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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 05

Frío palacio de la Emperatriz albergaba demasiados fantasmas que nadie se atrevía a nombrar. No eran espectros de carne y hueso, sino ecos de la ambición, del poder desmedido, de los amores perdidos y de las vidas sacrificadas en el altar de la corte imperial. Evelyn, con apenas cinco años, pero con una mente adulta que había conocido las intrigas de oficinas modernas y los microagresiones de la vida corporativa, sintió una opresión en el pecho aún más intensa que la que había experimentado en su olvidado rincón del ala oeste. Este palacio, el Palacio de Cristal, era hermoso en su fachada, pero por dentro era una jaula de oro, cada pared una celda, cada pasillo una trampa.

Las inmaculadas puertas blancas, adornadas con loto y dragones plateados, se alzaban imponentes ante ella. No eran la entrada principal, sino una de las muchas conexiones con el resto del Palacio Imperial, una arteria que latía con la vida, y la crueldad, de la corte. La luz que se filtraba por las rendijas de los ventanales era cegadora, reflejándose en los pulcros suelos de mármol que brillaban como espejos, a diferencia del mármol opaco y polvoriento de su propia ala. El aroma a jazmín y a incienso delicado se había intensificado, mezclándose con un tenue perfume a rosas frescas, a cera pulida y, curiosamente, a un sutil olor a metal, quizás el de las joyas o las coronas que residían en estas salas. Era el aroma de la riqueza, de la pulcritud, de una perfección forzada. Y bajo esa capa de dulzura, Evelyn detectó un matiz amargo, casi imperceptible, el hedor de la envidia y la hipocresía que había impregnado las páginas de la novela.

Dio un pequeño empujón a una de las puertas, y esta se abrió con un crujido apenas audible, revelando un vasto vestíbulo. El corazón de Evelyn, que ahora sentía como si fuera una tambor en su diminuto pecho, se aceleró. La grandiosidad la golpeó como una bofetada. Columnas de mármol blanco se elevaban hasta un techo abovedado, decorado con frescos de escenas mitológicas, dioses y diosas con expresiones serenas y distantes que parecían observar cada uno de sus movimientos. Arañas de cristal colgaban del techo, sus prismas atrapando y multiplicando la luz del sol, llenando el espacio con miles de destellos danzarines. Los tapices en las paredes no estaban descoloridos ni rasgados; eran de seda brillante, sus hilos de oro y plata reluciendo, mostrando escenas de la dinastía Aurelius en todo su esplendor y poder.

No había polvo aquí. Cada superficie parecía haber sido pulida con el más minucioso de los cuidados. La limpieza era absoluta, casi aséptica, lo que, paradójicamente, le daba una sensación aún más fría e impersonal. Era un lujo que no buscaba la comodidad, sino la demostración de poder.

Y había gente.

No una multitud bulliciosa, sino figuras dispersas, moviéndose con una gracia calculada o una urgencia disimulada. Sirvientes con uniformes inmaculados se deslizaban silenciosamente, llevando bandejas o documentos. Algunos guardias imperiales, ataviados con armaduras relucientes y penachos rojos, se apostaban con posturas impecables, sus ojos escudriñando el entorno con una vigilancia casi robótica. Y, en un rincón, dos damas de la corte, con vestidos de seda y joyas centelleantes, cuchicheaban con abanicos cubriendo sus sonrisas de complicidad. Sus voces eran suaves, casi como el susurro de las serpientes, pero la mente adulta de Evelyn pudo discernir la malicia en sus tonos.

Evelyn se hizo pequeña, más pequeña de lo que ya era. Se pegó a la pared, intentando fundirse con las sombras, con la esperanza de que su diminuta figura pasara desapercibida. El plan era cruzar este palacio para llegar a las áreas centrales, no para interactuar con nadie aquí. Cada rostro que veía era un posible ojo espía, un informante para la Emperatriz o Seraphina. Su invisibilidad, que en su ala había sido una fuente de frustración, ahora se sentía como su mejor arma.

Se movió con una lentitud exasperante, un paso tras otro, sus pequeños pies descalzos resbalando ligeramente sobre el mármol pulido. El frío se le metía en los huesos, pero el miedo era una llama que la mantenía en movimiento. Observó a las dos damas de la corte. Sus palabras eran ininteligibles a esta distancia, pero el movimiento de sus labios, sus expresiones de disgusto velado, le decían todo lo que necesitaba saber sobre la atmósfera de la corte. La novela no se había equivocado.

