Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 7 - Una boda entre sombras
En la penumbra de su estudio, Marcelo observaba a través del ventanal. Su voz sonó fría y autoritaria mientras se dirigía a uno de sus guardias.
—Mantén muy vigilada a esa joven —ordenó, refiriéndose a Melissa—. Cualquier movimiento extraño, cualquier susurro fuera de lugar, me lo informas de inmediato. No quiero sorpresas.
—Como ordene, señor —respondió el vampiro con una reverencia, antes de ver a Marcelo retirarse en silencio.
Mientras tanto, en el Pueblo Finlandés...
La casa de los Anderson se sentía vacía, sumida en un silencio sepulcral. En la habitación de Ignacio, el aire era pesado. Había pasado una semana y el hombre seguía sumergido en una depresión que parecía no tener fin.
Diego entró con cautela, encontrando a su padre sentado al borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo.
—Papá, ya ha pasado una semana —dijo Diego con suavidad—. No puedes seguir encerrado aquí.
—No tengo ganas de salir, hijo —respondió Ignacio con la voz quebrada por la tristeza—. Mi vida ya no tiene sentido si uno de mis hijos me falta.
Diego se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—No digas eso. Te prometo que muy pronto tendremos noticias de mi hermana.
Ignacio levantó la vista, con los ojos empañados. —¿Cómo vamos a saber de ella? Ni siquiera sabemos dónde está.
—Melissa la está buscando en Alaska, papá.
—¿En Alaska? —Ignacio frunció el ceño, confundido—. ¿De verdad crees que pueda estar en un lugar así?
—Estoy seguro. En Alaska el sol se oculta por mucho más tiempo, lo que permite que los vampiros se muevan con libertad. Melissa la encontrará, papá. No olvides que ella tiene la ventaja de ser una de ellos.
La desesperación brilló de repente en el rostro de Ignacio, quien tomó a su hijo por los brazos.
—Si la encuentra... ¿podrá traerla de vuelta? ¡Dime que la traerá!
Diego suspiró, midiendo sus palabras.
—Me dijo que lo intentaría, pero no pudo prometérmelo. Sacarla de allí nos pondría a todos en un riesgo mortal.
—¡No me importa el riesgo! —exclamó Ignacio con una fuerza que no había mostrado en días—. Solo quiero que tu hermana esté con nosotros. ¿Has hablado con ella?
—Melissa es mi novia, papá, pero no... no he tenido contacto con ella desde que se fue. Tenemos que ser pacientes. Te conté esto para que tuvieras esperanza, pero por favor, no te hagas ilusiones de que regresará de inmediato.
Ignacio asintió lentamente, aferrándose a esa pequeña luz en medio de su oscuridad.
—Ojalá esa joven regrese pronto con noticias...
Sin que ellos lo notaran, tras la puerta entreabierta, Elena escuchaba cada palabra. Sus ojos ardían de odio y sus labios se curvaron en una mueca de desprecio.
—Ojalá esa vampira no regrese nunca —susurró para sí misma, con el corazón lleno de veneno.
En la Mansión Soler, Alaska...
Adam y Melissa se encontraban sentados en la sala principal. El lujo de la mansión resultaba opresivo, y el silencio de los pasillos parecía tener oídos.
—Mi padre te invitó a quedarte —comentó Adam, rompiendo el hielo con un tono de preocupación.
Melissa asintió con una mueca de resignación.
—Sí, no tuve más remedio que aceptar. Pero que quede claro: solo lo hice por Bibi. No quiero que se sienta tan sola en este lugar.
Adam se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Te lo agradezco, de verdad. Pero Meli, tienes que andar con pies de plomo. Conozco a mi padre mejor que nadie y sé que no te quitará los ojos de encima. Te mantendrá vigilada cada segundo que pases bajo este techo.
—Lo sé —respondió ella con firmeza—. Pude verlo en el fondo de su corazón. Su curiosidad es peligrosa. Pero no te preocupes, en cuanto pase la boda de ustedes, regresaré de inmediato a Finlandia.
En ese momento, Bibiana entró en la sala. Se veía un poco más animada, pero la sombra de la preocupación seguía en sus ojos. Se sentó en el sofá, justo al lado de Adam.
—Hola, ¿de qué hablaban? —preguntó, mirando a ambos.
Adam tomó su mano antes de responder.
—Hablábamos de que mi padre no puede, bajo ninguna circunstancia, enterarse de la relación que tiene Melissa con tu familia. Si descubre que ella tiene vínculos con humanos, podría castigarla de forma cruel. Para él, eso es una traición imperdonable.
Bibiana palideció y miró a su amiga con angustia.
—Adam tiene razón, Meli. No dudes en irte en cuanto termine la ceremonia. Por nada del mundo me perdonaría que te pasara algo por mi culpa.
