NovelToon NovelToon
LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Blazers, bufetes y cafés quemados

El verdadero problema de los blazers de talla grande en el mundo corporativo no es solo encontrar uno que te quede bien; el verdadero problema es encontrar uno que no te haga parecer que vas a presidir la junta directiva de una empresa de 1950 o que estás a punto de vender seguros de vida de puerta en puerta.

Sandra Bautista suspiró, dejando caer los hombros frente al espejo de cuerpo entero de su habitación. Se ajustó el cuello de la chaqueta color carbón. Le quedaba perfecta en los hombros; el sastre había hecho un trabajo milagroso con la tela, pero las caderas… bueno, las caderas tenían opiniones propias sobre el corte recto de la prenda y se negaban rotundamente a cooperar con la silueta de "reloj de arena" que prometían las revistas de moda que ella nunca compraba.

—Si te sigues mirando con esa cara de pocos amigos, el tejido se va a arrugar solo por simpatía —se dijo a sí misma en voz alta, imitando el tono severo y cascarrabias de su profesora de derecho constitucional en la universidad.

Se dio una vuelta completa, haciendo que la tela rozara sus muslos. La gravedad actuaba de manera diferente cuando tenías curvas reales y el poliéster de la tienda departamental era de baja calidad. ¿Crees que esto grita "abogada junior implacable que va a ganar el caso" o grita "me perdí yendo a una entrevista para cajera de banco en un pueblo fantasma"?

Sacudió la cabeza, rechazando la inseguridad antes de que echara raíces. No había trabajado durante cinco años en la facultad, perdido incontables horas en la biblioteca, sobrevivido a tres simulacros de juicios orales y devorado kilos de papel para dejarse intimidar por un trozo de tela mal cortado. Se enderezó, sacó el pecho, alzó la barbilla y sonrió al espejo. La sonrisa no llegó del todo a sus ojos por los nervios, pero la postura era impecable. Sandra Bautista estaba lista para comerse el mundo, o al menos para intentarlo.

Caminó a la pequeña cocina de su departamento. El silencio de la mañana era su único compañero; el lugar estaba en esa calma peculiar de las siete de la mañana. Preparó su café con la precisión de un químico forense, midiendo los gramos de grano molido y la temperatura del agua, y lo vertió en su termo térmico favorito, el de acero inoxidable con abolladuras de guerra. El café del bufete, según los rumores de los foros de internet que había investigado a las tres de la mañana con insomnio, sabía a agua de lavar platos y a desesperación. Ella no estaba dispuesta a aceptar esa derrota en su primer día.

Media hora después, Sandra estaba de pie frente al imponente edificio de cristal y acero del Bufete Galvis. Respiró hondo, ajustando la correa de su bolso de cuero sintético en el hombro. El edificio era un monolito diseñado por arquitectos que odiaban la calidez humana, creado específicamente para hacer sentir pequeños a los mortales. Empujó la puerta giratoria y el aire acondicionado del vestíbulo la golpeó de inmediato, junto con la vista de la recepción de mármol blanco y las orquídeas frescas que probablemente costaban más que su renta mensual. Todo era minimalista, caro y silencioso.

Perfecto. Ella también podía ser silenciosa e intimidante.

—Buenos días, soy Sandra Bautista. Tengo cita con el socio director, el licenciado Galvis, para mi incorporación —le dijo a la recepcionista, una chica impecable cuyo uniforme parecía más caro que el auto de Sandra, y que la miró con una expresión que oscilaba entre la curiosidad clínica y el esnobismo más puro.

—Tercer piso, sala de juntas B. El ascensor de cristal a su derecha —indicó la chica sin levantar la vista de su monitor de doble pantalla, tecleando algo con uñas perfectas.

El viaje en ascensor fue solo. Sandra usó los treinta segundos para mirar su reflejo en el acero pulido de las puertas y repetir su discurso mental como un mantra. Sonríe, pero no demasiado para que no piensen que eres ingenua. Sé firme, pero no agresiva, para que no te llamen "difícil" o "emocional". Y, por el amor de Dios, no hagas chistes sobre la jurisprudencia aunque mueras de los nervios.

Las puertas se abrieron con un ding suave y melodioso. Caminó por el pasillo de alfombra gris, ahogando el sonido de sus propios tacones, hasta la sala B. Al entrar, encontró a un grupo de seis personas sentadas alrededor de una mesa de caoba que probablemente costaba más que toda su carrera universitaria junta. En la cabecera estaba el licenciado Galvis, un hombre de unos cincuenta y cinco años con canas en las sienes, traje a medida y mirada de tiburón blanco oliendo sangre en el agua.

—Ah, la señorita Bautista. Puntual. Me gusta —dijo el licenciado Galvis, haciendo un gesto con la mano para que pasara al centro de la sala, quedando de pie frente a todos como en un estrado—. Como les comenté en el correo, Sandra se integra hoy a nuestro departamento de litigio civil. Viene de la Universidad Nacional con honores, fue editora de la revista de derecho y tiene una recomendación muy sólida de su catedrático de derecho procesal. Sandra, preséntate, por favor. Y que no muerda.

