"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 9: El depredador desciende (Perspectiva de Matteo)
Estaba en la sala de juntas principal, liderando una reunión con los directores operativos para anunciar las rutas y los tiempos del próximo embarque petrolero del mes. Los mapas y los números flotaban en el proyector, pero mi mente estaba en otra parte.
Se abrió la puerta lateral y el Ruso entró con paso apresurado. Se inclinó sobre mi hombro y me susurró al oído las palabras exactas que llevaba días esperando escuchar:
—Ella está abajo. Pregunta por usted.
La reunión se terminó en un segundo. Me puse de pie con tanta brusquedad que la silla de cuero se deslizó hacia atrás.
—Se acabó por hoy. Los detalles se los mando por correo al jefe de operaciones —ordené con voz cortante, saliendo de la sala a zancadas.
Mientras caminaba por los pasillos con pasos medidos, calculados y fríos, por dentro mi corazón rugía como un huracán. Los informes que el Ruso me había entregado esa misma mañana me habían dejado completamente obsesionado. Desde el día en que salí de aquel hotelucho, mis hombres la habían vigilado de cerca, tal como lo ordené.
Sabía todo de ella. Sabía que se llamaba Katherine Castell porque habían rastreado el registro del hotel; sabía que tras salir de ahí se había metido a hurtadillas como una ladrona por la ventana de un departamento para rescatar una mísera bolsa negra de consorcio con su ropa; sabía que trabajaba como tutora privada y limpiando en centros comerciales; y sabía que se alojaba en un albergue gratuito, racionando cada moneda porque la mitad de lo poco que ganaba se lo mandaba en secreto a su hermana menor. «¿Por qué tardó tanto en llegar a mí?», me había preguntado al leer el informe, sintiendo una mezcla extraña de respeto por su orgullo y frustración por su sufrimiento.
Llegué al ascensor privado y descendí directamente al vestíbulo principal.
A medida que las puertas de metal se abrieron, una escena frente a los mesones de recepción hizo que la sangre me hirviera de golpe, transformándose en lava pura.
Allí estaba Katherine. Sostenía la tarjeta negra entre sus dedos temblorosos, con la ropa gastada, el semblante demacrado por el hambre y los ojos llenos de una profunda humillación. A su lado, una de las empleadas de recepción del corporativo la sujetaba de los brazos con desprecio, sacudiéndola levemente mientras le gritaba en la cara:
—¡Descarada! ¿Te crees que este es un comedor de beneficencia o un refugio para pordioseras? Sal de aquí antes de que llame a la policía y te echen a patadas, hueles a miseria a metros de distancia.
Los guardias de seguridad se acercaban para flanquearla, listos para arrojarla a la calle como si fuera basura.
El aire de la sala pareció congelarse. Avancé hacia ellos sin prisa, pero con una presencia tan pesada y amenazante que hizo que todos los empleados del vestíbulo contuvieran la respiración al instante.
—Que alguien me explique... —mi voz salió ronca, baja, cortante como el filo de un cuchillo que no necesita elevarse para aterrar a nadie—, exactamente qué mierda está ocurriendo aquí.