Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
Sígueme y conocerás más aventuras con la dra rencarnada.
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Una decisión compartida...
El invierno llegó antes de lo esperado. Una mañana, Luna abrió la puerta de la vivienda y encontró el suelo cubierto por una capa blanca. Los copos caían despacio entre los árboles, espesando el silencio del bosque. En el asentamiento, todos se apresuraron a guardar las últimas provisiones y asegurar las puertas antes de que la nieve bloqueara los caminos. Vaelorian apareció poco después con dos brazadas de leña.
—Parece que tendremos que acostumbrarnos a esto —dijo, dejando los troncos junto a la entrada.
—Al menos tendremos un techo —respondió Luna—. Y bastante leña, gracias a ti–.
—No la corté toda yo–, le dice avergonzado.
—Pero siempre encuentras una razón para traerme más—. Vaelorian bajó la mirada, ocultando una sonrisa.
—Supongo que me gusta saber que estarán bien–. Luna entendió que no hablaba solo de ella. Miró hacia el interior, donde los cachorros dormían arropados, y luego volvió a mirarlo.
—A nosotros también nos gusta tenerte cerca–. La frase quedó suspendida entre ambos. Vaelorian pareció querer decir algo, pero en ese momento Scott lo llamó desde el otro lado del asentamiento. Él se marchó tras responder con un gesto, y Luna se quedó en la entrada, pensando en lo que acababa de decir.
Más tarde, cuando los cachorros estuvieron atendidos, Luna buscó a sus compañeros. Encontró a Scott junto al depósito de provisiones, revisando unas listas junto a Pauly Kael, ordenando mantas cerca del fuego.
—¿Puedo hablar con ustedes? —preguntó, Scott levantó la vista y enseguida notó la seriedad en su rostro.
—Claro. ¿Pasa algo?– le pregunta acercándose a ella.
—No. O… no lo sé. Es sobre Vaelorian–. Kael intercambió una mirada cómplice con Paul, pero no dijo nada. Scott dejó la lista a un lado.
—Te escuchamos–. Luna respiró hondo. Le costaba poner en palabras algo que llevaba varios días creciendo dentro de ella.
—Me siento bien cuando está cerca. Confío en él. Y sé que se preocupa por los cachorros, pero… también empieza a importarme de una forma distinta–. Scott la observó con calma.
—¿Quieres formar un vínculo con él?, aquellas palabras le costaron pronunciarlas.
—Creo que sí —respondió Luna—. Pero no quiero apresurarme ni confundir la gratitud con algo más. Ha hecho mucho por nosotros. No quiero que sienta que le debo nada–.
—Eso es importante —dijo Kael —. Un vínculo no puede nacer de una deuda. Tiene que ser una elección de los dos–.
—Lo sé. Por eso quería hablarlo con ustedes antes de hacer algo. No sé si él siente lo mismo–. Paul sonrió con suavidad.
—No podemos hablar por él. Pero sí podemos decirte que se le nota cuando estás cerca–. Luna bajó la mirada, algo avergonzada.
—¿De verdad?– les pregunta avergonzada.
—Cuando tú entras en una habitación, deja de fingir que está concentrado en otra cosa —dijo Paul —. No es precisamente difícil de notar–. Scott le dirigió una mirada de advertencia, aunque también sonreía.
—Lo importante es que hables con él. Sin presión. Dile lo que sientes y pregúntale qué quiere–. Luna asintió. La conversación no le había dado una respuesta, pero sí el valor para buscarla.
Esa tarde, encontró a Vaelorian en el borde del asentamiento, comprobando la empalizada. La nieve caía sobre sus hombros y se le derretía en el cabello. Luna se acercó despacio.
—¿Tienes un momento?, le preguntaba nerviosa.
—Para ti, sí–. La respuesta fue sencilla, pero hizo que Luna sintiera un cosquilleo de nervios en el pecho.
—Quería hablarte de algo. Y prefiero que sepas que no tienes que responder de inmediato–. Vaelorian dejó la herramienta a un lado y le prestó toda su atención.
—De acuerdo–, le dijo.
—Desde que llegamos, me he sentido más segura contigo. No solo porque nos hayas ayudado, sino porque… me gusta estar a tu lado. Me gusta cómo tratas a los cachorros y cómo haces espacio para que yo decida por mí misma–. Él permaneció quieto, como si temiera interrumpirla.
—He estado pensando en lo que significa formar un vínculo de pareja —continuó Luna—. No quiero que pienses que te lo propongo por agradecimiento. Si llegáramos a hacerlo, tendría que ser porque ambos lo deseamos–. Vaelorian tardó un momento en responder–.
—Me alegra que me lo digas. Yo también he pensado en ello–. Luna buscó su mirada.
—¿Y qué quieres tú?– le pregunta ella.
—Quiero seguir conociéndote —dijo él—. Quiero estar contigo, pero no quiero apresurarte ni pedirte más de lo que deseas ofrecer. Si algún día formamos ese vínculo, quiero que sea porque los dos estamos seguros–. Luna sintió que los hombros se le relajaban.
—Eso es lo que yo quería oír–, ella le sonríe.
—Entonces podemos ir despacio —dijo Vaelorian—. Sin promesas que todavía no estemos listos para hacer–.
—Despacio —repitió ella.
Vaelorian le tendió la mano, pero esperó antes de tocarla. Luna entendió la pregunta silenciosa y puso la suya sobre la de él. El contacto fue cálido, incluso con el frío de la nieve alrededor.
No hubo una ceremonia ni un juramento. Solo un acuerdo sencillo entre los dos: seguir acercándose, hablar con honestidad y descubrir juntos si aquel sentimiento podía convertirse en un vínculo.
Al regresar al asentamiento, caminaron tomados de la mano. Cuando Scott los vio llegar, no hizo preguntas. Se limitó a sonreír y volver a sus tareas.
Esa noche, mientras el viento golpeaba las paredes de la vivienda, Luna se sentó junto a Vaelorian cerca del fuego. Los cachorros dormían a pocos pasos, envueltos en mantas. Él no intentó acercarse más de lo que ella permitía, pero dejó su mano abierta entre ambos. Luna entrelazó sus dedos con los de él. Por primera vez, la idea del invierno no le pareció tan larga.