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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 11

El agua se agitó con violencia, salpicando las baldosas y empapando los bordes del biombo.

Estar sentada sobre su regazo dentro de la tina estrecha me dejó sin espacio para defenderme. El agua caliente actuaba como un conductor perverso: cada músculo tenso de los muslos de Li Yan, la dureza implacable de su cuerpo contra el mío y el vapor que nos envolvía hacían que el aire fuera demasiado espeso para respirar con calma.

Intenté apoyar las palmas contra sus hombros anchos para tomar distancia, pero en cuanto mi piel húmeda hizo contacto con la suya, el chispazo me recorrió la nuca como una descarga eléctrica. No hubo premoniciones de cuchillos ni sombras de guerra; solo sentí el hambre feroz y acumulada que le quemaba las entrañas, una obsesión posesiva que latía al mismo compás que su sangre caliente.

—Li Yan... espera... —alcancé a jadear, con la voz quebrada por el calor repentino.

—No voy a esperar —gruñó él en mi boca.

Me tomó por la nuca con una mano firme y posesiva, sepultando sus labios sobre los míos antes de que pudiera protestar. Fue un beso voraz, salado por las gotas de agua y cargado de una exigencia salvaje que me arrebató el poco autocontrol que me quedaba. No me daba tregua. Su lengua invadió la mía con una urgencia que no admitía rechazo, saboreándome como si fuera lo único en todo el palacio que le pertenecía por derecho propio.

Solté un gemido ahogado contra su garganta. El desprecio que juraba tenerle se diluyó en una marea de sensaciones que me encendieron el bajo vientre con una fuerza brutal. Mi cuerpo, traidor e incendiado, respondió a su peso arqueándose hacia él.

Li Yan soltó un gruñido gutural al sentir mi rendición. Rompió el beso solo para deslizar su boca húmeda por la curva de mi mandíbula hasta clavarse en el hueco sensible de mi cuello, chupando y mordiendo con la medida exacta para hacerme temblar de puro vértigo. Sus manos grandes y ásperas se sumergieron bajo el agua, resbalando por mis costillas hasta cerrarse en mis caderas con una fuerza que me dejó sin aliento.

Me levantó apenas unos centímetros en el agua y me guio hacia abajo con un movimiento certero, lento y demoledor.

La invasión fue tan plena y profunda que un grito agudo se me escapó de los labios, rebotando en los paneles de madera de la recámara. Mis dedos resbalaron por su pecho mojado antes de clavarse en sus hombros, hundiendo las uñas en su piel como si fuera lo único firme a lo que aferrarme en medio de un naufragio.

—Maldita seas, Lian... —maldijo él entre dientes, con la voz rota y los músculos de la mandíbula apretados hasta el límite—. Mírame. Quiero verte arder conmigo.

Abrí los ojos con esfuerzo entre la niebla del vapor. Li Yan tenía la mirada desquiciada, oscurecida por una pasión que devoraba toda su frialdad imperial. Cada línea de su rostro esculpido rezumaba una necesidad animal que ya no intentaba esconder bajo ninguna máscara de soberano.

Empezó a moverse con un ritmo pausado y cruel, haciéndome subir y bajar sobre su cuerpo dentro del agua que chapoteaba acompasada contra la madera. La fricción líquida multiplicaba cada roce, convirtiendo la intimidad en una agonía deliciosa que me hacía jadear su nombre entrecortado contra su oreja.

—Dime que no te vas a ir —me exigió él con un gruñido ronco, acelerando las embestidas, hundiéndose más hondo a cada golpe hasta hacerme arquear la espalda sin control—. Dilo, Lian.

—No... no me voy a ir... —gemí, perdida por completo en el torbellino de fuego líquido que me estallaba en las caderas.

La respuesta desató lo último que le quedaba de paciencia. Li Yan me apretó contra su pecho con un brazo de hierro y arremetió con una ferocidad desbocada, llenándome por completo con una cadencia urgente, implacable, que me llevó al borde del abismo en cuestión de segundos. El placer me nubló la vista con destellos blancos; un espasmo violento y prolongado me sacudió desde el vientre hasta la punta de los dedos, arrancándome un sollozo ahogado mientras me aferraba a su cuello con una devoción desesperada.

El rugido sordo de Li Yan vibró en mi pecho cuando él llegó a su propio límite instantes después. Se derramó dentro de mí con una sacudida profunda, enterrando la cara en el nacimiento de mi cuello mientras sus brazos temblaban por la intensidad de la entrega.

Durante varios minutos, el único sonido en la estancia fue el goteo constante del agua derramada y el compás agitado de nuestras respiraciones intentando recuperar el ritmo.

Li Yan no me soltó. Apoyó la frente contra mi hombro mojado, respirando pesado, con los dedos aún aferrados a mis caderas en un agarre firme pero ya sin violencia. El silencio en su cabeza era absoluto; mi contacto lo había limpiado de nuevo de toda sombra de tormento.

Poco a poco, el agua comenzó a enfriarse.

Li Yan levantó la cabeza despacio, mirándome con una calma extraña y peligrosa en los ojos. Sin decir una sola palabra, me tomó en brazos, salió de la tina conmigo pegada a su cuerpo y nos envolvió a ambos en una sábana de seda gruesa que descansaba junto a los cojines secos.

Me depositó sobre el lecho imperial, recostándose de inmediato a mi lado y pasando un brazo pesado sobre mi cintura para atraparme contra su costado.

—Duerme —ordenó con la voz enronquecida por el agotamiento, cerrando los párpados—. Mi guardia ya debe estar cruzando las puertas de la capital hacia tu aldea. Mañana tendrás a tu madre aquí... y empezará tu verdadero trabajo a mi lado.

Cerré los ojos, con el cuerpo adolorido y el pulso aún latiéndome en las sienes. El destino me había puesto entre los brazos de un monstruo, pero mientras sentía el calor constante de su pecho subiendo y bajando en paz, supe que ninguno de los dos saldría jamás de este incendio.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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