Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 16: Espejismos en la fiebre
Victoria Morgan.
La luz plateada de la luna llena se filtraba a través de los amplios ventanales del balcón, acompañada por la brisa helada y nostálgica de una noche eterna en Londres, en ese santuario privado donde las reglas del mundo real no existían, sentía sus manos grandes y ásperas recorriendo con una posesividad abrasadora cada fibra de mi piel. Sus labios devoraban los míos, quemando mi garganta, besando cada rincón de mi cuerpo y arrancándome gemidos que se ahogaban contra su boca. Mis dedos se aferraban con desesperación a las sábanas de lino mientras él intensificaba el ritmo, tomándome de los pechos con rudeza antes de hundirse en mí con una fuerza salvaje, cruda y desatada que me borraba el pensamiento.
Me hacía suya sin contemplaciones, dejándome completamente sin aliento. La forma en que sus dedos apretaban mi cuello cortándome casi la respiración, lejos de asustarme o molestarme, encendía una chispa animal en mi interior que me empujaba al borde del abismo de la locura. Mi cuerpo entero exigía más de él, de esa extraña, peligrosa y voraz manera de follarme en la más absoluta penumbra de la alcoba. Su voz, convertida en un susurro ronco, sucio y cargado de intenciones junto a mi oreja, me erizaba hasta el último vello de la nuca, provocándome una excitación febril y visceral que jamás, ni en mis años de relación con Dante, había llegado a experimentar con nadie más.
Nuestros cuerpos sudaban al unísono, pegados en un compás frenético y perfecto, como si Dios nos hubiera fabricado a medida exclusivamente para encajar el uno en el otro en medio de esta maldita guerra. Los choques y los roces de piel contra piel resonaban como un eco sordo en el silencio de la habitación, bajo el parpadeo distante de la luna...
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Un pitido electrónico, agudo y mecánico, destrozó de golpe la fantasía.
Abrí los ojos de par en par, cegada por la luz blanca y estéril que rebotaba en las paredes del cuarto. No estaba en ninguna romántica alcoba londinense; estaba tendida en una cama de hospital, conectada a un suero, sudando frío y con el corazón martillándome las costillas.
¡Había tenido un maldito sueño erótico con mi propio cuñado, y para colmo me había despertado sudorosa y temblando como una colegiala!
Alguien tosió con sequedad a los pies de la cama. Giré la cabeza con lentitud, y mi corazón se detuvo por completo al descubrir al mismísimo demonio de mis pesadillas de pie junto a la ventana, cruzado de brazos y mirándome con una sonrisa torcida que destilaba burla pura.
—Dicen los manuales de medicina que una fiebre alta suele provocar delirios y alucinaciones... pero jamás pensé que llegara al grado de tener sueños húmedos con tu superior directo, Teniente —soltó Alec con una elegancia cínica, sin borrar esa maldita sonrisa arrogante de los labios.
Abrí la boca para articular su nombre, horrorizada de que hubiera adivinado siquiera una fracción de lo que pasaba por mi cabeza, pero las palabras se me quedaron atragantadas en la garganta. En ese instante, la puerta se abrió y el médico de guardia entró con su tableta médica en la mano, interrumpiendo el suplicio. Mi mente seguía divagando, atrapada en el eco de su tacto en el sueño, sentía náuseas de mí misma, no podía, no debía mirar a mi cuñado de esa forma, y mucho menos permitir que él disfrutara del poder que ejercía sobre mí.
"Era un maldito calienta bragas con rango militar, y lo odiaba con cada fibra de mi alma."
—Por fortuna, la toxina que le inyectaron en el cuello era una dosis de prueba muy pequeña; su objetivo principal no era matarla de inmediato, sino provocar un colapso nervioso y un desmayo fulminante. No obstante, parece ser una fórmula sintética compleja que aún sigue siendo analizada por los químicos en el laboratorio de la F.E.E.M. —nos explicó el especialista con tono profesional—. Su organismo ha respondido bien a los lavados. En un par de horas podrá recibir el alta y mañana estará en condiciones de retomar sus actividades con normalidad.
El médico terminó de revisar mis signos vitales, anotó un par de observaciones en su tabla y se marchó, dejándonos nuevamente solos en la tensión asfixiante de la habitación.
—¿Y Dante? —pregunté de inmediato, buscando desviar la atención de la mirada clavada de Alec.
—Supongo que cumpliendo con su deber en la base —respondió él con desinterés—. Has estado inconsciente durante diez días seguidos. Todos han tenido que seguir trabajando, incluyendo a tu novio. En cuanto los médicos lo dieron de alta de sus propias heridas, se encerró a cal y canto en las oficinas centrales de la F.E.E.M.
La respuesta me cayó como un balde de agua helada. No podía negar que dolía en lo más hondo comprobar que Dante no había estado junto a mi cama cuando abrí los ojos por primera vez. Pero, al mismo tiempo, una parte rebelde, oscura y contradictoria de mi naturaleza se alegraba estúpidamente de haber encontrado a Alec parado ahí, cuidándome en silencio.
