Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 18: No necesito que me rescaten
El lunes, Valentina encontró un mensaje de la compañía de seguros en su correo.
Le solicitaban otra copia del acta de matrimonio y una certificación bancaria actualizada para continuar con el trámite. No era un rechazo, pero tampoco era una respuesta sobre cuándo recibiría el dinero. Imprimió la lista de documentos y la guardó junto a los papeles de la empresa.
En la mesa, la libreta de gastos seguía abierta. Amalia había anotado los pagos de ese mes y marcado cuáles podían esperar. La ayuda de emergencia de Devereaux Group había servido para cubrir lo inmediato, pero el seguro y las prestaciones todavía estaban pendientes.
Valentina no quería que la preocupación se convirtiera en el centro de la casa. Sin embargo, tampoco podía fingir que los números no existían.
—Hoy voy al banco y después paso por la escuela —le dijo a su madre—. Me pidieron unos documentos.
—Yo recojo a los niños.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme cada vez que te ayudo.
—Ya sé. Pero igual te lo agradezco.
Antes de salir, revisó el correo del proyecto. Clara había enviado los comentarios de la empresa sobre el informe de la actividad. Los resultados eran mejores de lo que esperaban: los cuatro negocios habían recibido nuevos clientes y varios visitantes habían preguntado cuándo sería el próximo encuentro.
Al final del mensaje, Clara mencionaba una propuesta para extender el piloto y añadir otros dos comercios.
Valentina se quedó mirando la pantalla. Aquello podía significar más trabajo y un ingreso adicional. También significaba que la campaña había funcionado.
Le escribió a Mariana para organizar una llamada en la tarde.
La reunión con Clara fue al día siguiente. Esta vez, Maximiliano no asistió. Valentina y Mariana revisaron los resultados, las tareas pendientes y la propuesta de extender el proyecto por otras seis semanas.
—El equipo está satisfecho con la respuesta —dijo Clara—. El señor Devereaux quiere que preparemos una segunda etapa. Habrá dos negocios más y una actividad en el complejo cuando el acceso esté listo.
—¿La actividad estará abierta a los comerciantes desde el principio? —preguntó Valentina.
—Sí. Estamos considerando que algunos puedan instalar puestos temporales.
—Entonces hay que definir condiciones claras: costos, horarios, espacio y responsabilidades. No podemos invitar a los negocios sin decirles exactamente qué se espera de ellos.
—De acuerdo. ¿Puedes preparar una propuesta para esta semana?
—Sí. Pero quiero que se incluya el pago por coordinación y seguimiento. La primera etapa cubría el contenido y el evento comunitario. La segunda implica más reuniones y más trabajo en el lugar.
—Eso es razonable —dijo Clara—. Lo incluiré en el presupuesto.
Al terminar la reunión, Valentina regresó a casa y llamó a Mariana. Juntas prepararon el alcance de la segunda etapa. Definieron horas de trabajo, número de publicaciones, reuniones y tareas de coordinación. Valentina no quería pedir una cifra arbitraria, pero tampoco iba a ofrecer su trabajo por menos solo porque estuviera retomando su carrera.
Dos días después, Clara confirmó que la propuesta había sido aprobada.
En el mensaje también había una nota de Maximiliano:
El nuevo acuerdo cubrirá las responsabilidades adicionales. Revise con Clara los términos antes de aceptar.
Valentina leyó la frase dos veces. No sonaba cálida, pero tampoco paternalista. Había reconocido que el trabajo adicional debía pagarse.
Aun así, cuando Clara llamó para hablar de un anticipo, Valentina se puso tensa.
—La empresa puede adelantar una parte del pago para cubrir los gastos de producción —explicó Clara—. El resto se abonará por entregas.
—¿Por qué quieren adelantarlo?
—Para que no tengas que financiar tú los materiales, traslados y parte de la coordinación.
Valentina dudó.
—¿Esto se lo ofrecieron a Mariana también?
—El anticipo se calcula para el equipo del proyecto. No es una ayuda personal, Valentina. Está incluido en el presupuesto.
La explicación era clara, pero la oferta le recordó las palabras de Maximiliano sobre sus cinco hijos y la muerte de Gabriel. No quería que la trataran como una mujer a quien había que rescatar. Había aceptado apoyo de su familia porque eran familia. En el trabajo quería que la valoraran por lo que hacía.
—¿Podrías enviarme el desglose por escrito? —preguntó—. Quiero revisar qué parte es producción y qué parte corresponde a mis honorarios.
—Claro. No hay problema.
Valentina recibió el documento esa misma tarde. Lo revisó con Mariana. El anticipo se distribuía entre los gastos acordados y una parte de sus honorarios. No había condiciones ocultas ni referencias a su situación personal.
—Es un pago por adelantado —dijo Mariana—. No una donación.
—Lo sé.
—Entonces puedes aceptarlo sin sentir que le debes algo a Maximiliano.
—No quiero que piense que puede resolver mis problemas con dinero.
—Lo que él piense no cambia lo que dice el contrato. Si el pago es justo y está documentado, es parte del trabajo.
Valentina volvió a leer el acuerdo. Tenía razón. No necesitaba rechazar algo legítimo solo para probar que podía arreglárselas sola.
Firmó el documento.
El viernes, Clara la llamó para que llevara una copia firmada a las oficinas de Devereaux Group. Le dijo que Maximiliano quería revisar el calendario de la segunda etapa.
Cuando Valentina llegó, la asistente de él la condujo a su oficina. Era amplia, con ventanales y pocos objetos sobre el escritorio. Maximiliano se encontraba de pie, hablando por teléfono en un tono breve y firme. Terminó la llamada en cuanto ella entró.