Melissa le dedicó una sonrisa tranquilizadora y le apretó la mano con cariño.
—No te preocupes por mí, amiga. He aprendido a sobrevivir en este mundo. Sé perfectamente cómo salir bien de todo esto.
La noche cayó sobre Alaska, gélida y eterna. El jardín de la Mansión Soler había sido transformado en un escenario de pesadilla y elegancia: un altar rodeado de flores oscuras esperaba bajo la luz de la luna.
Los invitados, vampiros de linajes antiguos y poderosos, comenzaron a llegar. Marcelo, con una sonrisa gélida y triunfante, los recibía personalmente en la entrada del jardín.
—Sean todos bienvenidos —decía Marcelo, haciendo una leve inclinación con la cabeza—. Pasen, por favor.
—Por fin uno de tus hijos va a sentar cabeza, Marcelo —comentó Marco, un viejo conocido, mientras estrechaba su mano—. Ya era hora de que uno de ellos se casara.
—Así es, Marco —respondió Marcelo con orgullo—. Este es un momento que hemos esperado por mucho tiempo. Un paso necesario para nuestro legado.
—Te felicito —concluyó Marco antes de buscar su lugar entre las filas de asientos.
A pocos metros de allí, entre la multitud, se encontraban Samuel y su hija Catalina. Ella no quitaba la vista de la entrada, con una expresión de profundo desprecio.
—Papá, espero que esta vez te comportes —susurró Catalina entre dientes—. No quiero que intentes acercarte a esa estúpida humana. Sería una vergüenza para nosotros.
Samuel soltó una risa seca.
—Puedes quedarte tranquila, hija. Esta noche no causaré problemas.
—Eso espero —sentenció ella, ajustándose el vestido de seda negra.
—Sabes... tienes razón —añadió Samuel después de un silencio, observando el altar—. Esa humana es una estúpida. Tiene la Marca del Pacto y, en lugar de intentar huir de su destino, acepta casarse con uno de los nuestros.
Catalina soltó una carcajada amarga.
—No es tonta, papá. Es ambiciosa. Seguramente lo que busca es la inmortalidad y la inmensa fortuna de los Soler. Cualquier humana que tenga un poco de codicia aceptaría este trato con los ojos cerrados.
Samuel asintió, aunque sus ojos brillaron con una lascivia que Catalina no notó.
—Es probable. Juventud eterna y dinero... un precio justo por su libertad. Es una lástima que ya esté marcada por Adam; de lo contrario, yo mismo le habría ofrecido eso y mucho más.
En el interior de la mansión, el ambiente era muy distinto al bullicio del jardín. Adam terminó de ajustar su traje frente al espejo, observando su reflejo con una mezcla de determinación y amargura.
La puerta se abrió suavemente y Estela entró. Al ver a su hijo, su rostro se iluminó con una calidez maternal.
—Hijo, estás guapísimo —dijo ella con una sonrisa orgullosa.
Adam forzó un gesto amable. —Gracias, mamá.
Estela se acercó y le acomodó el cuello de la camisa. —Hijo, tienes que estar feliz. Esta es tu boda, el día que cambiará tu vida.
—En el fondo lo estoy —admitió él, bajando la mirada—. Es solo que... no quería que todo fuera de esta manera. No quería una ceremonia impuesta.
—Lo sé, pero así lo quiso el destino —suspiró Estela, tratando de consolarlo.
—No, mamá. No fue el destino —la corrigió Adam con voz firme—. Lo quiso mi padre. Él es quien ha movido cada pieza de este tablero.
Estela guardó silencio un segundo, sabiendo que su hijo tenía razón. —Sea como hayan pasado las cosas, ahora tienes que aceptarlo. Trata de ser feliz con la mujer que amas, eso es lo único que importa ahora.
Adam la miró fijamente a los ojos. —Eso es exactamente lo que voy a hacer, pero no aquí. Después de que Bibi y yo nos casemos, nos iremos de esta casa.
La sorpresa se dibujó en el rostro de Estela. —¿No van a vivir aquí con nosotros?
—No. En cuanto termine la ceremonia y las sombras aún nos protejan, Bibi y yo regresaremos a Finlandia —sentenció Adam con una seguridad que dejó a su madre sin palabras.
—Tu padre no va a permitir que te la lleves sin convertirla —advirtió ella con temor—. Sabes que él espera que ella sea una de nosotros antes de cruzar esa puerta.
Adam apretó los puños, pero su voz se mantuvo gélida.
—Algo haré para irme con ella siendo humana. Solo puedo decirte una cosa, mamá: después de que nos casemos, mi padre dejará de mandar en nuestras vidas para siempre.
Estela se quedó callada, con el corazón dividido entre el miedo a la furia de su esposo y la esperanza de ver a su hijo finalmente libre.