Sandra se puso de pie, enderezando la espalda y apoyando las manos en el respaldo de la silla. Se sentía el peso de las miradas. Cuatro hombres de traje gris o azul marino y dos mujeres con cortes de pelo geométricos y gafas de diseñador la escaneaban de arriba abajo. Era esa mirada evaluadora que las mujeres plus-size conocen tan bien, esa que intenta descifrar en fracciones de segundo si tu intelecto es proporcional a tu talla de cadera.

—Buenos días a todos. Soy Sandra Bautista —empezó, con una voz clara, proyectada desde el diafragma, agradeciendo mentalmente las clases de oratoria que tomó en la prepa para no sonar como un ratón asustado—. Es un honor estar aquí. Sé que en el Bufete Galvis la excelencia no es una meta, es el estándar mínimo exigible. Mi objetivo es aportar mi capacidad de análisis, mis horas de sueño perdidas y, sobre todo, mi altísima tolerancia al café quemado para sacar adelante los casos que me asignen. Espero aprender mucho de la experiencia de ustedes y, si me lo permiten, intentar no quemar el edificio en mi primera semana.

Un par de risas nerviosas, pero genuinas, rompieron el hielo. Una de las mujeres con gafas de pasta gruesa incluso sonrió abiertamente, relajando los hombros. El licenciado Galvis asintió, apenas un milímetro, lo cual en su rostro pétreo equivalía a una carcajada de aprobación.

—Bienvenida al equipo, Sandra. Tome asiento. Su caso de iniciación será la revisión de los expedientes de la fusión de Inversiones del Norte. Se los asignaré a…

La puerta de la sala de juntas se abrió en ese momento, interrumpiendo al socio director con un chirrido suave que resonó en el silencio tenso de la habitación.

—Llego tarde, lo sé. El tráfico en la Reforma es un crimen que debería tipificarse en el código penal con cadena perpetua —dijo una voz masculina, grave, con un acento que mezclaba la cadencia local con un dejo inconfundible y elegante de Madrid. El tono era divertido, casi burlón, e hizo que Sandra levantara la vista de su libreta.

El hombre que entró era, objetivamente, un problema. Era alto, de al menos un metro ochenta y cinco, y llevaba un traje azul marino que estaba sastre a medida hasta el último milímetro, sin una sola arruga, como si lo hubieran planchado con él puesto. Tenía el cabello castaño peinado hacia atrás con una despreocupación estudiada, y una mandíbula que podría cortar cristal. Pero lo que realmente llamaba la atención no era solo su físico de portada de revista, sino la energía que traía: relajada, segura, casi arrogante, pero con una sonrisa de medio lado que suavizaba el efecto y lo hacía peligrosamente accesible.

—Julián, por fin te dignas a aparecer. Pensé que te habías perdido en la cafetería o que te habías ido a comprar pan con tomate —dijo el licenciado Galvis, suspirando y frotándose la sien—. Te presento a Sandra Bautista, nuestra nueva abogada junior. Julián García, nuestro nuevo socio junior que viene de la oficina de Madrid. Él será quien te supervise directamente en el caso de Inversiones del Norte.

Julián García se giró hacia ella. Sus ojos, de un color café muy claro, casi color miel, se encontraron con los de Sandra. Él no la escaneó de arriba abajo como los demás. No hubo esa mirada evaluadora ni ese juicio silencioso. La miró directamente a los ojos, con una intensidad que la pilló desprevenida, y luego bajó la vista brevemente hacia el termo metálico abollado que Sandra tenía apoyado en la mesa de caoba.

—¿Café propio? —preguntó Julián, acercándose a la mesa. Su voz era más suave de cerca, con ese acento madrileño que hacía que las palabras sonaran más melódicas.

—Café de supervivencia —respondió Sandra, recuperando el aliento y sin perder el contacto visual, negándose a ser intimidada por sus pestañas—. El de la máquina del tercer piso sabe a desesperación, tiza y rencor.

Julián soltó una risa corta, genuina y profunda que pareció vibrar en la mesa. —Tienes toda la razón. La máquina del tercer piso es un crimen de guerra contra la humanidad. Bienvenida, Sandra. Prepárate, porque los expedientes de Inversiones del Norte son más aburridos que leer los términos y condiciones de un software en ruso, pero te prometo que haré que valga la pena.

—Lo tendré en cuenta, licenciado García —dijo ella, con un tono seco pero con los ojos brillando por la diversión.

—Llámame Julián. Y tú debes llamarme Sandra, no "licenciada Bautista", porque me hace sentir que estoy a punto de ser demandado por acoso laboral o algo peor.

—Trato hecho, Julián. Bienvenido al caos.

La reunión continuó, pero Sandra sintió una extraña chispa de electricidad estática en el aire cada vez que Julián hablaba. Era inteligente, rápido, y tenía una forma de mirarla que la hacía sentir que realmente estaba prestando atención a lo que ella decía, a sus palabras y no a su talla.

Cuando la reunión terminó, Sandra fue escoltada a su escritorio. Era pequeño, en un cubículo abierto, pero suyo. Empezó a organizar sus carpetas, su termo y su libreta, intentando ignorar el corazón acelerado que tenía. Es solo el primer día, se dijo. No te enamores del supervisor, ni de la máquina de café, ni de las orquídeas de la recepción.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play