Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 6: El faro en la tormenta
El mar se vuelve salvaje a medida que Leo se acerca a la costa. La carretera se estrecha, se vuelve más sinuosa, y el viento sacude el coche como si fuera una lata de refresco. La luna ha desaparecido detrás de una capa gruesa de nubes negras, y el cielo ha adquirido ese tono verdoso que precede a las tormentas. El golpeteo del motor se ha vuelto más insistente, un latido metálico que parece sincronizarse con los latidos de su propio corazón.
Lleva casi dos horas conduciendo desde Puerto Escondido. El móvil se ha quedado sin batería dos veces y ha tenido que cargarlo con el cargador del coche, que apenas funciona. La última vez que pudo ver el mapa, el faro estaba a menos de cuarenta kilómetros. Ahora, con la tormenta acercándose, cada kilómetro se siente como una eternidad.
El coche negro no ha vuelto a aparecer. Pero Leo sabe que eso no significa que esté solo. La silueta del hombre de las botas sigue grabada en su memoria, observándolo desde la puerta de esa casa fantasma. No corrió tras él. No hizo nada. Solo miró. Como si supiera que Leo no podía escapar de su destino.
Las primeras gotas de lluvia golpean el parabrisas. Al principio son pocas, perezosas, pero en cuestión de segundos se convierten en un manto denso que reduce la visibilidad a pocos metros. Leo enciende los limpiaparabrisas, pero apenas consiguen mantener un hueco despejado en el cristal.
—Vamos, aguanta —murmura al coche, como si fuera un caballo cansado.
El Renault tiembla. Las ruedas patinan sobre el asfalto mojado. Pero sigue avanzando, metro a metro, hacia el faro.
Entonces la ve. A lo lejos, en la cima de un acantilado, un destello. Un haz de luz que gira lentamente, cortando la oscuridad y la lluvia. El faro del Cabo Tormenta.
—Estoy casi —susurra Leo, y acelera.
La carretera se vuelve un camino de tierra embarrada cuando se acerca al acantilado. Leo frena al llegar a una barrera de madera que bloquea el paso. Una barrera oxidada, con un cartel colgado: "Zona peligrosa. Acceso restringido."
Pero no piensa detenerse. Baja del coche y, bajo la lluvia torrencial, aparta la barrera con ambas manos. La madera cruje, los clavos oxidados se doblan, y la barrera cae al suelo con un golpe sordo. Vuelve al coche y atraviesa el camino.
El faro está a menos de quinientos metros. Se alza imponente sobre el acantilado, pintado de blanco y rojo, con una cúpula de cristal en la cima que gira lentamente. Su luz se enciende y se apaga, barriendo el mar en busca de barcos perdidos. Es un espectáculo hermoso y aterrador a la vez.
Leo estaciona a unos metros de la entrada. Apaga el motor y, por un momento, solo se queda sentado, escuchando el golpeteo de la lluvia contra el techo del coche y el estruendo de las olas allá abajo. Sabe que una vez que ponga un pie dentro del faro, las cosas van a cambiar. Para bien o para mal.
Saca todas las notas que ha ido recolectando: la de la mesilla del hospital, la de la carta en el coche, la del pueblo, la dirección de su casa, el pasaporte de Irene, el mechón de cabello rubio. Las extiende sobre el asiento del copiloto, como un detective colocando pistas sobre una mesa. Hay una docena de piezas sueltas que aún no encajan:
· ¿Por qué su esposa (o la que dice ser su esposa) está muerta o viva?
· ¿Quién es la rubia Irene?
· ¿Quién es "T"?
· ¿Quién es el remitente anónimo?
· ¿Qué saltó? ¿De dónde? ¿Por qué?
· Y la más importante: ¿qué perdió en esos cinco años que no puede recordar?
Guarda todo en la mochila y se baja del coche. La lluvia le golpea el rostro con una intensidad que casi le quita el aliento. Se cubre con la chaqueta de cuero y corre hacia la entrada del faro. La puerta es de madera maciza, con herrajes de hierro forjado y una mirilla oxidada. Empuja. Cede lentamente, con un gemido largo que parece salir de las entrañas del edificio.
