Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 5: ¿Porqué Me Hiciste Esto?
Conseguir empleo se convirtió en una pesadilla diaria. Las empresas rechazaban la hoja de vida de Renata apenas leían la falta de experiencia reciente. En el pasado, ella había sido una secretaria impecable, rápida y eficiente; pero el mundo se había modernizado a pasos agigantados. Ahora exigían dominio de programas avanzados, manejo de agendas digitales complejas y una agilidad tecnológica que a ella le costaba horrores entender. En cada entrevista le ponían la misma cara de lástima fingida antes de lanzarle la frase definitiva: «Nosotros la llamamos».
El tiempo corría sin piedad. La fecha para el pago de la cuota bancaria estaba encima, y las deudas del hogar no daban tregua. Los servicios públicos estaban por vencer y la colegiatura de Sergio, su hijo menor, vencía en pocos días. Si no pagaba la mensualidad del colegio, el muchacho no podría presentar los exámenes finales. La desesperación comenzó a ahogar a Renata.
Fue entonces cuando recordó el joyero guardado en el fondo del armario de su habitación.
Ahí reposaban los regalos que Fernando le había hecho durante veinticinco años de matrimonio: anillos de aniversario, cadenas de oro, pulseras elegantes y pendientes que él siempre le entregaba con sonrisas vanidosas, asegurándole que eran piezas exclusivas y carísimas. Para Renata, aquellos objetos ya habían perdido todo su valor sentimental; no eran más que recuerdos amargos del hombre que la había traicionado. Sin dudarlo un segundo, empacó las joyas en su bolso y salió decidida a venderlas en el centro de la ciudad para pagar el colegio de Sergio y abonar algo al banco.
Entró a una compraventa de oro y empeños prestigiosa. Se sentó frente al tasador, un hombre mayor de lentes gruesos, y puso la caja de terciopelo sobre el mostrador.
—Quiero vender todo esto, por favor —dijo Renata con la voz firme—. Necesito el valor en efectivo de inmediato.
El hombre tomó la primera cadena con una pinza, la examinó bajo una lupa de aumento y luego probó el metal con un líquido sobre una piedra de toque. Repitió el proceso con los anillos y los aretes, moviendo la cabeza con una mueca de duda.
—Señora... ¿de dónde sacó usted estas piezas? —preguntó el evaluador, quitándose los lentes.
—Me las regaló mi esposo a lo largo de nuestro matrimonio. Son de oro puro y gemas preciosas, él siempre las compraba en joyerías de prestigio.
El hombre soltó un suspiro pesado y empujó la caja de regreso hacia ella.
—Lo siento mucho, señora, pero le mintieron. Ninguna de estas piezas es de oro macizo. Son solo fantasía fina, baños de metal muy delgados sobre bronce y zirconias sintéticas. El valor real es mínimo, no le da ni para cubrir una fracción de lo que usted espera.
Renata se quedó helada en la silla. Una risa amarga y llena de impotencia se le atoró en la garganta. Fernando ni siquiera en eso había sido real. Durante años la hizo creer que le regalaba joyas valiosas mientras guardaba el dinero verdadero para su otra vida, dejándole a ella solo bisutería barata y apariencias falsas.
Salió del local con la caja de terciopelo apretada contra el pecho, caminando bajo la lluvia sin saber qué hacer. La última opción de dinero rápido se le acababa de romper en las manos y la fecha límite del banco vencía en menos de una semana.
Al llegar a la casa, la indignación y la impotencia acumuladas durante semanas finalmente estallaron en el pecho de Renata. Entró a la habitación principal a pasos ciegos, apretando la caja de joyas falsas contra sus dedos. Se detuvo frente a la mesa de noche, donde descansaban los retratos enmarcados de Fernando sonriendo, el hombre que le había jurado amor eterno mientras la rodeaba de mentiras baratas y ruina.
Con las manos temblándole de furia, Renata tomó los portarretratos uno a uno y los estrelló con violencia contra el suelo. El cristal se rompió en mil pedazos. Fuera de sí, arrancó las fotografías de papel, las rasgó en pedazos minuciosos y los arrojó al piso, dejando solo migajas de papel y vidrio esparcidos por la alfombra.
—¡¿Por qué me hiciste esto?! —gritó al aire, cayendo de rodillas entre los destrozos—. ¡¿Por qué, Fernando?! ¡Te di mi vida entera! ¡Te cuidé, te amé, crié a tus hijos! ¡¿Por qué nos dejaste en la calle?!
Sus reclamos retumbaron en las paredes vacías de la habitación mientras rompió en un llanto amargo y desgarrador, desplomándose sobre el borde de la cama, derrotada por el peso de una traición que no le daba tregua.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.