NovelToon NovelToon
El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: El Umbral de la Luz y la Sombra

El silencio que descendió sobre el gran recibidor no fue vacío, sino denso, cargado de una electricidad contenida, como el instante que precede al trueno cuando la tormenta ya ha cubierto el cielo. El aire, antes cálido y acogedor, pareció tensarse, volverse más espeso, como si el propio castillo contuviera el aliento ante la figura que emergió de la penumbra del pasillo. No hubo un paso apresurado, ni vacilación, ni el menor temblor en la postura de quien avanzaba hacia ellos; cada movimiento era calculado, fluido, la encarnación misma de una autoridad que no necesitaba alzar la voz para imponerse.

Harriette de Duskbringer cruzó el umbral entre la sombra y la luz como si estuviera cruzando el umbral de un mundo nuevo, y en cierto modo, así era. Su presencia llenó la estancia de inmediato, una presencia aristocrática e imponente que no pasaba desapercibida, que dominaba el espacio con una naturalidad que asombraba. Erguida, hombros firmes, barbilla ligeramente alzada, su porte era el de una mujer que conocía exactamente quién era y el lugar que ocupaba, sin arrogancia innecesaria, pero sin humildad fingida: la seguridad absoluta de quien ha dejado de buscar aprobación en los ojos ajenos. Su silueta, esbelta y perfectamente delineada bajo la tela rica del vestido, parecía esculpida con una delicadeza que contradecía la fuerza que emanaba de cada poro de su ser. Su cuello, largo y estilizado, descendía hacia una clavícula sutilmente marcada y una cintura ceñida que acentuaba la elegancia de sus caderas; cada trazo de su anatomía transmitía una gracia distinguida, natural y, al mismo tiempo, inalcanzable, como si el mundo que pisaba fuera de un material distinto al de los demás mortales.

El vestido, de un tono malva profundo que se fundía con el púrpura según cómo caía la luz, era una obra de arte en sí mismo. El amplio escote en V, bordeado de encaje traslúcido y fino, dejaba al descubierto la blancura de sus hombros y la línea larga y elegante de su cuello, donde la piel pálida brillaba como porcelana iluminada desde dentro. El corpiño, rígido y bien estructurado, se ceñía a una cintura tan fina que parecía podría caber entre las manos de un hombre, formando una punta que descendía suavemente, y desde ahí la falda caía en pliegues diagonales que abrazaban la cadera, creando un efecto de movimiento y volumen que la hacía parecer caminar sin tocar el suelo. En su cadera derecha, un delicado aplique floral dorado con gemas azules incrustadas captaba cada movimiento, un destello frío y hermoso que marcaba su paso con una precisión casi hipnótica. La tela misma parecía atrapar la luz, atrapar motas de brillo que flotaban a su alrededor, dándole un aura etérea, casi irreal, que la separaba de todo lo que la rodeaba.

Pero eran su rostro y su mirada lo que dejaba sin aliento a quien la contemplaba. Facciones afiladas, simétricas, talladas con una perfección que parecía antinatural, como si el destino hubiera dedicado años a diseñar cada rasgo. Su piel era de una palidez etérea, casi translúcida, que hacía resaltar el tono borgoña profundo de sus labios, sellados en una línea serena que no revelaba nada de lo que pensaba ni sentía. Y sus ojos: azules, de un azul tan profundo e intenso que recordaban los abismos del océano en la noche, enmarcados por pestañas oscuras que creaban un contraste deslumbrante sobre su piel pálida. Eran ojos penetrantes, calculadores, que parecían ver más allá de la superficie, que desnudaban intenciones antes de que fueran pronunciadas. Cerca de su mandíbula, un pendiente con una gema púrpura colgaba suavemente, destellando con cada respiración suya, un punto de oscuridad preciosa que latía al compás de su presencia. Su cabello, de un cálido rubio cobrizo con destellos dorados que ardían como fuego vivo bajo la luz, estaba recogido con extrema maestría en un moño bajo y voluminoso que revelaba su increíble longitud; los mechones frontales se amoldaban con suave ondulación a la forma de su rostro, mientras que el recogido se aseguraba con una delicada lazada blanca que le daba un aire clásico, pulcro y profundamente distinguido.

