Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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El peso de ser una familia
Cassidy
Egin Lakes queda lo suficientemente cerca como para que el viaje no debiera sentirse largo.
Debiera.
El problema es que Adamo ocupa demasiado espacio.
Literalmente.
Luke conduce.
Yo estoy en el asiento del acompañante y Adamo atrás, con las piernas largas dobladas de una manera que parece físicamente incómoda.
—¿Esto es legal? —pregunta.
—¿Qué cosa? —dice Luke.
—El tamaño de este vehículo.
Miro hacia atrás.
—¿El niño rico está incómodo?
—Mis rodillas están aproximadamente dentro de mis pulmones.
—Puedes comprar piernas nuevas mañana.
Luke se ríe.
Adamo me mira.
—Eso fue cruel.
—Estoy aprendiendo de ti.
—Yo nunca he sido cruel contigo.
—Abusaste de mi Ducati.
—Mi Ducati.
—Eso está por determinarse.
Luke me mira de reojo.
—Cass.
—Estoy bromeando.
No estoy completamente segura.
Cuando finalmente dejamos a Adamo frente a su carpa, entiendo que no exageraba.
Tiene una tienda oscura instalada cerca de su moto de equipaje, una mochila grande, casco adicional y algunas cosas desperdigadas.
Nada parece preocuparle.
—A las ocho —dice Luke.
—¿Vendrán por mí?
—Si mi hermana no decide matarte antes.
Adamo se inclina hacia mi ventana.
—Ella ya tiene un plan.
—Varios —digo.
Sus ojos grises brillan con diversión.
—Buenas noches, Cassidy.
—Cass.
Se queda quieto.
—¿Qué?
—Todos me dicen Cass.
No sé por qué se lo digo.
Sus labios se curvan lentamente.
—Buenas noches, Cass.
Mierda.
Eso sonó demasiado bien.
—Mañana a las ocho, Greco.
—Estaré listo.
Luke arranca.
No miro hacia atrás.
Bueno. Lo hago una vez. Solo para comprobar que no se metió debajo de otro vehículo en los últimos quince segundos.
Eso es todo.
*****
Mamá ya está en casa cuando llegamos.
Lo sé antes de verla porque la luz de la cocina está encendida.
Luke estaciona.
Entramos por la puerta trasera.
Ella está frente al fregadero todavía con el uniforme del trabajo.
Tiene el cabello recogido.
Los hombros caídos.
Y esa expresión que siempre tiene al terminar la semana.
Cansancio.
Un cansancio que parece vivir en sus huesos.
—Hola, cariño.
Me sonríe a mí primero, después a Luke.
—Hola.
Me acerco y le doy un beso en la mejilla.
—¿Comiste? —pregunto.
—Todavía no.
—Voy a preparar algo.
—Cass, acabo de llegar. Yo puedo.
—Siéntate.
—Pero…
—Mamá.
Finalmente suspira y se sienta.
Luke abre el refrigerador.
—¿Papá? —pregunta.
La pregunta cambia algo inmediatamente.
Los hombros de mamá se tensan.
—Pasó por el taller, ¿verdad?
Miro a Luke.
Él me mira a mí.
—Sí —digo.
—Me dijo que necesitaba dinero —dice mamá.
Luke cierra lentamente la puerta del refrigerador.
—Se llevó lo que Cass hizo hoy.
—Luke...
—Todo.
—Dijo que necesitaba pagar unas cosas.
Me río.
No porque sea divertido.
Mamá me mira.
—¿Qué?
—Nada.
—Cassidy.
—Dije nada.
Luke apoya ambas manos sobre la encimera.
—Mamá, son casi las siete.
—¿Y?
—¿Dónde está?
—No sé.
—Exacto.
Ella suspira.
—Luke, no empieces.
Ahí está.
La frase.
La misma de siempre.
No empieces.
Nunca dirigida a él.
Siempre a nosotros.
—No estoy empezando nada.
—Tu padre ha tenido una semana difícil.
Siento cómo mi mandíbula se aprieta.
—¿Difícil haciendo qué?
—Cass.
—No, de verdad. Quiero saber.
—Sabes que ha estado con mucho dolor.
Luke se ríe sin humor.
—Curioso. Caminaba bastante bien cuando salió con el dinero.
—Cassidy.
—Estoy harto de que se lleve el dinero que hacemos.
—Luke.
La voz de mamá se endurece.
Él aparta la mirada.
Eso es lo que más odio.
No cuando papá lo trata mal.
Bueno. Eso también.
Pero odio esto.
Odio cómo después de tantos años una sola palabra de mamá todavía puede convertir a mi hermano de veintisiete años en el niño de seis que solo quería que alguien lo eligiera.
—No va a volver temprano —digo.
Mamá me mira.
—No sabes eso.
—Sí lo sé.
—Cassidy.
—Agarró casi trescientos dólares y se fue un viernes por la tarde. Probablemente está bebiendo con sus amigos.
—No hables así de tu padre.
—¿Así cómo? ¿Con precisión?
—Él tiene derecho a salir de vez en cuando.
Luke levanta la cabeza.
—¿Con la plata de ella?
—Somos una familia.
Esa frase.
Otra vez.
Somos una familia.
Cuando mamá paga.
Somos una familia.
Cuando Cass trabaja.
Somos una familia.
Cuando Luke arregla algo.
Somos una familia.
Cuando papá necesita dinero.
Somos una familia.
Pero cuando Luke necesita algo... Entonces recuerda que no es su hijo.
Aprieto las manos.
No.
Hoy no.
Ya pensé demasiado en homicidios por un día.
—¿Sabes qué? —digo—. No importa. —Mamá parece aliviada. Eso duele más de lo que debería—. Voy a hacer la cena.
—Puedo ayudarte.
—Descansa.
Me muevo hacia la cocina.
Luke pasa a mi lado.
Me toca apenas la parte posterior de la cabeza.
Un gesto pequeño.
Nuestro.
Déjalo.
No a papá.
A ella.
Porque Luke entendió mucho antes que yo algo que todavía estoy aprendiendo.
Mamá no necesita que le expliquemos quién es su marido.
Lo sabe.
Simplemente todavía lo elige.
Abro el refrigerador.
Y por alguna razón absurda, entre toda la rabia que tengo metida en el pecho, mi cerebro decide recordar unos ojos grises.
Una Ducati destrozada.
Y una voz extranjera diciendo: Buenas noches, Cass.
Fantástico.
Como si no tuviera suficientes problemas.
Ahora también tengo uno griego-italiano.
😑😑😑😑
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege