lo cuide?
Por primera vez, Sonia se quedó callada.
Ah.
—No lo destruyas —dijo al fin.
Me reí, porque era absurdo.
—¿Yo?
—Sí, vos.
—Señora, su hijo maneja empresas, abogados, seguridad y media ciudad con una llamada. Yo todavía no sé dónde guarda las tazas en su departamento.
—Mateo puede perder plata, poder, familia. Ya perdió bastante. Pero si te pierde a vos después de haberte elegido, no sé qué queda.
No quería escuchar eso.
No de Sonia.
—Usted no sabe si me eligió o me usó.
—Al principio, quizá las dos. Mateo no es puro. Nadie en esta familia lo es. Pero te mira como miraba algo que nunca se animaba a tocar.
Me incomodé.
—No me hable de su hijo así.
—Entonces no me obligues a repetirlo.
El almuerzo terminó con más preguntas que respuestas. Sonia no me dio pruebas, pero sí una frase que no pude sacarme de encima: “Mateo confunde amor con control porque nunca le enseñaron otra cosa”.
Volví al departamento con esa frase en la cabeza.
Mateo estaba en el living.
—¿Qué quería?
—Advertirme que sos insoportable.
—Eso ya lo sabías.
—Y pedirme que no te destruya.
Mateo quedó quieto.
—Dijo eso.
—Sí.
—Mi madre dramatiza.
—No parecía.
Antes de que pudiera responder, Blanca entró con una carpeta y cara de haber corrido.
—Perdón, Bruno me dejó subir porque dije que era urgente.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Francisco consiguió más datos. Hay movimientos de plata desde una cuenta de Camila hacia alguien que investigaba a Elena.
Mateo tomó la carpeta.
—¿Quién te dio esto?
—Francisco.
—Francisco habla demasiado.
—Y vos hablás poco. Equilibrio.
Casi aplaudí.
Esa noche tuvimos cena familiar Alcázar-Rivas. Yo no quería ir. Mateo dijo que convenía mostrarnos juntos. A esa altura, “convenía” me daba alergia, pero fui porque si no iba, Camila iba a escribir su propia versión.
La mesa fue un espanto.
Sonia, Federico, Camila, Elena, un par de parientes Alcázar y nosotros.
Camila miró mi mano.
—Seguís usando el anillo.
—Estoy casada.
—Por contrato.
La mesa se quedó muda.
Mateo levantó la vista.
—¿Quién te dijo eso?
Camila sonrió.
—Se nota.
Blanca, que había venido conmigo porque yo necesitaba una persona normal cerca, soltó:
—Perdón, ¿vos sos la que se casó embarazada del prometido de su hermana y venís a auditar matrimonios?
Se me escapó una risa.
Camila la miró con odio.
—Nadie te habló.
—Me aburrí esperando que alguien dijera algo lógico.
Mateo apoyó una mano en el respaldo de mi silla.
No me tocó.
Todos lo vieron igual.
—Valentina y yo no tenemos que demostrarles nada —dijo.
—Entonces no se esfuercen tanto —respondió Camila.
—Cuando me esfuerce —dijo Mateo—, lo vas a notar.
Federico dejó los cubiertos.
—¿Eso es una amenaza?
—Es cortesía.
La cena siguió peor, pero yo ya no escuché tanto.
La mano de Mateo seguía cerca de mi hombro.
Y, aunque odié admitirlo incluso para mí, me tranquilizaba.
En el auto de vuelta, él me miró.
—Hoy parecíamos reales.
—No empieces.
—Lo pensaste.
—Pensé muchas cosas.
—Decime una.
Miré nuestras manos, apoyadas cerca pero sin tocarse.
—Que cuando pusiste la mano en mi silla, pude respirar.
Mateo no dijo nada.
Solo tomó mi mano.
Y esta vez no sentí la necesidad de justificar por qué no la solté.
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Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.