Los tres capitanes, hombres que habían visto caer reinos y que no temblaban ante nada, se quedaron petrificados un instante antes de reaccionar, casi al unísono, llevándose la mano al pecho e inclinándose en una reverencia profunda, sincera, nacida no solo del deber, sino del asombro. Aquella mujer no era la esposa olvidada o la dama aburrida que habían imaginado; era una fuerza de la naturaleza, algo que no cabía en las definiciones que conocían.

—Archiduquesa —dijo Kael con voz firme, aunque con un deje de reverencia genuina—. Es un honor.

—Nuestra señora —añadió Rurik, y su tono no tenía ni rastro de la burla con la que solía hablar de damas de la corte—. No esperábamos veros tan pronto.

Harriette paró su avance a una distancia prudente, y aunque su expresión no cambió, sus ojos se suavizaron por un instante, confundida por la calidez y la prontitud de aquel saludo. Se giró levemente hacia la doncella que la había acompañado, la cual se inclinó hacia su oído y susurró los nombres: Kael, Rurik, Darien, los capitanes, los hombres más cercanos al archiduque, sus amigos de toda la vida. Harriette asintió, guardando cada nombre en su memoria con la misma precisión con la que gestionaba las cuentas del castillo, sin dejar de mirarlos, sin perder el control ni un segundo.

Entonces el mayordomo Thorne dio un paso adelante, carraspeando suavemente para recuperar el hilo del momento, y con una dignidad intachable comenzó las presentaciones, su voz resonando con claridad en el silencio del recibidor:

—Permitidme, Archiduquesa, presentar a los caballeros que acompañan a su señor. Sir Kael de la Torre de Hielo, capitán de la vanguardia. Sir Rurik del Valle Sombrío, capitán de la guardia. Sir Darien de las Marcas Lejanas, capitán de exploradores. Hombres de lealtad probada y espadas sin igual.

Los tres asintieron de nuevo, y Harriette, con un gesto de la cabeza que era a la vez amable y distante, les habló con una voz suave pero cargada de autoridad:

—Bienvenidos a casa, caballeros. Que la calidez de este hogar recompense el frío del camino.

Y entonces, Thorne giró levemente, abriendo el gesto hacia la figura que permanecía inmóvil al fondo, bajo la luz directa de las antorchas, y su voz adquirió un peso diferente, más solemne, más profundo, como si las palabras mismas pesaran en su boca:

—Y este es su esposo, Aleric Duskbringer, Archiduque de estas tierras, Comandante del Ejército Real, Señor de la Fortaleza del Crepúsculo. Un hombre forjado en batalla, un escudo para su pueblo... y su esposo, por ley y por tratado.

El mundo pareció detenerse en ese instante. El tiempo, que hasta entonces había fluido con prisa, se estancó, espeso como la miel fría, y todo lo que existía en aquel amplio recibidor eran ellos dos.

Harriette alzó la mirada y lo vio por primera vez.

Y lo que vio la dejó sin aliento, no por miedo, sino por la magnitud de la sorpresa. Los rumores habían sido crueles, lo habían descrito como un ser tosco, brutal, deforme, algo salvaje que vivía entre sombras y sangre. Pero el hombre que estaba ante ella era todo lo contrario, y a la vez, algo mucho más peligroso. Alto, imponente, su cabeza casi tocaba las vigas de madera oscura del techo, y su presencia llenaba la habitación con una fuerza que se podía sentir en los huesos. Su cabellera, blanca y plateada como la luna sobre la nieve, caía de forma rebelde sobre su frente, mechones desordenados que brillaban con un resplandor casi sobrenatural bajo la luz, dándole un aire a la vez real y legendario. Su rostro, de rasgos fuertes y marcados, nariz recta y afilada, labios finos sellados en una expresión seria, irradiaba poder y autoridad sin necesidad de una sola palabra. Su piel era blanca, pulcra, sin el bronceado que el sol del sur deja en la piel, una blancura de nieve perpetua que hacía destacar aún más el tono violeta intenso de sus ojos —rasgados, afilados, que parecían perforar con la mirada—, unos ojos que habían visto demasiada muerte para ser inocentes y demasiada traición para ser suaves. No era el monstruo que le habían prometido; era algo mucho peor, mucho más hermoso, mucho más devastador. Era un hombre hecho de sombra y luz, de dureza y una belleza que dolía mirar.