El interior del faro es seco y huele a aceite de máquina y a sal. Una escalera de caracol de hierro se retuerce hacia arriba, perdiéndose en la oscuridad. En la planta baja, una estancia circular con un suelo de madera desgastada y una vieja lámpara de queroseno sobre una mesa. Hay un cuaderno abierto, una taza de café frío y un abrigo colgado en una percha.
Alguien vive aquí. Alguien lo espera.
—¿Elena? —llama Leo, con la voz temblorosa.
Su eco rebota en las paredes de piedra, pero no hay respuesta.
Sube la escalera con cuidado. Los escalones de hierro crujen bajo su peso. Cada paso le recuerda que está subiendo hacia algo que no sabe si quiere encontrar. ¿La verdad? ¿Una trampa? ¿La muerte de su pasado?
En el primer rellano, hay una pequeña habitación con una cama de hierro y una ventana redonda que da al mar. Una foto sobre la mesilla de noche: él y Elena, los dos morenos, abrazados en la playa. La misma foto que tiene en la cartera. La misma sonrisa. La misma vida que parece no haber existido nunca.
Sigue subiendo. En el segundo rellano, hay un escritorio con papeles esparcidos. Documentos. Un informe policial. Leo se acerca y lo lee a la luz de la linterna del móvil. El informe de la muerte de Elena. Según el documento, ella murió en el accidente de tráfico el mismo día que él saltó. Pero aquí hay algo que el hospital no le contó: el coche de Elena se salió de la carretera en la curva del acantilado. El mismo acantilado donde está este faro.
El mismo faro.
El informe dice que el coche cayó al mar. Y que el cuerpo de Elena nunca fue recuperado.
Su corazón se detiene. Nunca fue recuperado. Entonces, ¿está viva? ¿O su cuerpo está ahí abajo, en el fondo del mar, esperando que alguien lo encuentre?
—¿Elena? —vuelve a llamar, pero su voz ahora suena más a una oración que a una pregunta.
Sube el último tramo. La escalera termina en una trampilla de madera. La empuja y sale a la plataforma superior del faro, la cúpula donde gira la lente gigante, iluminando el mar.
Y allí, sentada en una silla de madera, con las manos sobre el regazo, hay una mujer.
Es morena. Tiene el pelo oscuro, los ojos claros. Es la mujer de las fotos. Es Elena.
Leo se queda congelado. No puede respirar. No puede hablar.
Elena levanta la vista. Sus ojos se encuentran con los de él, y por un momento, el tiempo se detiene. La tormenta, el mar, la lluvia, todo desaparece.
—Hola, Leo —dice ella, con una voz que es un susurro y un lamento a la vez—. Te estaba esperando.
Él quiere preguntarle todo. Cómo es que está viva. Por qué fingió su muerte. Dónde ha estado. Quién es Irene. Quién es T. Qué pasó realmente hace cinco años.
Pero lo único que sale de sus labios es:
—Tú no estás muerta.
Elena sonríe. Pero es una sonrisa triste, como si esa pregunta le doliera.
—No —responde—. Nunca lo estuve. Pero tenía que desaparecer. Por ti.
—¿Por mí?
Elena se levanta. Se acerca a él lentamente, con pasos que apenas hacen ruido sobre la madera mojada por la lluvia que se cuela por las rendijas.
—Porque hay cosas que tú no sabes, Leo. Cosas que olvidaste para protegerte. Pero yo no puedo protegerte más. La verdad tiene que salir a la luz. Y para eso, necesitas saber quién eres realmente.
Él la mira, y por primera vez desde que despertó en el hospital, siente que no está frente a un enemigo. Pero también siente que el miedo de la enfermera, el hombre del traje, las botas, el remitente anónimo, la T, Irene, todo está conectado.
—Dime —dice Leo—. Dime quién soy.
Elena baja la mirada y susurra:
—Tú no eres León Castro, Leo. Ese nombre es una identidad falsa. Y yo... yo no soy tu esposa.