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El Chico Del Libro De Cuero

El Chico Del Libro De Cuero

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Celebridades / Completas
Popularitas:325
Nilai: 5
nombre de autor: Sol Romanov

Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.

Hasta que choca con él.

Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.

NovelToon tiene autorización de Sol Romanov para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Ecos en el pueblo olvidado

El amanecer tiñó el cielo de tonos violetas y naranjas cuando retomaron el camino. El aire del norte era más frío, cortante, y Lucy se abotonó el abrigo hasta el cuello mientras caminaban en silencio por senderos que apenas se distinguían entre la vegetación. Wonho iba siempre unos pasos por delante, atento a cualquier señal, deteniéndose de vez en cuando para orientarse con el mapa antiguo o mirar a lo lejos con ojos que parecían capaces de atravesar los árboles.

—¿Estás bien? —le preguntó él al mediodía, cuando se detuvieron junto a un arroyo para beber agua y descansar un momento—. Llevas horas sin decir nada.

Lucy se arrodilló junto al agua cristalina y se mojó las manos. El frío le devolvió una parte de la claridad que sentía perdida desde que salieron de la ciudad.

—Solo estoy pensando —respondió, mirando su reflejo en el agua—. En todo lo que dejé atrás. En si Mara notará que no fui hoy. En si mi madre estará mirando el teléfono esperando que llame como le prometí. Me siento… culpable.

Wonho se sentó cerca de ella, sobre una raíz vieja, y la miró con esa comprensión que no necesitaba palabras.

—La culpa es el precio de amar —dijo con suavidad—. Yo también lo llevo conmigo. Cada vez que te pongo en peligro, cada vez que te alejo de tu vida… siento que te estoy robando algo que no tengo derecho a tomar. Pero no podemos detenernos. No ahora.

—No me estás robando nada —respondió Lucy, girándose hacia él con firmeza—. Yo elegí venir. Elegí esto. Y no me arrepiento. Solo… me duele tener que vivir una mentira con las personas que más quiero.

—Lo sé —dijo él, extendiendo la mano para acariciarle la mejilla—. Pero recuerda: cuando todo termine, podremos volver. Y entonces ya no tendremos que ocultarle nada a nadie. Podremos ser simplemente nosotros.

Esa tarde, cuando el sol empezaba a descender hacia el horizonte, llegaron a un pequeño pueblo escondido entre montañas bajas y bosques de pinos. No aparecía en los mapas modernos, pero sí en el de Wonho: San Cristóbal del Norte. Un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido décadas atrás. Las casas eran de piedra y madera, con tejados oscuros y chimeneas que soltaban columnas de humo gris al aire fresco de la tarde. Las calles eran estrechas y empedradas, y apenas se veía gente, aunque se escuchaban voces lejanas, el ladrido de un perro, el sonido de un martillo golpeando metal.

—¿Nos quedamos aquí esta noche? —preguntó Lucy, mirando a su alrededor con curiosidad y cierta desconfianza.

Wonho asintió, pero su expresión se mantuvo seria, alerta.

—Es el único lugar seguro a kilómetros —explicó—. Aquí nadie hace preguntas. Y los Recolectores suelen evitar los pueblos donde hay mucha gente reunida. Prefieren atacar en la soledad. Pero mantengámonos discretos. No llamemos la atención.

Encontraron una pequeña posada al final de la calle principal: una construcción de madera oscura con un letrero torcido que decía “La Estrella”. Al entrar, el olor a leña quemada, pan recién horneado y vino tinto los envolvió de golpe. El salón era pequeño, con mesas de madera rústica y una chimenea que rugía en un rincón. Había pocos huéspedes: un par de ancianos que jugaban a las cartas en silencio, un hombre que bebía vino solo mirando el fuego, y la posadera, una mujer robusta de manos fuertes y mirada afilada que los observó desde detrás del mostrador en cuanto entraron.

—¿Una noche? —preguntó ella sin demasiada cortesía, aunque sin hostilidad.

—Solo una —respondió Wonho, acercándose al mostrador—. Y dos platos de lo que tengan.

La mujer asintió y les entregó una llave de hierro antiguo.

—Arriba, tercera puerta a la derecha —dijo—. Agua caliente hay en la jarra. Y no se queden fuera después de medianoche. Los caminos no son seguros a esas horas.

Lucy notó cómo sus ojos se detuvieron un instante en el colgante que llevaba al cuello, antes de apartarlos con rapidez. Subieron a la habitación: pequeña, sencilla, con dos camas separadas y una ventana que daba a un patio trasero lleno de leña apilada. Al cerrar la puerta, Wonho colocó la silla contra el picaporte como cerrojo improvisado.

—Esa mujer… —empezó Lucy, dejando la mochila en una de las camas—. ¿Crees que sospecha algo?

—Sabe algo —respondió Wonho en voz baja, mirando hacia la puerta—. No sé qué, pero no es miedo lo que vi en sus ojos. Es reconocimiento. Como si hubiera visto a otros como nosotros pasar por aquí antes.

Bajaron a cenar poco después. La comida era sencilla pero abundante: estofado caliente con pan crujiente y queso de la zona. Comieron en silencio, escuchando las conversaciones bajas que se cruzaban en el salón. De pronto, la puerta se abrió de golpe y el aire frío de la noche entró como una ráfaga helada.

