Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 17
ISMARA
Al llegar a la delegación, ingresaron a Micky al laboratorio junto al abogado Víquez. Él llevaba su ropa húmeda dentro de una bolsa, mientras yo me quedé en la sala de espera junto al abuelo y la abuela Carmen, quien estaba al borde de un colapso de nervios.
—Abue, no te preocupes, todo va a salir bien... —le dije, acariciando su mano.
—Eso espero, mi niña, eso espero...
—Doña Carmen, confíe. Su nieto es un buen muchacho, usted ha criado a un buen hombre —intervino Tito con voz pausada.
—Gracias por sus palabras, don Ismael...
Nos sentamos a esperar. Transcurrieron más de dos horas hasta que por fin salieron; Michael llevaba puestas unas esposas metálicas y a su lado caminaba un custodio que no disimulaba su repulsión.
—Señora Carmen, él se tiene que quedar aquí mientras realizamos las pesquisas del caso. Yo voy a buscar más evidencia de lo que ocurrió. Despídanse... —indicó Raymundo.
—Lo siento mucho, abuela... —murmuró Micky, bajando la cabeza con evidente vergüenza. Evitaba nuestra mirada, con los hombros hundidos como si llevara el peso del mundo sobre su humanidad.
—Todo va a estar bien, mi niño. Yo estoy segura de que tú no le hiciste nada indebido a esa joven —respondió ella, levantándole el rostro para mirarlo a los ojos.
—Gracias, Abue, por creer en mí... —lágrimas de angustia comenzaron a rodar por sus mejillas sin control, y ella las secó amorosamente. A mí se me hizo un nudo apretado en la garganta.
—Ratón, todo va a salir bien, ¿me escuchas? No tienes de qué preocuparte, todo se va a aclarar, ya verás. Tú no le hiciste nada indebido a esa víbora manipuladora de Tianna...
—Gracias, pececita...
Se lo llevaron hacia las celdas. Con impotencia, comenzamos a caminar hacia la salida, donde ya se encontraban varios medios de comunicación al acecho.
—Señora Lumis, ¿qué tiene que decir al respecto?
—Sin comentarios...
—¿Es verdad que su nieto abusó de la joven Tianna Ruíz?
El abogado Víquez intervino de inmediato:
—No hay evidencia que confirme ese hecho. Si nos disculpan...
Cada quien abordó su vehículo para retirarse. Abracé con fuerza a la abuela para despedirme.
—Gracias, mi niña, por todo lo que hiciste por Michael...
—No me agradezca nada, Abue. Verá que muy pronto vamos a tener a mi Ratón de vuelta con todas sus locuras...
—Gracias... Pero antes de que lo olvide, ¡feliz cumpleaños, pequeña!
—¡Ay, ya lo había olvidado! —dije con una sonrisa acongojada.
Nos despedimos. Cada quien tomó su camino, pero yo no podía dejar de pensar en cómo estaría Micky tras esos fríos barrotes, hasta que mis pensamientos fueron interrumpidos por una voz ronca:
—Ismara, ¿quieres ir al registro para lo de tu identificación como mayor de edad o prefieres ir a descansar?
—Si no te molesta, abuelo, me gustaría hacerlo de una vez...
—Está bien...
ISMAEL
Mientras conducía, podía notar su profunda angustia. Me contuve de hacerle las preguntas que me quemaban por dentro: la razón para haberme mentido todo este tiempo, quién le enseñó a manejar y por qué prefirió ocultármelo.
Al llegar, no tardamos mucho en firmar la documentación. Le tomaron la fotografía, estampó su firma y en poco tiempo la llamaron a recoger el plástico que la convertía oficialmente en una ciudadana mayor de edad.
—¿Te gustaría de una vez hacer tu prueba práctica de manejo? En el colegio ya habías aprobado el examen teórico.
—¡Ah! —sus ojos se iluminaron con una chispa instantánea de emoción y confusión.
—Sí, tus tíos me dijeron que tú ya conduces...
—¡Oh! —exclamó, bajando la cabeza de golpe.
—¿Quieres obtener tu permiso hoy también?
—¡Sí, claro, me encantaría! —respondió, levantando el rostro con felicidad.
El brillo que se encendió en su mirada me lo dijo todo: es cierto, ella es igual a Santiago, ama los autos. No necesité nada más para comprobarlo. Llamé a un conocido para concertar la prueba práctica de inmediato; necesitaba verlo con mis propios ojos.
—Listo, vamos...
—De acuerdo.
Se veía completamente tranquila, sin un ápice de ansiedad. Al llegar al plantel, ya nos esperaba Manuel Otarola, el encargado de evaluar el recorrido.
—Toma las llaves, Isa.
Se acercó segura de sí misma y las tomó en su mano, radiante.
—Señor Bodra, disculpe, pero este es un auto demasiado lujoso y veloz para una prueba práctica, donde cualquier cosa puede pasar. No me hago responsable de un accidente, rayones o cualquier daño del mismo... —comentó el inspector de tránsito, mirando a mi nieta con desconfianza.
