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Como agua y vino

Como agua y vino

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:424
Nilai: 5
nombre de autor: Drica Samoura

Duda tiene veintitrés años, una startup exitosa y una familia que adora. Creció viendo a su padre tratar a su madre como una reina y a su hermano ser el mejor esposo del mundo. Por eso tiene claro lo que quiere: un amor real, una familia propia, hijos. No acepta menos.

Pedro tiene veintiocho años, administra uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad y vive solo, como le gusta. Después de que su padre destruyó a su familia con mentiras e infidelidades, Pedro se juró una cosa: nunca repetir esa historia. Sin compromisos, sin hijos, sin riesgo de convertirse en lo que más detesta.

Cuando el destino los pone a trabajar juntos, la conexión es instantánea, pero el problema también: ella sueña con todo lo que él se niega a querer.

Entre cenas familiares ruidosas, un sobrino de cuatro años que lo adopta sin pedir permiso, cinco perros que no entienden de espacio personal y un mejor amigo que no sabe quedarse callado, Pedro empieza a sentir que su vida perfectamente ordenada se llena de grietas.

Y Duda descubre que enamorarse del hombre equivocado se siente exactamente como enamorarse del correcto.

¿Puede alguien cambiar lo que juró que nunca cambiaría? ¿O hay diferencias que ni el amor es capaz de resolver?

NovelToon tiene autorización de Drica Samoura para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 15

El silencio que se instaló en la sala fue casi cómico. Pedro seguía sentado en el sofá, y Juju permanecía con la cabeza apoyada en su regazo, meneando la cola satisfecho.

Frente a él estaban Eduardo, Heitor y el pequeño Felipe, y los tres miraban fijamente a Pedro.

Durante algunos segundos, nadie dijo absolutamente nada. Eduardo levantó una ceja, analizando a Pedro de arriba abajo. Heitor estaba visiblemente sorprendido al ver a un hombre desconocido sentado en el sofá de la casa, con Juju completamente echado en su regazo, como si fueran mejores amigos.

— ¿Quién es él, papá?

Felipe fue el primero en hablar, sin filtro como cualquier niño de casi cuatro años, señalando a Pedro.

Heitor no respondió. Solo siguió mirando a Pedro con una expresión que mezclaba una leve desconfianza y curiosidad.

— Buenas tardes. ¿Usted es...? —preguntó Eduardo sin desviar la mirada.

Pedro sintió la garganta secarse, y cuando decidió levantarse para presentarse, Gabriela con Nina en brazos y Helô entraron conversando animadamente.

— Felipe se pasó el día entero diciendo que quería comer la comida que hace el abuelo... —contó Gabriela, riendo—. Comió todo en el almuerzo, pero se la pasó repitiendo "quiero la comida del abuelito".

— Quién no se enamora del talento culinario del abuelito —Helô sonreía, sacudiendo la cabeza, hasta que ambas se detuvieron al ver al visitante sentado en el sofá.

El silencio fue inmediato. Pedro levantó la mirada y al ver a Helô, no pudo dejar de observarla. El parecido con Duda era impresionante. El mismo tono de piel, los ojos expresivos e inteligentes, la forma exacta del rostro. Duda era una versión más joven de su madre.

Duda volvió de la cocina en ese preciso instante, trayendo un vaso de agua helada. Al percibir la escena, se detuvo al lado de Pedro y le entregó el vaso casi sin poder creer que todos estuvieran ahí. Miró la hora, notando que esa tarde todos los adultos habían salido más temprano del trabajo.

Pedro la miró, pero sus ojos volvieron a Helô por un breve momento, comparando a las dos de manera inconsciente, antes de volver a mirar a Duda otra vez. El gesto fue sutil, pero claro.

Pedro, en ese instante, pasó a entender perfectamente de dónde Duda había heredado su belleza, los ojos expresivos, la sonrisa y los rasgos delicados. Era imposible no notar el parecido, y Helô también pareció notar el asombro en la mirada de él, y sonrió con educación.

Eduardo, que observaba todo en silencio, frunció el ceño. Una incomodidad visible apareció en su rostro al darse cuenta de que estaba celoso de su esposa y de su hija.

Heitor, que conocía a su padre mejor que nadie, notó de inmediato la reacción y no pudo contener la risa, casi atragantándose con la saliva.

Eduardo seguía observando a Pedro con atención, y no era una postura hostil, sino la mirada clásica de un padre que analizaba absolutamente todo, desde la ropa hasta la forma en que le hacía cariño al perro.

Y ante esa mirada, Pedro tuvo la extraña sensación de estar siendo evaluado aun sin haberse postulado para ninguna vacante.

— Buenas tardes —saludó Helô de forma educada pero curiosa, mirando alternadamente a su hija y al hombre frente a ella—. Creo que nos perdimos de algo.

— De bastante, la verdad —comentó Heitor divirtiéndose con la situación.

— Buenas tardes —respondió Pedro, levantándose con cuidado por el perro—. Me llamo Pedro... y estoy aquí porque vine a devolver la agenda que Duda olvidó en el centro comercial después de la reunión de trabajo que tuvimos.

Duda sonrió, intentando aliviar el ambiente cargado:

— Pedro fue muy amable en traerme la agenda personalmente...

Gabriela, con Nina en brazos, levantó las cejas interesada en la historia, mientras Helô observaba a Pedro con más atención. Felipe, todavía en brazos de Heitor, señaló directo a Pedro:

— ¿Él es novio de la madrinita?

— ¡Felipe! —Duda lo llamó sintiendo que la cara le ardía.

Heitor soltó una carcajada sonora ante la audacia de su hijo, adorando ver a su hermana, que rara vez perdía la compostura o se apenaba, completamente roja y sin saber dónde meterse.

Pedro, por su parte, volvió a mirar a Duda. Ella le devolvió la mirada con una disculpa implícita por el caos familiar. Eduardo, al percibir el cruce de miradas, carraspeó fuerte, rompiendo el momento. Y Heitor no aguantó y soltó una risa baja, murmurando solo para que su padre escuchara:

— Papá...

— ¿Qué? —respondió Eduardo sin descruzar los brazos.

— Solo me parece gracioso que usted se ponga celoso antes de siquiera saber quién es el hombre.

— No estoy celoso.

— Claro que no... solo se está muriendo de celos... ¡de las dos!

— No es cierto.

— Igualito a cuando Duda tenía quince años y el chico de la escuela vino a traerle un trabajo.

Gabriela soltó una carcajada y Helô acompañó a su nuera al recordar aquella historia que todos ahí conocían bien.

— Ese muchacho tenía segundas intenciones —Eduardo se indignó.

— Traía un trabajo de geografía en la mano —le recordó Helô al pasar junto a él, dándole un beso en la mejilla.

— Era una tapadera...

Mientras tanto, Pedro observaba la escena sin entender de qué hablaban, pero de alguna forma fascinado, porque aquella interacción familiar era tan natural, tan ligera y llena de armonía, que parecía algo distante de la realidad que él conocía.

Nadie gritaba, competía o intentaba herir al otro. Parecía que simplemente les gustaba estar juntos. Y eso lo golpeó de una forma inesperada.

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