Dos hombres entraron. Vestían ropas oscuras, abrigos gruesos y sombreros de ala ancha que les cubrían parte del rostro. No se quitaron el sombrero. Se sentaron en una mesa apartada, cerca de la entrada, y no pidieron nada. Solo se quedaron allí, quietos, observando.

Lucy sintió cómo el estómago se le revolvía. Bajó la mirada hacia su plato, pero no perdió detalle de cada movimiento. Notó cómo Wonho se tensó a su lado, sus dedos dejaron de moverse sobre la mesa.

—No levantes la vista —le dijo él casi sin mover los labios—. Come despacio. No muestres que te afectan.

—¿Son ellos? —preguntó Lucy con un hilo de voz.

—No lo sé —respondió Wonho—. Pero no vamos a arriesgarnos. En cuanto terminemos, subimos y cerramos la puerta. Mañana nos vamos antes de que salga el sol.

La posadera se acercó a la mesa de los desconocidos, pero no les sirvió nada. Lucy alcanzó a escuchar fragmentos de la conversación, susurros tensos, palabras que helaron su sangre: “…buscamos a una chica…” “…viene con un hombre…” “…sabemos que pasaron por aquí…”.

Dejó la cuchara en el plato con un pequeño sonido metálico. Wonho le puso una mano sobre la suya por un instante, un gesto rápido y discreto que le transmitió toda su fuerza.

—Subamos —dijo él, pagando la cuenta con monedas que sacó del bolsillo sin perder la calma.

Caminaron hacia la escalera sintiendo las miradas de esos dos hombres clavadas en la espalda, pesadas y frías como el aire de la noche. Al llegar a la habitación, Wonho cerró la puerta, volvió a colocar la silla y se quedó escuchando junto a la madera. Abajo se oyeron pasos rápidos, luego la voz de la posadera alzándose firme, y finalmente la puerta principal abriéndose y cerrándose de nuevo. Silencio.

Wonho se apartó de la puerta y se dejó caer sentado en la cama con un suspiro.

—Se fueron —dijo, aunque no parecía aliviado—. Pero ella les dijo que estamos aquí. Nos entregó.

Lucy se quedó de pie en el centro de la habitación, temblando no de frío sino de la decepción que le golpeaba el pecho.

—¿Por qué? —preguntó con voz quebradiza—. ¿Por qué nos haría eso? No le hicimos nada.

Wonho se levantó y se acercó a ella, tomándola de los hombros con suavidad pero con firmeza.

—No lo hizo por maldad —dijo—. Los Recolectores tienen poder sobre la gente, Lucy. Pueden amenazar a sus familias, destruir sus casas, hacerles cosas terribles si no obedecen. Esa mujer no nos traicionó por gusto. Lo hizo para sobrevivir. Igual que todos haríamos.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, mirándolo a los ojos con miedo pero también con determinación—. ¿Nos vamos ahora mismo? ¿En la oscuridad?

Wonho miró hacia la ventana. La luna estaba alta, iluminando el patio trasero y el bosque que se extendía detrás de las casas. Luego volvió a mirarla a ella.

—Sí —dijo—. Pero no corramos. Nos escabullimos. Si creen que estamos encerrados aquí arriba, nos esperarán en la puerta principal. Salimos por la ventana.

Prepararon las mochilas en silencio. Lucy miró una última vez la habitación, la mesa donde habían cenado, la chimenea que les había dado calor. Un lugar que parecía acogedor, que parecía seguro… y que sin embargo los había puesto en peligro. Aprendió esa noche que la apariencia de seguridad no era más que eso: una apariencia. Que el peligro podía estar en cualquier parte, incluso en el lugar donde te ofrecen pan caliente y techo.

Wonho abrió la ventana despacio. El aire frío de la noche golpeó sus rostros. Le ayudó a salir primero, asegurándose de que cayera suavemente sobre la pila de leña que había debajo. Luego bajó él. Caminaron pegados a las paredes de las casas, en las sombras, alejándose del pueblo sin mirar atrás. Cuando por fin se detuvieron en lo alto de una colina para tomar aire, Lucy miró hacia abajo y vio las luces del pueblo apagarse una a una.

—¿Alguna vez podremos confiar en alguien? —preguntó en un susurro, sintiéndose pequeña y vulnerable bajo el inmenso cielo estrellado.

Wonho la atrajo hacia sí y la abrazó, protegiéndola del viento que empezaba a soplar con más fuerza.

—Puedes confiar en mí —le dijo al oído—. Y algún día, cuando hayamos terminado con esto, podremos confiar en el mundo otra vez. Pero por ahora… solo confía en mí.

Lucy cerró los ojos y asintió. Apoyó la frente en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón. Tenía razón. No necesitaban confiar en todo el mundo. Solo necesitaban confiar el uno en el otro. Y eso lo tenían más que asegurado.

Muy lejos, detrás de ellos, en la posada La Estrella, la posadera apagó la última luz de la sala. Se quedó un momento mirando hacia la escalera, con una expresión que no era de traición sino de tristeza y resignación. Luego sacó de un cajón un pequeño objeto de madera tallada con la forma de un árbol y lo colocó sobre el mostrador, como una ofrenda silenciosa. Había hecho lo que tenía que hacer. Pero eso no significaba que estuviera de su lado.

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