—¿Y tú? —le solté con curiosidad, entrecerrando los ojos—. ¿Qué demonios haces aquí cuidando mi puerta?
—Por protocolo médico, debían avisar a un superior en caso de emergencias críticas. Valente está patrullando los accesos exteriores con Kincaid, y Megan está asignada en el turno operativo con Dante. Yo era el único oficial libre en la base, y de todos modos no tengo la costumbre de abandonar a mis soldados en desgracia —contestó con una indiferencia helada que no tenía por qué apuñalarme el pecho... pero lo hizo.
Dio media vuelta y salió de la habitación sin decir más. Volvió un cuarto de hora después cargando una bolsa de plástico transparente que arrojó sin cuidado sobre el sofá individual.
—Ahí tienes tu ropa, teniente. Te la mandó mi madre; son las prendas que usualmente dejas guardadas en el vestidor de la alcoba de Dante —escupió con una frialdad capaz de congelar el fuego.
Me mantuve en silencio, negándome a darle el gusto de verme afectada. No quería hablar con él, no quería tener ningún tipo de vínculo que me arrastrase al abismo, y en el fondo lo único que deseaba era que apareciera alguien más para sacarme de allí. Pero era una ilusión estúpida, mi novio prefería perderse entre carpetas de investigación en la maldita base antes de venir a verme, a pesar de que yo había terminado en esa cama de hospital por su culpa, porque Marco Moretti me había cazado a mí únicamente para evitar que destruyera a Dante... y al final resultó ser el hermano mayor de este quien había cuidado todo el tiempo para sacarme de las fauces del infierno.
Horas más tarde, el médico regresó con los papeles del alta definitiva y se los entregó en la mano a Alec, quien de inmediato se retiró al pasillo para darme privacidad mientras me cambiaba de ropa. En la bolsa venía un conjunto cómodo: un pantalón de chándal y una sudadera gris con franjas blancas en las mangas, una blusa ligera de manga corta y mis zapatillas deportivas. Me vestí con torpeza, sintiendo el cuerpo adolorido, y me recogí el cabello en una coleta alta y tirante.
Cuando abrí la puerta para salir, una enfermera joven y de sonrisa coqueta estaba charlando muy de cerca con Alec en el marco. Él no la apartaba, parecía divertirse con la atención. Al ver aquello, una rabia sorda e irracional me recorrió la sangre. Tomé mi bolso con brusquedad.
—Supongo que ya me puedo largar de este maldito lugar —solté con tono cortante, pasando al lado de ambos sin mirar a la enfermera, que asintió intimidada por mi expresión.
Caminé a grandes zancadas por el pasillo, ignorando por completo los llamados secos de Alec que resonaban a mis espaldas. Sentí sus pesados pasos alcanzándome, hasta que una mano de hierro me agarró con fuerza del brazo y me hizo girar de golpe, empujándome contra la dureza de su pecho.
—¿A dónde mierda crees que vas tú sola en estas condiciones? —me recriminó con la respiración alterada y los ojos oscuros de furia—. ¿Quieres que te vuelva a cazar un comando de Moretti o qué demonios te pasa por la cabeza?
—¡A mí nadie me secuestró, maldita sea! ¡Yo fui por mi propio pie a ese maldito edificio, yo me entregué voluntariamente a Marco porque era eso o terminaban matando a Dante y a tus padres! —le grité a la cara, estallando en un llanto de rabia contenida, y le arrojé con fuerza el teléfono celular que había sacado de la bolsa de plástico—. ¡Tenía a su gente vigilando cada rincón de este hospital, y si no me presentaba ahí, iban a masacrar a todos, incluida mi sobrina de cinco años!
—¡¿Por qué demonios no me llamaste a mí antes de hacer semejante estupidez?! —rugió él, sacudiéndome ligeramente de los hombros.
—¡Lo hice, joder! Te llamé tres malditas veces y me enviaste directo al puto buzón de voz por estar jugando al machito alfa, ¡no tuve opciones porque tú no me diste ninguna al ignorar mis llamadas, Coronel! ¡Yo cumplo con mi deber y cuido a mis soldados, aunque a ti te importe una mierda!
Ya no pude contenerme más. Exploté por completo, me zafí de su agarre con un empujón, le arrebate el celular y corrí hacia la salida del hospital. Paré el primer taxi amarillo que paso frente a las puertas de urgencias, me arrojé a la parte trasera y le pedí al conductor que acelerara. tome mi teléfono y marqué de prisa a mi empleada doméstica para pedirle que saliera a la entrada del edificio a pagar el viaje, ya que no llevaba cartera ni dinero conmigo y no tenía idea de dónde diablos había quedado mi bolso.
No importaba nada más. Solo necesitaba llegar a mi departamento, meterme bajo una ducha hirviendo que me arrancara de la piel el maldito olor a hospital, y suplicarle a mi mente que borrara de una vez por todas los recuerdos del sueño y la presencia de Alec Cross. Era un pecado con patas, una condena andante... y yo juré que no pensaba quemarme en el infierno por su culpa.