Y Aleric, por su parte, miraba a la mujer que tenía enfrente y sentía que todo lo que creía saber se desmoronaba. El príncipe heredero le había hablado de ella, la había descrito como bonita, sí, pero frágil, llorosa, una mujer que se rompería con una sola palabra áspera. Pero la criatura que estaba ante él no era frágil. Era un diamante tallado con filo, duro, brillante, y cortaba a quien se acercara demasiado. Su belleza no era pasiva; era una arma. Aquellos ojos azules, tan grandes y tan claros, lo miraban sin pestañear, sin miedo, sin servilismo, y en ellos no veía sumisión, sino algo que le respondía con la misma intensidad. Era más hermosa, mucho más hermosa de lo que cualquier descripción podía capturar, y al darse cuenta de que el príncipe la había deseado, la había codiciado, Aleric comprendió por qué. No era solo su belleza; era la cualidad que la rodeaba, esa mezcla de distancia y fuego, de calma y tormenta contenida. Y en ese reconocimiento, en esa certeza, algo oscuro y celoso despertó en su pecho, un rugido sordo que le dijo: es mía, aunque sea por un tratado, y nadie más la tendrá.

Se miraron durante lo que parecieron horas, cada segundo una batalla silenciosa, un escrutinio mutuo donde cada uno intentaba desentrañar al otro, buscando las grietas, las debilidades, las verdades ocultas tras los ojos del otro. No había amor en esa mirada, no todavía. Había reconocimiento. Había curiosidad, afilada y peligrosa. Había la certeza de que sus vidas ya no les pertenecían, que estaban entrelazados de una manera que ninguno de los dos había pedido, pero que ambos tendrían que aprender a soportar. Y bajo todo eso, latente, casi imperceptible, una atracción tan fuerte que daba miedo, una corriente oscura que los arrastraba el uno hacia el otro a pesar de todo lo que eran, a pesar de todo lo que habían sido.

Fue Harriette quien rompió primero el hechizo, quien recuperó el control de sí misma con una disciplina férrea. Dio un paso adelante, solo uno, lo suficiente para acortar la distancia entre ellos sin invadir su espacio, manteniéndose lo bastante cerca para que él pudiera ver la profundidad de sus ojos, lo bastante lejos para mantener su integridad intacta. Su respiración era tranquila, su mano no temblaba cuando la posó sobre su vestido al nivel del corazón, e inclinó la cabeza en una reverencia cortés, medida, sin exceso, sin humillación.

—Archiduque —dijo, y su voz era serena, musical, pero con un tono firme que no admitía interrupciones—. Bienvenido de vuelta a su hogar. He procurado que este lugar estuviera listo para recibiros, aunque no esperábamos su llegada tan pronto.

Aleric no respondió de inmediato. La miró acercarse y sintió cómo el aire entre ellos cambiaba, se volvía más denso, más cálido. Cuando ella estuvo cerca, pudo ver con claridad esos ojos azules que desde ese instante se convirtieron en su obsesión: grandes, claros, con destellos que cambiaban según la luz, abismos donde se podía perder la razón. Percibió su aroma, sutil y elegante, una mezcla de flores de invierno y madera de cedro, un olor que no pertenecía a la guerra ni al frío, pero que de alguna manera encajaba perfectamente con él, como si siempre hubiera estado ahí. Vio la perfección de su piel, el brillo de la gema púrpura que colgaba de su oreja, el modo en que su cuello se curvaba al inclinarse, y sintió un deseo repentino, feroz y cruel, de alzarle la barbilla, de ver si su mirada seguía siendo tan firme cara a cara, de saber si era tan fría por dentro como parecía por fuera. Pero no lo hizo. Se mantuvo inmóvil, anclado en su propia dureza, y cuando habló, su voz era grave, profunda, rasposa como la piedra que se frota contra la piedra.