—Señora Ferrer.
—Señor Devereaux. Traje el acuerdo firmado.
Ella dejó los documentos sobre el escritorio.
—Clara me dijo que revisó el anticipo.
—Sí. Está claro en el desglose.
—Bien.
Valentina esperó por si tenía algo más que decir. Él no se sentó.
—La segunda etapa exigirá más coordinación —dijo Maximiliano—. No quiero que acepte tareas que no pueda cumplir.
—Las horas y responsabilidades están especificadas en el contrato.
—Lo sé. Me refiero a su situación familiar.
Valentina se puso más rígida.
—Mi situación familiar no cambia el trabajo que hago.
—No estoy diciendo que lo cambie.
—Entonces no necesito que me recuerde que tengo cinco hijos cada vez que hablamos de un proyecto.
Maximiliano guardó silencio. La expresión de su rostro se endureció, aunque no alzó la voz.
—Lo mencioné porque puede afectar su disponibilidad.
—La disponibilidad está acordada. Si tengo un problema con el horario, se lo comunicaré. Pero no quiero que me ofrezcan dinero adicional ni flexibilidad por lástima.
—El anticipo forma parte del presupuesto del proyecto. No lo propuse por lástima.
—Eso espero.
—¿Cree que yo uso el dinero para comprar la confianza de la gente?
Valentina lo miró con franqueza.
—Creo que está acostumbrado a solucionar los problemas ofreciendo recursos. Pero no todos los problemas se resuelven así.
Por un instante, la respuesta pareció irritarlo. Después apoyó las manos sobre el escritorio.
—Tiene razón en una parte. Estoy acostumbrado a buscar soluciones rápidas.
—Y yo estoy acostumbrada a resolver las cosas por mi cuenta.
—Eso también puede ser un problema.
—Puede. Pero no voy a aceptar que me traten como si fuera incapaz de decidir por mí misma.
Maximiliano bajó la mirada al contrato. Cuando volvió a hablar, su tono era más medido.
—No pienso que sea incapaz. Si lo pensara, no le habría asignado esta etapa.
Valentina no respondió.
—La primera actividad salió bien —continuó él—. Usted resolvió un problema en el momento, defendió a los comerciantes y presentó resultados sin exagerarlos. Eso es lo que me hizo aprobar la ampliación.
—Gracias.
—El anticipo es una condición de trabajo, no un favor. Si no lo quiere, puede rechazarlo.
Valentina respiró con calma.
—Ya lo acepté porque entendí el desglose. No porque necesite que usted me rescate.
—No he dicho que lo necesite.
—Bien.
—¿Siempre debe tener la última palabra?
—Solo cuando alguien intenta decidir por mí.
Esta vez, Maximiliano sí sonrió, aunque fue apenas un gesto fugaz.
—Eso será complicado.
—El proyecto o yo.
—Ambos.
—Entonces tendrá que acostumbrarse.
Él la miró con una mezcla de exasperación y algo que Valentina no supo interpretar.
—El calendario se mantiene. Clara coordinará las reuniones y usted tendrá libertad para organizar el contacto con los comercios.
—Mientras se respeten los horarios acordados.
—Mientras se cumplan las entregas.
—De acuerdo.
Valentina tomó una copia del documento.
—¿Algo más?
—Sí. Clara me dijo que recibió una solicitud adicional de la aseguradora. ¿Ya tiene los papeles?
Valentina sintió que el tema volvía a invadir una conversación de trabajo.
—Estoy reuniéndolos.
—La empresa puede proporcionarle una constancia laboral y los documentos que necesite para completar el trámite.
—Eso sí lo necesito. Es parte de la documentación del accidente.
—Se la enviarán hoy.
—Gracias.
No hubo más ofrecimientos ni frases compasivas. Maximiliano se acercó a su escritorio y llamó a Clara para pedirle que gestionara la constancia.
Cuando Valentina salió de la oficina, se sintió extrañamente tranquila. Había dejado clara una frontera. Él no la había aceptado con entusiasmo, pero tampoco la había ignorado.
Al llegar a casa, encontró a sus hijos haciendo la tarea en la mesa. Amalia había preparado una merienda y Elvira estaba ayudando a Julieta con una actividad.
—¿Cómo te fue? —preguntó su madre.
—Aprobamos la segunda etapa del proyecto.
—¿Y el pago?
—Está incluido en el contrato. Acepté el anticipo después de revisar cada parte.
—¿Te sientes bien con eso?
Valentina lo pensó.
—Sí. No es caridad. Es el pago por el trabajo que voy a hacer.
Amalia asintió.
—Entonces no tienes que sentirte culpable.
Isabella, que escuchaba desde la mesa, preguntó:
—¿El señor Devereaux intentó mandarte?
—Un poco.
—¿Y qué hiciste?
—Le expliqué que puedo trabajar con él sin que decida todo por mí.
—¿Te hizo caso?
—Lo suficiente.
Isabella pareció satisfecha.
Esa noche, Valentina volvió a revisar el contrato. El proyecto le daría trabajo durante varias semanas y ayudaría con los gastos de la casa. No resolvería todos los problemas, pero era un ingreso que había ganado con sus ideas y su esfuerzo.
No necesitaba que nadie la rescatara.
Necesitaba una oportunidad justa, y ahora la tenía.
Mientras guardaba los documentos, encontró la fotografía de Gabriel entre las páginas de su libreta. La sostuvo un momento.
—Estoy intentándolo —susurró.
No sabía qué habría pensado él de Maximiliano, de las reuniones ni del trabajo. Solo sabía que Gabriel siempre había querido que ella pudiera elegir su propio camino.
Y Valentina estaba empezando a hacerlo.