Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 9: Tempestad en cirílico
El silencio volvió a instalarse en el estudio, roto únicamente por la respiración pesada del hombre. Se pasó ambas manos por el rostro y el cabello, intentando calmar la tormenta de frustración que amenazaba con hacerlo estallar.
Amanda no se había movido ni un solo milímetro del sofá. Su mente trabajaba a mil por hora, uniendo las piezas del rompecabezas. Este hombre no era un cliente ni un socio; era el hijo de Vladimir Smirnov. Y la escena que acababa de presenciar dejaba claro que no era la primera vez que el viejo mafioso le traía una mujer a su mansión.
El joven caminó hacia el perchero de madera de la entrada, tomó su abrigo pesado y se lo colocó sobre los hombros. Luego, con pasos lentos y pesados, se acercó a la zona de la chimenea, deteniéndose a un par de metros del sofá donde estaba Amanda.
La observó con atención renovada. Estaba acostumbrado a las tácticas de su padre. Las mujeres anteriores que Vladimir había llevado a la mansión —modelos, hijas de socios en apuros o víctimas de deudas— solían reaccionar de dos maneras al verlo entrar: o rompían en llanto desesperado suplicando por su libertad, o intentaban seducirlo de inmediato para asegurar su posición de lujo.
Pero Amanda era diferente.
No había lágrimas en su rostro. Tampoco había una sonrisa coqueta o desesperada. Amanda lo miraba de frente, con unos ojos profundos y analíticos que parecían descifrar cada uno de sus movimientos. Había una tranquilidad exterior en ella que le resultaba extraña, casi perturbadora.
—¿No vas a llorar? —preguntó él. Su voz, ya más calmada, tenía un timbre grave y aterciopelado que provocó un nuevo escalofrío en la piel de Amanda.
—¿Ganaría algo llorando? —replicó Amanda con compostura.
El joven alzó una ceja, impresionado por la respuesta.
—Por lo general, las mujeres que mi padre trae aquí lloran bastante. O me suplican que no les haga daño.
—No me da la impresión de que usted sea el tipo de hombre que disfruta haciéndole daño a una mujer indefensa —dijo Amanda, midiendo cuidadosamente sus palabras—. Además, por lo que acaba de gritar por teléfono, le molesta esta situación tanto como a mí.
El hombre dejó escapar una leve sonrisa amarga, la primera que mostraba.
—Tienes razón en eso. Mi nombre es Aleksandr. Aleksandr Vladimírovich Smirnov. Aunque en los negocios y para evitar formalidades innecesarias, la gente me llama Alek.
—Amanda —respondió ella simplemente.
Alek se cruzó de brazos, apoyando su peso en una pierna mientras la observaba.
—Déjame explicarte lo que está pasando aquí, Amanda. Mi padre es un viejo terco y obsesionado con la continuidad de la dinastía Smirnov. Tengo veintiocho años, dirijo gran parte de las operaciones financieras del grupo y no me he casado. Él cree que la solución a mi soltería es traerme 'candidatas' o regalos para obligarme a sentar cabeza y darle nietos. Cree que con ponerme una mujer hermosa enfrente voy a caer rendido a sus pies.
Amanda parpadeó, encajando la última pieza de la historia. Todo tenía sentido ahora. El baño, el vestido sensual, las preguntas de Vladimir sobre su virginidad y si tenía novio. No la había traído para ser una esclava sexual de la mafia; la había traído para ser la incubadora del heredero Smirnov.
—Es una estrategia bastante primitiva para un hombre con su poder —comentó Amanda.
Alek dejó escapar una carcajada genuina, un sonido rico y masculino que transformó por completo su rostro severo, haciéndolo aún más atractivo.
—Absolutamente primitiva —asintió Alek—. Y no pienso prestarme a sus juegos. No eres la primera que trae, pero te prometo que serás la última. Tengo mi propio auto abajo. Puedes vestirte con tu ropa normal o quedarte con ese vestido, y le pediré a mi chofer que te lleve de regreso con tu familia de inmediato. No tienes nada que temer aquí.