Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 20
El noveno día llegó con el aire espeso.
Ayla lo notó en cuanto cruzó la puerta de atrás. Yusuf caminaba un paso detrás, como siempre, pero hoy el pasillo de los médicos olía distinto. Más a hierbas fuertes. Más a miedo contenido. El eunuco anciano ni siquiera levantó la vista cuando pasaron.
Kael no estaba en la silla ni en la cama. Estaba medio incorporado sobre los cojines, con el tablero caído al suelo y el carbón roto a la mitad. El sudor le corría por las sienes. Las manos le temblaban tanto que no podía sostener ni el borde de la manta.
—Hoy es el día nueve —dijo sin mirarla—. Mañana se cumplen los diez.
Ayla dejó la bandeja. Se arrodilló, recogió el tablero y lo puso otra vez sobre las piernas inmóviles de él. Buscó un trozo de carbón entero. Escribió despacio, con letra firme:
**¿Qué vas a hacer?**
Kael leyó. Soltó una risa corta, sin humor.
—Si firmo, les entrego el ejército. Si no firmo, mañana Zahir entra aquí con el consejo y me declara incapaz. —Miró el papel—. Tú ya me dijiste lo que harías.
Ayla escribió debajo:
**Romper el sello.**
—Y después —preguntó él—. ¿Qué? ¿Me quedo sin firma y sin poder?
Ella pensó un momento. Después trazó:
**Que firmen ellos. Tú niegas después. Con testigos.**
Kael se quedó mirando esas palabras. El temblor de las manos se calmó un poco.
—Eso es peligroso. Si falla, nos matan a los dos.
Ayla sostuvo la mirada. Escribió una sola palabra:
**Sí.**
Él soltó el aire despacio. Después señaló el borde de la cama.
—Acércate más.
Ayla se movió. Se sentó en el borde, lo bastante cerca para que él pudiera hablar sin alzar la voz. Kael la miró un rato largo. Los ojos oscuros estaban nublados por el dolor, pero claros.
—Anoche volví a soñar con tu jardín —dijo—. Los granados estaban en flor. Tú tenías sangre en las manos. Yo no podía moverme. Solo mirarte.
Ayla no escribió nada. Solo escuchó.
—Si mañana viene Zahir con el consejo —continuó él—, quiero que estés aquí. En la habitación. Callada. Invisible. Pero aquí.
Ella asintió.
Kael levantó una mano y le rozó los nudillos. El contacto fue breve. Casi nada. Pero Ayla lo sintió hasta el estómago.
—Si esto sale mal —dijo él—, no intentes defenderme. Sal. Escápate. Usa lo que sabes.
Ayla tomó el carbón otra vez. Escribió en el margen del papel:
**No.**
Kael leyó. Negó con la cabeza, pero no insistió.
Cuando el médico llegó, Ayla se levantó y se quedó junto a la pared, como una sombra más. Yusuf esperaba fuera. El médico inyectó, anotó y salió. Kael se quedó más calmado, pero los ojos seguían abiertos.
—Mañana temprano —dijo antes de que ella se fuera—. Antes que nadie.
Ayla inclinó la cabeza y salió.
En el patio de los naranjos el sol ya calentaba. Lina estaba fregando sola. Al verla, levantó la vista y no preguntó nada. Solo le pasó el trapo limpio. Nur no estaba. Tampoco Yasmin. El patio parecía más vacío de lo normal.
Ayla se arrodilló. El agua fría le subió por las muñecas. Fregó en silencio.
Mañana se cumplían los diez días.
Mañana Zahir vendría con el consejo.
Y ella estaría dentro de la habitación.
Callada.
Invisible.
Y lista.