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YO SOY ANA KARENINA

YO SOY ANA KARENINA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Época
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.

Pero el destino le concede una segunda oportunidad.

Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.

También conoce un secreto.

Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.

Ana no piensa permitir que esa historia se repita.

Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.

Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.

Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.

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El Reencuentro y el Contrato

El eco de sus propios pasos sobre el parqué lustrado del corredor principal rompió el silencio opresivo de la residencia Karénin. Ana avanzó con calma, sintiendo el peso de los recuerdos amargos que habitaron cada rincón de aquella casa. Todo permaneció intacto, frío y pulcramente ordenado, reflejando la personalidad metódica del hombre que gobernó su vida anterior como un juez implacable.

Sin detenerse a quitarse el abrigo de pieles, Ana se dirigió directamente hacia la puerta de la habitación infantil. Su corazón, congelado por la sed de venganza, experimentó un vuelco violento al rozar el pomo de bronce. Giró la manija con delicadeza y empujó la madera sin hacer el menor ruido.

En la penumbra del aposento, iluminado solo por la tenue luz de una lámpara de noche, vio a su pequeño hijo Seriozha dormido entre las sábanas blancas.

El dolor contenido durante años de ausencia forzada estalló en su pecho. En su vida pasada, la crueldad de Karénin la privó de ese niño, prohibiéndole cualquier contacto y levantando un muro infranqueable de castigo social. Le arrebataron su infancia, sus besos y sus abrazos.

Ana se acercó a la cama con pasos de fantasma y se hincó sobre la alfombra. Extendió los brazos temblorosos y rodeó el pequeño cuerpo de su hijo, estrechándolo contra su pecho con una desesperación contenida. Lo abrazó con toda la fuerza de su alma, aspirando el olor dulce e inconfundible de su piel.

El niño se removió entre sueños, soltó un leve suspiro y acomodó su pequeña cabeza contra el hombro de su madre, buscando instintivamente su calor. Ana cerró los ojos, dejando que un par de lágrimas silenciosas rodaran por sus mejillas. Aquel abrazo no representó un acto de debilidad; fue un juramento sagrado. Ningún tribunal, ningún funcionario y ningún decreto la separaría de nuevo de su hijo.

—Nadie me volverá a alejar de ti —susurró Ana al oído del pequeño, besando sus finos cabellos dorados antes de arroparlo con extrema ternura.

Se levantó con la determinación renovada y abandonó la estancia a paso firme. Sabía perfectamente a quién debía enfrentar a continuación.

Caminó por el pasillo hasta la puerta del despacho personal de su esposo. No se molestó en tocar; simplemente empujó la hoja doble de madera y entró en la habitación iluminada por la luz de una lámpara de escritorio.

Alexéi Karénin estuvo sentado tras su imponente escritorio de caoba, revisando minuciosamente un montón de documentos oficiales con un tintero de plata a su lado. Al escuchar el portazo, el alto funcionario levantó la vista despacio, acomodándose los anteojos sobre el puente de la nariz con una mueca de evidente desaprobación.

—¿Son estas horas de llegar, Ana? —preguntó Karénin con una voz seca, monotonamente calculadora—. El baile imperial concluyó hace bastante tiempo. Tu ausencia prolongada resulta una falta de respeto al decoro de nuestra familia y a mi posición en el Ministerio.

Ana lo observó desde la entrada con una frialdad despectiva. Contempló a aquel hombre de gestos rígidos y oídos endurecidos que jamás la amó ni la comprendió. Para Karénin, ella nunca pasó de ser una adquisición conveniente, un adorno necesario para proyectar una imagen de respetabilidad y moralidad impecable ante la sociedad de San Petersburgo.

—El tiempo transcurrió sin que lo notara, Alexéi —respondió Ana con indiferencia, avanzando hacia el centro del despacho sin mostrar la menor sumisión.

Karénin frunció el ceño, extrañado por la falta de culpa o de nerviosismo en la actitud de su esposa. Se erguó en su sillón de cuero y juntó las yemas de los dedos sobre la mesa.

—Tu conducta de esta noche fue observada por personas influyentes —dijo el funcionario con tono inquisidor y severo—. Me informaron que te vieron en compañía del joven oficial Vronsky y que, posteriormente, desapareciste por los pasillos superiores del palacio. Sabes perfectamente que cualquier rumor, por insignificante que sea, afecta de manera directa mi carrera política y la reputación del Ministerio.

Ana dejó escapar una risita baja y helada que descolocó por completo a Karénin.

—¿Tu reputación, Alexéi? —cuestionó ella con la mirada fija en sus ojos—. Siempre preocupado por la opinión de la corte y por los papeles del gobierno. Jamás te importó lo que sentí o lo que necesité en esta casa.

El alto funcionario se puso de pie bruscamente, indignado por la audacia descarada de su mujer.

—¡Exijo respeto en mi propia casa! —exclamó Karénin, alzando la voz por primera vez—. Tu deber como esposa es mantener la dignidad de nuestro apellido. No toleraré que tu ligereza arruine lo que construí con años de servicio al Imperio.

—No arruinaré absolutamente nada, Alexéi —replicó Ana con una serenidad aplastante—. Porque a partir de esta noche, las cosas entre nosotros cambiaron para siempre.

Karénin la miró con asombro, intentando descifrar el origen de semejante arrogancia. Acostumbrado a una esposa dócil y sumisa, la presencia que tuvo enfrente le pareció la de una desconocida completamente armada.

—¿De qué estás hablando, Ana? ¿Te volviste loca?

—Pronto lo entenderás —sentenció Ana, dando la vuelta con elegancia para dirigirse hacia la salida del despacho.

Se detuvo bajo el marco de la puerta y giró levemente la cabeza, mirando a su esposo sobre el hombro con una sonrisa cargada de triunfo contenido.

—Sigue revisando tus valiosos documentos del Ministerio, Alexéi. Disfruta de la autoridad que crees tener sobre esta casa y sobre mi vida. El destino no te pedirá permiso cuando te arrebate todo lo que tanto cuidas.

Sin esperar la respuesta del hombre, Ana abandonó el despacho, dejando a Karénin solo en medio de un silencio inquietante y cargado de sospechas.

Subió las escaleras hacia su recámara con el corazón latiendo con fuerza pero con la mente absolutamente clara. Volvió a ver a su hijo, lo sostuvo entre sus brazos y dejó las cosas claras con el hombre que pretendió encarcelarla. Con el Zar Alejandro II protegiendo sus espaldas desde la sombra, el poder de Karénin terminó y la verdadera batalla por la corona apenas comenzó.

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Gleirys Carolina
😅😅
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa
EspirituCreativo: 🤭 Nuestra ana vivió mucho algo tuvo que aprender
total 1 replies
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