—No se preocupe, Otarola, ya que según dicen ella conduce mejor que un piloto profesional desde los nueve años...
—¡Rayos, ya lo sabe! —maldije entre dientes mientras sentía cómo el calor se me subía al rostro hasta quemarme las orejas.
—¿O tus tíos mienten, Ismara? —le pregunté, clavando la mirada en ella.
—No, abuelo. Ellos dicen la verdad... Manejo desde antes de los nueve años.
—Está bien. Entonces no creo que este auto te dé ningún problema para ganar una simple prueba, ¿o sí?
—¡No! Por supuesto que no —respondió confiada. Era evidente que yo quería probar algo y ella no se inmutó.
—Señorita Bodra, lo primero es mostrar los documentos del vehículo —indicó el evaluador.
—Un momento, por favor... —dijo, sacándolos de un pequeño compartimento secreto que diseñé a un lado del asiento.
—Perfecto, todo está al día. Súbase para que me muestre dónde se encuentran los frenos, las luces altas, bajas y las direccionales...
—Listo.
—Muy bien, ahora iniciemos el circuito cerrado: estacionamiento en reversa, zigzag entre conos, alto, ceda el paso y maniobras de obstáculos sin tocarlos... Excelente.
—Gracias...
—Por último, tránsito real en carretera. Salga por el portón a su derecha...
No pasaron ni veinte minutos cuando ya había concluido la prueba completa, aprobándola sin el menor contratiempo. Le entregó las llaves al abuelo.
—Felicidades, señorita Bodra. Puede ir a recoger su licencia...
—Muchas gracias, señor Otarola.
—Muy bien, Ismara... Veo que tus tíos no mintieron —comenté con una mueca de media sonrisa.
Entré rápido a la oficina, recogí la licencia y la guardé junto a mi cédula en el bolsillo trasero del pantalón.
—¡Conduce tú, toma! —le dije, lanzándole las llaves.
—¡Ah! ¿Entonces no estás enojado porque no te lo había dicho?
—No... —respondí, sin pronunciar una sola palabra más mientras tenía la cabeza hecha un torbellino.
ISMARA
Mi Tito Isma no me dio una reprimenda por no mencionarle mi secreto a voces, pero su rostro indicaba algo completamente distinto. Mantenía la vista fija al frente, con la mandíbula tan apretada que se le marcaba claramente un músculo en la mejilla. Nos subimos, nos ajustamos el cinturón de seguridad y enfilamos hacia la carretera. Entré a la autopista.
—Ve por el carril rápido —me ordenó. Su voz era gélida, como el aire que empezaba a silbar contra el chasis.
—Está bien... —respondí, moviendo el volante con una precisión técnica que ya no tenía sentido ocultar.
Me incorporé al carril de la izquierda. El velocímetro marcó 160 km/h en un parpadeo. Sentí su mirada de reojo, evaluando cada uno de mis movimientos, buscando la grieta en mi mentira.
—En este carril puedes aumentar la velocidad, Ismara. No te detengas... —me incitó.
No necesité que lo dijera dos veces. Si quería la verdad, se la daría a través del motor. Hundí el pedal. El motor rugió con un sonido gutural que vibró directo en mi pecho, y el empuje me pegó al asiento: 200... 280... 320 km/h.
El mundo fuera de los cristales se convirtió en una ráfaga abstracta de colores. Los demás autos parecían estatuas a las que rebasaba con una facilidad insultante. El Veneno respondía a la menor caricia; un movimiento de milímetros en mis manos bastaba para trazar el tráfico. A 355 km/h, el tiempo pareció estirarse. Mis sentidos estaban tan agudizados que podía escuchar mi propio corazón compitiendo con las revoluciones del motor.
Eché un vistazo rápido al abuelo. No decía nada, no se sujetaba de la manija ni frenaba con un pie imaginario. Estaba allí, estático, como un volcán a punto de entrar en erupción, observando cómo su nieta, una verdadera piloto, devoraba el asfalto.
Cuando divisé la entrada a la mansión, reduje la velocidad con una suavidad impecable, bajando marchas hasta que el silencio volvió a inundar la cabina. Estacioné frente a Nana Vicky, quien nos esperaba con los ojos desorbitados. Al ver que era yo quien conducía y cuando al fin logró reaccionar, ella se aproximó y le dio un beso casto al abuelo sin preguntarle nada.
—Isa, ¿estás bien? —preguntó preocupada.
—Sí, gracias. Voy a subir a descansar...
—Anda, más tarde hablamos...
Sentí un frío helado en la espalda. ¿Será que a Victoria se le salió decírselo? ¡No, no! Ella estaba petrificada cuando nos vio llegar... Además, él dijo que fueron mis tíos.
Subí a mi habitación sumida en la incertidumbre. ¿Cómo se supone que duerma hoy, con Micky en la cárcel y la mirada indescifrable del abuelo? No necesita gritar ni maldecir para hacer evidente que está furioso; su silencio de volcán en erupción lo dice absolutamente todo.