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Reencarné Para Destruirte

Reencarné Para Destruirte

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Romance / Venganza
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Nancy Hurtado

Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.

NovelToon tiene autorización de Nancy Hurtado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La carta para Adrian

Capítulo 18

La carta para Adrián

Encontramos a mi padre todavía en el despacho, así que lo enfrentamos sin rodeos.

Yo comencé a hablar y Adrián se quedó a mi lado.

—Necesito la carta.

—¿Qué carta? —respondió mi padre, desconcertado por verme con Adrián allí.

—La que mi abuela dejó para Adrián.

Su rostro cambió.

—No sé de qué hablas.

—Me estás mintiendo.

—Yo sé que usted la tiene —intervino Adrián—. La señora Elena la dejó para mí, pero usted se la llevó antes de que yo llegara.

Mi padre cerró el cajón de su escritorio.

—Tú no te metas. Esto es un asunto familiar.

—Todo lo que tenga que ver conmigo también tiene que ver con él —respondí, molesta por su actitud.

—Ya déjalo, Victoria. Olvida todo esto.

—No.

—Tu abuela estaba enferma.

—Eso no significa que puedas ocultarnos sus documentos.

—Lo hice para protegerte.

—Todos dicen eso.

Me acerqué.

—Y todos terminan mintiéndome.

Mi padre bajó la mirada.

—No entiendes lo que estaba ocurriendo.

—Entonces explícamelo.

Sacó un sobre y lo dejó sobre la mesa. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Esta es la carta?

—Sí.

La tomé. Tenía el nombre de Adrián, pero había algo escrito debajo.

"No entregar hasta que Victoria recuerde".

Un temblor me recorrió las manos.

—¿Qué significa esto?

Miré a Adrián y él negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Qué sabía mi abuela que yo olvidaría?

—No sé.

—Entonces, ¿qué debería recordar?

Él guardó silencio. Abrí la carta. La letra de mi abuela era clara.

"Adrián, si algún día Victoria vuelve a buscarte, no intentes convencerla de nada. Solo protégela".

Mis manos temblaron.

Continué.

"Ella creerá las palabras de las personas que más ama. Ese será su mayor peligro".

Levanté la mirada.

Mi padre parecía incómodo.

Seguí leyendo.

"No permitas que nadie utilice mi herencia para separarlos".

Mi respiración se detuvo.

—¿Separarnos?

No podía ser.

La carta continuaba.

"Si Victoria llega a casarse con una persona que no es la adecuada, será demasiado tarde".

Cerré los ojos.

Mi abuela había previsto exactamente lo que ocurrió, o algo parecido.

Pero había una última frase.

La leí lentamente.

"Y si Victoria regresa después de haber muerto, dile que nunca fue su culpa".

El papel cayó de mis manos.

Adrián se sobresaltó, preocupado.

—¿Qué dice?

No respondí. Solo pensé en mi muerte.

En Adrián.

En el incendio.

En sus palabras.

"Te he amado desde que éramos niños".

Mi abuela lo sabía.

No entendía cómo podía haber escrito aquello, ni qué había ocurrido exactamente.

Pero sabía que Adrián no era mi enemigo.

—Tengo que irme.

Mi padre me sujetó del brazo.

—Victoria.

—Suéltame.

—Te lo dije, tu abuela estaba enferma. No puedes confiar en lo que escribió.

—No hables así de mi abuela. Ella no estaba loca.

Adrián se interpuso entre los dos y mi padre me soltó.

—No puedes confiar en Adrián.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque él también tiene secretos.

—Todos los tenemos.

Me di la vuelta y salí.

En el jardín le entregué la carta a Adrián. Él la leyó en silencio y, cuando terminó, cerró los ojos.

—Ella sabía.

—¿Qué?

—Que algún día descubrirías la verdad.

—¿Sobre nosotros?

—Sobre todo.

Lo miré.

—¿Por qué nunca me dijiste que existía?

—Porque no sabía si debía.

—¿Y ahora?

—Ahora sí. —Se acercó—. Te amo, Victoria.

Sentí que las lágrimas llenaban mis ojos.

—No me lo digas si no estás seguro.

—He estado seguro desde que tenías ocho años.

Lo besé.

Esta vez no hubo interrupciones, no hubo miedo; solo nosotros.

Nos separamos y volvimos a leer la carta.

—¿Tú sabías desde antes lo que decía esta carta?

Adrián negó lentamente.

—Sabía que Elena había preparado algo, pero no sabía exactamente qué contenía.

—¿Por qué no te la entregó directamente?

—Tu abuela hizo muchos planes, y también muchas cosas que no parecían lógicas hasta que sucedían. Quizás sabía que tu padre se quedaría con la carta y que no querría dármela. No lo sé. Tal vez todo fue parte de su plan.

—Entonces mi padre desobedeció a mi abuela, y mi abuela lo había previsto.

—Parece que sí.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Y qué significa la frase sobre mi regreso?

Adrián tardó en responder.

—No lo sé.

—Pero te preocupa.

—Sí.

—A mí también.

Me aparté unos pasos.

La idea de que mi abuela hubiera escrito sobre una posible vuelta después de mi muerte era demasiado extraña.

No sabía si aquello significaba que había previsto algo sobrenatural o si simplemente había dejado una frase para un futuro que nunca imaginó, pero había una cosa que sí podía comprobar.

Necesitaba saber qué había ocurrido en esta familia mucho antes de mi muerte.

—Debemos encontrar los documentos que mi abuela estaba investigando antes de morir.

—¿Los tienes?

—No.

—¿Patricia?

—Probablemente.

Eso me dio una dirección. En ese momento, el teléfono vibró.

El número desconocido había vuelto a escribir.

"No abras la segunda parte del testamento todavía".

Fruncí el ceño.

—¿Otra vez?

Le mostré el mensaje.

Adrián lo leyó.

—¿Quién sabe que existe esa segunda parte?

—Patricia. Mi padre. Lucía.

—Y quien te está escribiendo.

Guardé el teléfono.

—Entonces tenemos que averiguar quién de ellos está hablando.

Adrián tomó mi mano.

—No voy a dejarte sola.

Esta vez no discutí. Necesitaba confiar en alguien y quería que fuera él.

No quería volver a cometer el mismo error: confiar ciegamente en una persona solo porque me decía que me amaba. Había pasado demasiado tiempo pagando ese precio.

—Adrián —dije—, si descubro que alguien intentó separarnos...

—Lo enfrentaremos.

Lo miré.

—Juntos.

Esta vez su palabra no me dio miedo. Me dio esperanza.

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