Un sirviente pasó cerca de ella, llevando una pila de ropas dobladas. La Evelyn original habría esperado una reprimenda o una pregunta. Pero el sirviente pasó de largo, sus ojos fijos en el camino, su rostro inexpresivo. No la vio. O, si la vio, la ignoró con una maestría practicada. La sensación de ser un fantasma, una sombra sin sustancia, se reafirmó. Esto, paradójicamente, le dio una extraña calma. Por ahora, era segura en su invisibilidad.

Caminó por el perímetro del vestíbulo, buscando un pasillo secundario, una salida discreta. Las puertas estaban por todas partes, algunas se abrían a salones opulentos con más damas de la corte y nobles, otras a jardines interiores con fuentes de mármol y flores exóticas. Era un laberinto de belleza y de veneno.

Finalmente, en un rincón más oscuro, casi oculto por un enorme jarrón de porcelana pintada, encontró una puerta de madera sencilla, sin adornos, que parecía pertenecer a una zona de servicio. Era su mejor opción. Se deslizó hacia ella, su corazón latiendo aún con fuerza, y la abrió con cuidado.

Al otro lado, un pasillo estrecho y sin ventanas se extendía en la penumbra. No había la misma opulencia aquí. Las paredes eran de piedra desnuda, el suelo de baldosas simples, y el aire era más fresco, más silencioso. Era un pasillo de servicio, una ruta para el personal, lejos de los ojos curiosos de la nobleza. Un alivio momentáneo la invadió.

Comenzó a caminar, sus pasos resonando débilmente en el silencio. El agotamiento comenzaba a hacer mella en su pequeño cuerpo. No estaba acostumbrada a este tipo de esfuerzo físico, y la tensión mental de estar en constante alerta era abrumadora. Sus pies le dolían y sentía un hambre creciente de nuevo. Pero no podía detenerse. Detenerse significaba ser descubierta, ser enviada de vuelta a su prisión dorada, o peor aún, ser reportada a la Emperatriz.

Mientras avanzaba, el pasillo serpenteaba y giraba, revelando puertas a almacenes, cocinas más pequeñas y, ocasionalmente, la silueta de un sirviente que pasaba a toda prisa, sin levantar la vista. Evelyn se mantuvo pegada a las paredes, utilizando cada sombra, cada saliente, como escondite. Su mente adulta calculaba las distancias, los tiempos de paso de los sirvientes, los posibles riesgos. Era como un juego de sigilo, pero las apuestas eran su vida.

Un gemido escapó de sus labios cuando sus pequeños pies tropezaron con una baldosa suelta. Cayó de rodillas, con un leve golpe. Las lágrimas picaron en sus ojos, no tanto por el dolor físico, que era mínimo, sino por la frustración y el cansancio. Quería que esto terminara. Quería estar a salvo. Quería volver a su vida.

Pero la vida pasada estaba muerta. Y esta era su nueva realidad.

Se levantó con dificultad, frotándose las rodillas que ahora tenían una pequeña marca roja. No podía permitirse ninguna debilidad. No ahora. Tenía que ser fuerte. Por ella misma. Por la mujer adulta que había sido.

Continuó su camino, y a medida que avanzaba, el palacio comenzó a cambiar de nuevo. Los pasillos de servicio se abrieron a espacios más grandes, aunque aún discretos. Comenzó a ver ventanas con vistas a patios interiores, llenos de vegetación. El aroma de las flores frescas y la tierra húmeda se mezcló con el incienso, ofreciendo un breve respiro a sus sentidos.

Se encontró en un corredor flanqueado por grandes ventanales que daban a un jardín cerrado, un oasis de tranquilidad. La luz del sol inundaba el espacio, y a través de las ventanas, pudo ver un pequeño estanque con peces koi nadando graciosamente, y un puente de piedra arqueado que conducía a una pequeña glorieta cubierta de glicinas. Era un lugar de una belleza serena, un contraste chocante con la tensión que había sentido.

Y en ese jardín, vio a dos figuras.

Una era una mujer joven, de unos dieciséis o diecisiete años, con un cabello negro brillante que caía en cascada por su espalda, y unos ojos verdes felinos que irradiaban una fría belleza. Llevaba un vestido de seda de color verde esmeralda que resaltaba su figura esbelta y su piel pálida. Su rostro, aunque hermoso, estaba teñido con una expresión de petulancia y una pizca de aburrimiento. En su mano sostenía un abanico de seda que movía con lentitud, como si el calor la incomodara.

Evelyn la reconoció al instante, un escalofrío de reconocimiento que le recorrió el cuerpo. Era la Princesa Seraphina. La villana de la historia. Su media hermana. La que la incriminaría y la enviaría a la muerte.

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