—Archiduquesa —respondió él, y su mirada no se apartó de la suya ni un instante—. Encontré mi hogar... transformado. No esperaba hallar tanta luz donde solo dejé sombras.

—Las sombras no son eternas, mi señor —replicó ella con calma, y en sus ojos brilló una chispa que no se podía definir—. Solo esperan a que alguien traiga la luz. No he hecho más que abrir las ventanas que estaban cerradas.

—Y si prefiero la sombra —dijo él, y había una advertencia en su voz, un eco de la oscuridad que llevaba dentro—, ¿haréis que entre la fuerza?

Harriette no retrocedió. Lo miró a los ojos, directa, sin pestañear, y una media sonrisa, fría y hermosa, apareció en sus labios.

—No impongo nada, Archiduque. Solo ofrezco. Podéis cerrar las ventanas si lo deseáis. Pero ya habéis visto lo que hay fuera. Es difícil volver a la oscuridad una vez que se ha visto el sol.

Aleric la escuchó y sintió que sus palabras eran como una espada envuelta en seda, suaves al oído pero cortantes en la verdad. Aquella mujer no era débil. No era la víctima que él esperaba. Era su igual, en astucia, en fuerza, en esa capacidad de ocultar tormentas bajo una superficie serena. Y eso, en lugar de alejarlo, lo atrajo con una fuerza aterradora.

—Veremos —dijo él, y su voz se suavizó, aunque la tensión no disminuyó en absoluto—. Veremos qué es lo que traéis realmente a estas tierras, Harriette. Luz, o un fuego que lo consuma todo.

—Lo que traigo es lo que vos permitáis —respondió ella, con una dignidad que lo dejó sin palabras—. Soy vuestra esposa, por ley y por deber. No soy enemiga. Pero tampoco soy una pieza de decoración que podáis ignorar. He puesto orden en este castillo. Y espero que respetéis lo que he construido aquí, en su ausencia.

—Si merece respeto, lo tendrá —dijo él, y dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que casi podían tocarse—. Pero no esperéis que me rinda ante la primera muestra de belleza y orden. He visto demasiadas cosas hermosas ocultar corazones podridos.

—Y yo he visto demasiados hombres rudos ocultar almas que solo necesitan que alguien les tienda la mano —replicó ella, sin dudarlo—. No os pido que me améis, mi señor. Solo os pido que seamos civilizados. Que hagamos de este lugar un hogar, no un campo de batalla.

Aleric la miró, fascinado y a la vez receloso. Aquella mujer que le habían dado como esposa era mucho más de lo que nadie le había dicho. Y mientras la miraba, mientras veía esa mirada azul que lo desafiaba y a la vez lo acogía, comprendió que su vida nunca volvería a ser la misma. Había entrado en su fortaleza buscando refugio, y había encontrado algo mucho más peligroso: una igual. Una mujer que veía su oscuridad y no se apartaba de ella. Una mujer que quizás, solo quizás, pudiera caminar a su lado en la noche.

—Civilizados —repitió él, saboreando la palabra, pesándola—. Eso puedo prometer. Por ahora.

—Es suficiente —dijo ella, y por primera vez su sonrisa perdió algo de su frialdad, se volvió real, aunque fuera apenas un instante—. Bienvenido a casa, Aleric.

Se quedaron ahí, de pie, frente a frente, dos almas marcadas por la vida, unidas por la política pero ahora, en ese primer encuentro, atrapadas por algo mucho más grande y mucho más peligroso. El resto de la habitación, los capitanes, el mayordomo, las antorchas, todo pareció desvanecerse, dejándolos solos en su propio mundo de sombras y luz. Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos lo sabían: el destino que les habían impuesto acababa de transformarse en algo que ninguno de los dos podía controlar. Y en esa incertidumbre, en esa frontera entre el odio y el amor, entre la sombra y la luz, su historia apenas comenzaba.

1
A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play